¿Tradiciones respetables?

24 septiembre, 2016 / Sin categoría / 1 Comentario

La lectura de El hambre[1], de Martín Caparrós, me ha dejado muchos cabos de los que ir tirando. Se trata de un ensayo en el que se van alternando los principales escenarios de hambre en el mundo ─Sudán, India, Madagascar, etc.─ junto a reflexiones que ahondan en los distintos factores que intervienen en el problema. Esta mezcla de literatura de viaje, periodismo y ensayo la bordaba Kapuściński y Caparrós no desentona.

Una de las anécdotas que más me llamó la atención tiene que ver con las tradiciones y me llevó a pensar sobre la respetabilidad de algunas de ellas. Cuenta Caparrós lo complicado que es ser viuda en la India. Cuando moría un señor, la tradición (llamada sutee), indicaba que había que quemar a la viuda con él. Los ingleses, esos bárbaros extranjeros llenos de rarezas, opinaban que era una cosa fea, eso de quemar señoras. Ni cortos ni perezosos aquellos invasores decidieron prohibir la tradición. Algo que llevaba siglos funcionando se terminó en 1830 por decreto.

Las tradiciones son jodidas, difíciles de exterminar. Además de que la población local se enfada, las tradiciones cuentan con el beneplácito de alguna religión, parecen complacer a algún dios. En el caso del sutee se supone que fue el karma de la mujer lo que mató a su marido. Así que su viuda tiene una vida complicada. Ahora no la queman (¡qué deferencia!), pero no se puede volver a casar, ni a trabajar; es una apestada.

Técnicamente tiene que dedicarse a esperar la muerte. No debería vivir, pero esos malditos ingleses impidieron que la quemasen, así que las viudas se acumulan en la ciudad de Vrindavan, esperando que llegue su hora, aisladas, viviendo de la caridad. Acercarse a ellas, dice la tradición, otra, que nace de la misma religión que la anterior, el hinduismo, puede acarrear malos augurios e incluso maldiciones.

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Otra tradición particularmente atroz es la mutilación genital femenina[2]. Parece que surge en el antiguo Egipto, dado que a su variante más macabra se la conoce como la circuncisión faraónica. La ablación de los genitales femeninos es un rito con el que ‘celebrar’ el paso de niña a mujer. Se sugiere que es una grave distorsión de la versión femenina de la circuncisión, en la que se trata de retirar el prepucio que cubre el clítoris. Parece que con el tiempo han ido cortando más y más cosas.

Es otra tradición difícil de erradicar, entremezclada con las versiones más duras del Islam, aderezada de poderes mágicos y aferrada a lo que mantiene vivas las tradiciones, a su coartada: es que esto se ha hecho siempre, mis padres, mis abuelos, los abuelos de mis abuelos y así hasta la eternidad. El ser humano, que tiende asintóticamente hacia la superstición, encuentra seguridad en la repetición de un hábito, un patrón, por muy irracional que este pueda ser. O, dicho de otra manera, tiene una especie de temor a no hacer lo que se ha hecho siempre, como si fuese a ocurrir una especie de cataclismo al romper el orden ‘natural’ de las cosas.

La barbaridad de la mutilación femenina es una tradición que lamentablemente está muy viva. Afecta a 120 millones de mujeres en África, Oriente Próximo e incluso se han registrado algunos casos en Europa. El horror consiste en que la experta utilice algún hierro cortante, oxidado, sin esterilizar, (es probable que la sangre seca de la última ablación aún impregne la hoja del cuchillo), y se lleve por delante clítoris, labios mayores, menores y luego cosa la vagina, dejando un pequeño orificio para que salga la menstruación y la  orina.

Fascinante tradición, es para sepultar en el olvido a la civilización y la cultura de la que procede. No todas las mujeres salen vivas de esta peculiar cirugía (que obvia cualquier tipo de anestesia). En el proceso mueren unos cuantos miles de mujeres. Pero la tradición no se arruga ante estos efectos colaterales. Las que sobreviven quedan encadenadas a una vida de mierda, con importantes secuelas físicas y psicológicas. El sexo es una tortura. Y el parto un auténtico espanto. En ambos casos hay que abrir con un cuchillo lo que antes fue cosido. El fin de esta tradición parece claro: convertir a la mujer en un pedazo de carne que mantienen viva porque tiene la capacidad de procrear. A pesar de la experiencia, hay mujeres que consiguen vivir por encima del dolor y del sentido común aferrándose, quizás, a lo único que tienen en este mundo: seguir una tradición. Valga este testimonio (sacado de un artículo del El País) para ilustrarlo: “Mi abuela, mi madre, mis hermanas, mis primas y yo estamos todas mutiladas. Mi hija también lo será porque es una tradición familiar. Es nuestra cultura. Es lo que somos y lo que debemos transmitir a nuestros hijos para que ellos hagan lo mismo con los suyos”.

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Aquí en el Ruedo Ibérico el horror y las tradiciones sanguinolentas las reservamos para el Reino Animal. La animadversión hacia la fauna es una seña de identidad de nuestra sociedad, mal que nos pese. Las Juntas de Extinción de Alimañas, que premiaban la caza indiscriminada de fauna que hoy consideramos emblemática y está protegida, es solo un ejemplo de nuestro reiterado ocio hacia los animales.

Un lanzazo que atraviesa el globo ocular de un toro. Una cabra que se lanza al vacío y estalla contra el suelo. Animales martirizados que llegan a la muerte lentamente, mientras un público de analfabetos, psicópatas y tarados jalea y se burla de un sufrimiento gratuito.

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Cuando veo la foto del toro de San Juan, en Coria, agotado, intentando comprender lo que ocurre, siento una pena terrible que casi evita que me enfurezca. No me quedan fuerzas para reivindicar que eso es una salvajada. ¿Quién es el animal? ¿Cómo vas a convencer a semejante panda de catetos de que eso no está bien? ¿Ojo por ojo? La tradición consiste en soltar un toro por el recinto amurallado de la ciudad y, como si fuese una diana, se le lanzan soplillos que se clavan en su piel. Después se le dispara un tiro. Esta fiesta, que data del siglo XVI, está declarada bien de interés turístico. De interés turístico ni más ni menos.

Las críticas a esta ‘fiesta’, a las monstruosidades de este tipo, disparan las alarmas entre sus fanáticos seguidores. Es que son nuestras tradiciones, vociferan indignados. Y eso es sagrado. En España hay 16.000 festejos anuales en los que se maltratan animales. Aunque no somos los únicos. Hay otras singulares tradiciones en países que consideramos los abanderados de la civilización y las buenas maneras. En Dinamarca los chavales que se quieren hacer hombres han de acuchillar calderones y delfines, en otra ceremonia absurda y fuera de lugar que tiñe el mar de rojo. Las embarcaciones, previamente, los han empujado hacia la costa, donde estos confiados animales son apuñalados a placer. En Bulgaria prefieren reventar perros, en otro ejercicio gratuito de ensañamiento.

El macabro muestrario pone en duda la supuesta superioridad del ser humano frente a otras criaturas.

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Existen muchas tradiciones respetables, aunque bien es cierto que generalmente van perdiendo su sentido en un mundo que cambia tan rápido. Inflarse a calorías en Navidad se explicaba por la carencia generalizada de alimentos y el intenso frío. Hoy las casas en invierno están a 25 grados y la gente anda preocupada por perder kilos. No hay lugar para esas comilonas de antaño. Sin embargo, el sentido de juntar a la familia es motivo suficiente para conservar esa tradición y adaptarla poco a poco al contexto contemporáneo.

El tiempo se va tragando costumbres y oficios tradicionales. El conocimiento da lugar a tecnologías que alteran el paisaje, los modos de comunicarse, de vivir. Surgen interacciones y repercusiones inesperadas, propiciando un nuevo contexto donde lo que era común y rutinario puede resultar una aberración. Una tradición se puede conservar mientras haya algún motivo racional que la enhebre a nuestra cotidianidad. Desde luego quemar viudas, mutilar mujeres y ensañarse con los animales, no caben en el siglo XXI.

Solo por el hecho de haberse repetido durante unos pocos siglos, que no son nada frente a los 200.000 años que lleva el Homo sapiens dando bandazos por el planeta, no se pueden mantener perversidades de semejante calaña. Repetir el mismo error una y otra vez, tradicionalmente, no parece un signo de inteligencia. Quizás por eso los extraterrestres hayan pasado de largo.

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[1] Caparrós, M. El hambre. Anagrama. 632p.

[2] Ver el Informe de Save the Children


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


1 Comentario

  1. Alfonso Girón

    27 septiembre, 2016
    / Responder

    buena relexión, novelista


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