El momento

4 septiembre, 2017 / Relatos / 4 Comentarios

Te dicen: Disfruta el momento. Pero en realidad se refieren a un período de tiempo, a una época. Disfruta el embarazo. Disfruta el bebé, que el tiempo pasa muy rápido. Disfruta las monerías que hacen con dos años, en la adolescencia son insoportables.

Nada más relativo que el concepto de tiempo. Según las circunstancias 24 horas pueden transcurrir muy lentamente o pasar volando. Esa subjetividad depende de lo que esté por llegar, de que no haya nada por llegar, del estado de ánimo, de la cantidad y variedad de cosas que se hagan.

Yo busco con ahínco ese momento que dicen que hay que disfrutar. No lo encuentro.

El tiempo se ha vuelto espeso. Las noches y los días se han enredado; su alternancia ya no sirve de pauta.

El tiempo debe cobijar momentos de disfrute, pero el flujo que nos gobierna se sustancia en tomas, cambios de pañal, turnos para comer, baño y el mantenimiento de una logística implacable que nos lleva a hacer la compra, comer y ver la tele. Cualquier cosa. Lo que echen.

Pienso, dando paseos por el pasillo a las tres treinta y ocho de la mañana, con el bebé en brazos, si ese es el momento. A las cinco veinte de la mañana, tras mil pasillos y un montón de inverosímiles posturas que me acalambran la espalda  me vuelvo a plantear la cuestión. Y sigue sin aparecer el momento de disfrute del que tanto se habla.

Quizás sea justo ahí, después de la enésima toma, tras vómitos, hipos y llantos desgarradores, cuando parece que tu bebé esboza una sonrisa (la sonrisa social, parece ser, algo así como un truco para caer bien a tus progenitores y que no te abandonen). Sí, sí, puede que este sea el momento, me digo, cuando su boquita empieza a dibujar una mueca que quiere ser sonrisa una conciliadora pero…

…acaba en un estruendoso retortijón que casi revienta el pañal (están bien hechos, he de decir). No era asomo de disfrute sino de tragedia. Tampoco era ese el momento.

Y es que un recién nacido está sin acabar. Sale porque sino el tamaño de la almendra lo condenaría a una existencia acuática. Hay un período indeterminado de adaptación. En lugar de estar rodeado de un líquido más bien caliente y con una temperatura constante de repente se enfrenta a una atmósfera aérea, variable, con sonidos (ruidos) y todo tipo de peligros potenciales.

En lugar de alimentarse vía intravenosa traga líquidos por un sistema de cañerías desajustado donde las válvulas no acaban de cerrar. Y claro, vete tú a buscar el momento de disfrute, placidez, realización, entre gases de diversa índole, molestias varias y la fuerza de la gravedad, que lucha a brazo partido contra el desarrollo muscular: erguirse o ser un trapo, esa es la cuestión.

En ocasiones la tranquilidad se apodera de unos ojos estáticos que parecen concentrar su atención en alguna lucecita. La del wifi, la luz roja de los aparatos en stand by. Puede que se acerque ese momento de disfrute. Puede que esa tranquilidad sea el preludio de que tu bebé te dé el momento de alegría y confort que te congracie con el universo.

En este caso la mirada perdida era angustia. Que se traduce en una bocanada de vómito que recubre los cojines del sofá de un líquido blanco tachonado de cuajarones aún más blancos.

Cuando crees que con una bayeta, y gracias al tejido antimanchas, vas a solucionarlo todo, te das cuenta de que la moqueta, la mesa de nogal y los papeles que tenían la versión original de una novela con la que pretendías ganar el Planeta, han sido sepultados bajo la masa viscosa.

El momento, el dichoso momento, sigue sin aparecer. Buscas en los cajones de la cocina (el cuchillo del pan, el pela-zanahorias, los tenedores…nada), buscas en los altillos de los armarios (un triste suspiro sale cuando ves las botas de montaña, tan lejos queda), buscas hasta en el cubo de la basura.

Y nada.

Entonces, cuando estás sumido en la desesperación, cuando terminas de aceptar que lo que estás viviendo es una limpieza de karma en toda regla, que algo habrás hecho (y lo sabes), llega ese momento.

Que, en efecto, se hace eterno. No admite una cuantificación sexagesimal.

El bebé parece maullar, te mira, abre esos ojos de una profundidad insondable, y te sonríe. Muestra unas encías embaucadoras, muestra toda su fragilidad, todo su amor, todo su ser.

Y tú eres su universo. Tú lo eres todo para ese diminuto ser que trata de abrirse paso a este mundo al que le han traído. Te adora, te ama, te necesita.

Los ruidillos, los piececillos, la tersura, la suavidad. Todo en su máxima expresión, sin impurezas, conspira para que de una puñetera vez admitas que eres feliz.

Que ese es el momento. Ahí lo tienes.

Y lo disfrutas. Y sientes que la dicha te desborda. Crees correcta la recomendación de buscar más baberos. No para el bebé, sino para las babas que se te caen sin remedio.

La madre naturaleza dictó sentencia.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


4 Comentarios

  1. Alberto Guerrero

    4 septiembre, 2017
    / Responder

    jajaja, la vida es sufrimiento! que no te engañen! Muy bueno Jaime

  2. Marta

    4 septiembre, 2017
    / Responder

    En fin, q te voy a decir q no sepas o el futuro no depare. Pues ... que vale inmensamente la pena. Y que con 2,5 años y después de mi constante entreno por bosques, P mira Peña Telera y me dice, mira mami las montañas, subimos? Eso es algo así como la felicidad plena. Un beso

  3. Miguel A

    4 septiembre, 2017
    / Responder

    Enhorabuena Jaime! Vas a ser todo un padrazo. Un abrazo desde singapur!

  4. Alfonso Girón

    6 septiembre, 2017
    / Responder

    muy bueno novelista... y padre


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