Pirineos (notas) II

28 agosto, 2018 / Sin categoría / 3 Comentarios

2.Pineta

Desmontamos la tienda a las seis de la mañana y desayunamos en la mesa de picnic en la que hace tan solo unas horas hemos cenado. Gerardo apenas ha dormido, pero tras la paliza de coche no pudo resistir la tentación de explorar los alrededores a ver si caía el primer carnívoro de la lista. Podíamos ver hasta diez, nos dijo, siendo el avistamiento más apreciado el del armiño.

Los primeros excursionistas del día pasaron con sus frontales. Al poco llegó el guarda y nos sentimos aliviados de haber desmontado el campamento. La multa hubiese desnivelado nuestro raquítico presupuesto. Gerardo come como si el mundo se fuese a acabar y, de verle devorar con tanto entusiasmo, a Eduardo y a mí nos entra gazuza. Seguirle el ritmo es complicado: tres huevos duros, cuatro napolitanas, media hogaza con nocilla, un plátano, un litro de zumo, un té o dos, si te descuidas te come un brazo. Vaya, parece que tengo un apretón, anuncia, desapareciendo entre los arbustos con un papelillo en la mano. Come y caga como si fuese uno de los mustélidos que tanto le gusta observar. Es de tránsito rápido y podría volver a desayunar otro tanto. Eduardo y yo, con la mitad, no nos podemos mover. Para colmo nuestras tripas no son tan eficaces como las suyas. Hay que joderse y subir con un lastre extra poco agradable.

Con las primeras luces y la mochila bien cargada echamos a andar. Por delante tenemos un paredón de unos 1400 metros de desnivel, lo que nos situaría en la plataforma donde está lago de Marboré, vestigio del antiguo glaciar. La idea original era hacer noche en el refugio de Tucarroya, situado en una brecha por encima del lago, para intentar al día siguiente subir el Cilindro del Marboré o Monte Perdido. Sin embargo, había unas cuantas variantes interesantes sobre ese plan. Por ejemplo, intentar ese mismo día subir hasta el collado en el que hay que tomar la decisión para ir a Marboré o Monte Perdido y de ahí bajar al refugio de Goriz para así, el día siguiente, retornar a Pineta remontando el Añisclo y dejándose caer por una ladera inverosímil. El Gran Astazu, que estaba al fondo del valle que íbamos a trepar, era otra opción.

Decidimos postergarla hasta evaluar nuestro estado de forma y ver cómo evolucionaba el tiempo que, según el pronóstico colgado en la caseta del guarda, no es muy halagüeño.

Gerado ve cosas que a la mayor parte de los senderistas nos pasan desapercibidas

Como tenemos muchas horas de luz, caminamos despacio con el fin de no desgastarnos en una montaña que va a poner a prueba nuestros hombros y piernas. Hace demasiado tiempo que no acarreamos peso por desniveles tan pronunciados y la prioridad es no lesionarse. Nos pasan los máquinas que van trotando con un equipo extremadamente ligero. Nos pasa una montañera y su hijo, nos pasa un grupo de amigos que no parecen ni excesivamente deportistas ni excesivamente montañeros. Nos pasa un turista accidental que va en zapatillas y una camiseta a rayas blancas y azules, con pinta de ir buscando un quiosco de helados. Nos pasa todo dios y Eduardo se pone nervioso. Con calma, con calma, que si queremos llegar a Goriz hay que reservarse, susurró la voz de la madurez. Gerardo va tomando fotos de todo ser vivo que se pone a tiro. Admiramos una y otra vez la cascada del Cinca, que se precipita gozosa entre las rocas; ha sido un año extraordinario de lluvias y la cascada retumba poderosa.

Los cuarenta y cinco tacos y los miles de errores e imprudencias han ido dando paso a una estrategia conservadora. Igual lo de ser padre también tiene que ver.

Cuando el camino empieza a doblarse sobre sí mismo para salvar la última pared empezamos a pasar a todos esos avezados caminantes que afrontaban las primeras rampas con un entusiasmo desmesurado. A los máquinas totales no les adelantamos, esos ya están de vuelta. Una pareja asturiana, padre e hijo, nos advierten, mientras bajan hábilmente hacia su hotel, que las nubes están empezando a crecer y probablemente habrá tormenta.

La cuestecita

Desde el balcón de Pineta la vista es magnífica. Las nubes, en efecto, van rasgando las cumbres y acumulándose por los collados que deberíamos atravesar. Pisamos los primeros neveros y nos acercamos hasta el lago. Decidimos volver al campamento base, es decir, el coche, y esperar a ver cómo amanece al día siguiente. Se nos antoja una locura seguir hasta Goriz, donde no hay alojamiento y tendríamos que dormir al raso. Además, tal y como anuncia el pronóstico, el tiempo va a estar malo y la vuelta por los despeñaderos que habíamos planeado es una locura. Seguir hasta el refugio de Tucarroya tampoco nos convence, hay ocho plazas y a esas horas ya estaría lleno.

Deshacer el camino, con el mochilón, no es el mejor escenario. Para eso hubiésemos ido con una pequeña mochila de ataque que nos permitiese mayor movilidad y no nos dejase los hombros magullados. El escenario empeora progresivamente. El cielo negro y los primeros goterones confirman el pronóstico de los asturianos. El tormentón nos pilla descendiendo por la pared que hace poco hemos subido. Saco el paraguas y mis compañeros se ponen la capa de agua.

El lago Marboré y al fondo el Gran Astazu

En unas horas la ola de calor ha sido erradicada de la comarca. La lluvia se convierte en granizo. Eduardo se enreda con la capa y se pega una buena hostia. Acabamos los tres parapetados bajo el paraguas (o parahielos), perdiendo temperatura y rezando (es un decir) que no nos caiga un rayo. Es entonces cuando le planteo a Gerardo una cuestión filosófica que requiere este contexto: ¿Qué prefieres, estar ahora en casa, en familia, con tu piscina, los niños, una buena barbacoa, o esto? Tómate tu tiempo mientras disfrutas de los truenos, le sugiero. Esto, esto, contesta tiritando y empapado, esto mola mucho, aunque igual nos congelamos y nos cae un rayo. Yo también necesitaba algo de aire fresco, respondo.

El sol se abre paso entre las nubes y en poco tiempo nos secamos. Nos acercamos a la base de la cascada, buscamos marmotas, comemos fresas y por fin llegamos al coche. Tras casi once horas de marcha tengo las piernas vacías, vamos, que estoy reventao.

Las cascadas del Cinca, agua que sale del lago

Merendamos con calma y vamos planificando la cena. Volveremos a montar la tienda pero para eso tenemos que esperar a que anochezca y no haya testigos impertinentes. Charlando sobre lo humano y lo divino en el coche la lluvia vuelve a aparecer. Esta vez la tormenta es más fuerte. Aún hay mucha gente dando bandazos por ahí, mal equipados y sin mucha pinta de conocer técnicas de supervivencia. El sopor nos va apoltronando, de vez en cuando pasa un grupo corriendo bajo la cortina de agua. Pues igual hay que dormir aquí, sugiero.

Por fin, a eso de las once, podemos salir del coche y montar la tienda sobre la hierba empapada. Estoy destemplado y me entra una tiritona que no consigo parar. El cansancio, algo de deshidratación y la falta de sueño parecen ser las causas.

Mañana será otro día, Edu y yo nos acostamos. Mi hermano se pone a leer las noticias en el móvil, yo caigo rendido. Gerardo, fiel a su cita con los carnívoros, se pone su frontal y sale a caminar. Es de otra pasta, mejor no intentar seguirle el ritmo.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


3 Comentarios

  1. Alberto Guerrero

    28 agosto, 2018
    / Responder

    Vaya aventura! Siente uno como que esta allí pasando frio y da hasta envidia sana! Esperando la tercera parte impaciente

  2. Marta

    28 agosto, 2018
    / Responder

    Ay amigo!! Primera acampada de montaña con el peque, ya de 3’5 y hecho un torete. Mediados de julio. Nos había visto fuertes el sábado y el domingo decido intentar primera ruta seria. Subida hacia el Ibón de Bernatuara, a ver hasta donde conseguimos llegar. Subimos saboreando las fresas silvestres, premio y almuerzo de montañero. Dejamos algunas para pequeños carnívoros y mustélidos. Tras la primera gran subida, cuando ya se cambia de ladera veo q Pablo empieza a estar al límite de sus fuerzas. Decido parar, almorzar y emprender el regreso. Se levantan nubes de tormenta. Pablo y yo llevamos bastones. Camino delante, me giro a mirarle, un pie se resbala y mi mano y brazo derecho queda metido en una grieta , bloqueado con el bastón que gira y me rompe x dos sitios el radio. Del dolor casi me desmayo y Pablo me mira. Me doy cuenta de que ha sido la lesión más grave hasta la fecha. Le pido a Pablo que me saque de mi mochila su sudadera de dinosaurios para hacerme un cabestrillo pero soy incapaz. Afortunadamente nos encontramos a una pareja con dos perros. Ella me ata la sudadera. Inmovilizo el brazo y bajamos. Pablo protector les relata todo lo ocurrido, lo que hicimos el día anterior, lleva a los perros, no para de hablar dejando salir así su tensión y preocupación. En el refugio de bujaruelo no hay ni réflex. Me encuentro con un chico que va al lavabo y me dice que es médico. Me mira la mano. Dice que esta rota y arregla llevarme en mi coche hasta el hospital de zaragoza, luego el continuaría con su hermano hasta Alicante. Justo ahí empezaron mis vacaciones. La escayola me la quitaron este viernes y con ayuda de Fisio ayer me bañé en la piscina con Pablo. Fue un placer. Después del periodo de rigor. Volveremos a la montaña. Ahora que sabemos identificar constelaciones, encontrar madrigueras y tenemos dominado dormir en tienda, no podemos pasar sin. Claro que lo que yo estoy aprendiendo, a golpes, es que tengo que poner más atención y confiar más en mi hijo, porque el va más seguro de lo que yo pienso y yo me estoy poniendo en riesgo al concentrarme más en él que en mi propia seguridad. Besos mil, Jaime.

    • jmvalderrama

      2 septiembre, 2018
      / Responder

      Menudo lío!! eso si que es una aventura, espero que te recuperes pronto y otra vez a triscar por el monte. Besos!!


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