Memorias de un oficinista. El móvil

Me dan un teléfono móvil. Nuevo. De última generación. Es como una gran gota de mercurio. Frío. Extremadamente denso. Un peso concentrado en un escueto pedazo de materia que busca con ahínco el fondo del bolsillo de la americana.

Ahí estará concentrada tu vida, me dicen.

Ante el tacto espeluznante me recomiendan una funda. Para evitar la sensación de estar tocando algo inerte. Desangelado. Temperatura de depósito de cadáveres. De reptil hibernante.

Hay fundas que además protegen de los golpes.

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Un café de mierda (Memorias de un oficinista)

Procuro desayunar todos los días. Me costó coger el hábito. Pero es mejor así. Al principio me parecía imposible tragarme los cereales de avena con pasas. El muesli. O el moyuelo como le dice Javi. Yo lo llamo pienso para caballos. Solo de pensarlo se me secaba más la boca. Se me atascaban las partículas en la garganta. Con yogur por encima no está mal. Regula el tránsito, como dicen en la tele. En un esfuerzo sosegado por armonizarme con la verdadera naturaleza de mis intestinos acompaño el pienso con una taza de té verde.

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Vida de oficina (Memorias de un oficinista)

No hay luz. Pero tiene que haberla. Porque puedo ver lo que hay al otro lado de la calle. Es una luz sucia. Y menguante. Que dejó atrás, hace tiempo, su apogeo.

Sólo a estas horas, cuando el día está liquidado, es cuando puedo ver la luz. Los restos de pálida luz.

Creo recordar que en estos precisos instantes es posible admirar, en el negativo de esta vida de oficina, puestas de sol magníficas.

Me resulta imposible acceder a ellas. Los altos edificios que conforman lo que hemos convenido en llamar civilización y sofisticación, allí donde residen todos los documentos importantes que guardan memoria de cada cosa que se dijo e hizo, cortan cualquier perspectiva. Sin duda adoramos el pasado. Renegamos del presente. Nos cuesta imaginar algo diferente.

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