Día/Noche 2. Valles mineros en decadencia

Una lluvia fina se va apoderando de la mañana. Desayunamos apresuradamente unos frutos secos y un litro de horchata. Gerardo viene de dar un paseo cuando termino de despegar los ojos y juntar fuerzas para salir del calor del saco. Ha sorprendido a una garduña que merodeaba entorno al improvisado campamento. La he tenido a tres metros y ni me he enterado.

Bajamos hasta Cangas de Narcea para volver a subir a la montaña. Nos interesa explorar los valles del río Tablizas –que atraviesa la reserva de Muniellos- y del Narcea. Este pretendemos seguirlo hasta su nacimiento, dejando atrás la última población del valle -el Monasterio de Ermo- y subiendo hasta el collado donde, según el mapa, están las fuentes del Narcea. Buscamos pistas por las que caminar de noche. De vez en cuando paramos, nos bajamos y echamos un vistazo. A la búsqueda de excrementos y huellas que delaten a los carnívoros que por aquí habitan. Las pistas muchas veces están invadidas de vegetación. Zarzas, ortigas. Territorio abandonado.

También vamos atentos a los figones donde poder zamparse unas buenas fabes. En algún momento habrá que comer caliente. Y no se nos olvida buscar refugio para la noche. Ya tenemos fichados dos lugares techados y otro más retirado y adecuado para pasar desapercibidos.

Robles, hayas. Fragor vegetal. Con un riego continuo. Nubes que vienen del Cantábrico y descargan en estos antiguos valles mineros.

A simple vista no se aprecian las cicatrices de tanta extracción. Con el agua que cae bastan pocos años para camuflar los destrozos que conlleva la minería del carbón. Un vistazo más detallado al paisaje permite descubrir antiguas pistas, pozos sellados, cabañas corroídas por el tiempo. Más aparentes son las grandes infraestructuras. De aspecto desvencijado la mayoría. Otras con un infructuoso intento de renovación y modernización: cubiertas de plástico sobre las estructuras negras.

El sector da las últimas boqueadas. Accesos restringidos. Sonido de máquinas. Algunos camiones que van de aquí para allá. Tierras desventradas que llenan de negrura las factorías, máquinas y hombres que se afanan por sacarle partido a los restos del Carbonífero.

¿Podrá el turismo entorno al oso paliar esta decadencia? No parece. Aunque han prosperado algunos alojamientos rurales y el lugar es exuberante y atractivo el tiempo lluvioso y los escasos incentivos –más bien la existencia de obstáculos- para adentrarse en la zona no invitan a esa transición.

El Monasterio de Ermo es un lugar con mucho menos encanto de lo que sugiere su nombre. Un grupo de casas desaliñadas tras las que cuesta ver el monasterio de piedra. Sin embargo el valle es idóneo para nuestros propósitos. La carretera acaba en unas minas aun abiertas. Más allá de Ermo está prohibido circular.

La verdad es que el sitio resulta desalentador para el turista. Está prohibido caminar por el valle. Por todos lados hay carteles más o menos artesanales en los que se prohíbe el paso. Todo está cerrado. Por eso no hay casi nadie.

Pero para ir a las fuentes del Narcea no hay más remedio que ir saltándose todas las prohibiciones. Las cuales tienen pinta de ilegales.

Muy cerca de las minas encontramos un lugar idóneo para pasar la noche. Un cementerio solitario que tiene un porche a la entrada. Ahí vamos a descansar.

Para hacer tiempo cenamos en Gedrez. Comida casera magnífica. Un filetazo con patatas fritas caseras. La gente, escasa, toma botellines y ve el futbol. Buenas noches, buenas noches. Sí, nos vamos a dormir. Si supiera esta gente donde tenemos reservado para dormir. Si supiera esta gente que es ahora cuando nos activamos. Que la cosa empieza ahora. Si supieran todo eso quizás no fuesen tan amables. Así es que nos callamos y como buenos chicos damos las buenas noches.

El olor que se va acumulando en el coche empieza a ser, no insoportable, pero sí característico. Genuino. Se mezcla el vinagre de los calcetines con las peladuras de fruta a medio fermentar. La calefacción acelera los procesos de degradación de la materia orgánica. Estoy por encenderme una pipa. Pero no. Entonces y pese al café con el que he rematado el cenorrio, me duermo.

La niebla persiste. Los faros del coche van alumbrando los jirones que flotan sobre la carretera. Debería salir algún lobo. Lo está pidiendo la situación. Vemos el consabido zorro. Otra garduña. Saltamos de una carretera local a otra. Volvemos a Muniellos. Intentamos caminar pero la lluvia nos echa para atrás. Es incómodo caminar con el paraguas en la mano, porque no queda sitio para manejar las linternas y los prismáticos.

De vuelta al cementerio vemos un par de gatos monteses. Eso sí que ha estado bien. Animal esquivo donde los haya. Lo sorprendemos a la una de la mañana, al borde de la carretera, tratando de cazar ratones o topillos.

Gerardo sigue con sus recuentos de carnívoros. Distingue varias categorías. Los que ha visto en Aguilar. Los que ha visto hoy. Los que ha visto en total. Con ello se entretiene. Yo lucho por no dormirme. A ver si aparece otro vivérrido y me espabilo.

Llegamos al cementerio. Pese al tejadillo el agua se cuela. Abrimos los paraguas. Extendemos el doble techo de la tienda. Aun y así es inevitable dormir con la cara mojada. No es desagradable. Si la cosa empeora tenemos la opción de saltar la valla y resguardarnos aun más.

Los muertos del cementerio están de fiesta mayor, como dice la canción de Sabina. Hoy duermen con compañía.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


1 Comentario

  1. Marian Ramos

    2 Agosto, 2014
    / Responder

    Hola J.M
    Recuerdo Gedrez con mucho cariño porque fue lugar de vacaciones hace muchos años para empezar a conocer Asturias. Muy buena gente. Y encantada de recibir al que busca disfrutar de la naturaleza. Por cierto, la primera vez que subí hacia Monasterio de Hermo no hice más que buscar eso, un edificio que fuera un monasterio.
    Por aquel entonces estaban peleando para que se les incluyera en la Reserva de la Biosfera de Muniellos y se podía acceder hacia el nacimiento del Narcea tranquilamente. Por cierto, me costó encontrarlo porque no había nada señalizado.
    Me he aficionado a leer tu blog. Te escuché en la radio promocionando tu libro 'Altitud en vena' y me gustó. Memoricé tu blog cuando lo mencionaste.
    También tengo uno, de viajes y te voy a incluir como blog que leo. Tan solo me gustaría saber si tienes dirección en Twitter para poner tu nombre cada vez que leo algún relato tuyo.
    Perdona por la extensión.
    Un saludo viajero :)


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