Atardeceres en el Cabo

15 Febrero, 2013 / Relatos / 0 Comentarios

Cuando estoy convaleciente me gusta ir al Cabo. Es un lugar adecuado para curar heridas. Desgarros del alma, roturas fibrilares, esguinces.

De septiembre a junio hay poca gente. En los meses de invierno menos. Quedan los lugareños, escasos, y algún desnortado que se fue muy para el sur. Hay alemanes y finlandeses que van en chanclas y pantalón corto, mientras los demás nos tapamos con gorros para combatir la fría humedad que se mete en los huesos.

Verdaderamente es un buen sitio para dar bandazos.

Suelo dejar el coche en La Almadrabilla. Y desde allí me propongo caminar sin rumbo. Aunque luego casi siempre termino por repetir el mismo paseo.

De entrada echo a andar hacia La Fabriquilla. Al sitio de los arroces, que es donde termina la carretera, la península. O también donde puede empezar todo. Una amistad. Al calor de los arroces que hace Antonio.

Blog_153 Atardecer desde La Almadrabilla (Foto de Panoramio encontrada a través de Google Earth. Autor: José Angel, delapeca)

Me encanta pasear pegado al mar. Cuando tiene un poco de carácter. Las crestas de las olas despeinadas por el viento norte. La costa desmoronada por la continua excavación de los temporales. Aguas crípticas, revueltas, grises, que albergan jibias y anzuelos perdidos.

¡Qué diferencia con el verano! El arenal lleno de gente. Ruidosos grupos familiares que montan barracas. Niños que hacen castillos de arena y hablan solos, el colmo de la felicidad. Un calor soporífero que baja las pulsaciones. El mar sin olas. Tan solo un leve balanceo, un palpitar constante. El mar como si fuese la respiración de un enorme ser que duerme la siesta. Y con cada inspiración los pulmones se llenan de aire y el nivel del agua sube. Y tapa las pisadas de los que pasean y arrastra piedras. Y en cada exhalación el mar se recoge y descubre conchas y deja intuir la hondura que provoca el oleaje.

Pero todo es muy leve. Todo ocurre en medio metro de terreno.

Paseo en invierno sorteando los despojos que el mar va vomitando a golpe de borrasca. Y me acuerdo de cuando todos duermen la siesta y yo me meto con el tubo y las gafas y me quedo varado en la orilla, para que el mar me acune. Me voy acompasando sin pretenderlo a ese vaivén vital. Tomo aire y encallo en las arenas pedregosas arrastrado por el mar. Echo el aire y soy arrastrado hacia adentro. Y escucho el sonido prehistórico de los cantos rodados entrechocando. Llevan así miles de años. ¿Millones? ¿Cuánto tardan las piedras en perder sus aristas? Y luego esa sensación me acompaña al cerrar los ojos cuando me voy a dormir. Y oigo el mismo rumor de conchas, caracolas y minerales. Cuando ya me he quitado la arena y la sal. Y la piel está enrojecida. Cierro los ojos y me balanceo prehistóricamente. Un pulmón incesante que hace que el mar suba y baje.

Llego a La Fabriquilla. Está cerrado, como era previsible. Solo en el Angelita parece que hay algún parroquiano. Y entonces decido tomar la carretera que va al faro. Tengo que estar muy convaleciente para darme la vuelta. Aunque a decir verdad a veces no he estado en condiciones ni de coger el coche. Torceduras de grado tres. O uno, que no recuerdo qué es peor en este caso.

Rectifico de nuevo y abandono el asfalto. Son demasiado tentadores los tres montecitos que cierran la península por el sureste. No llevo calzado adecuado para semejante pedregal. Voy con la ropa del domingo. Es decir, que no voy muy zarrapastroso pero me prohibirían la entrada a cualquier sarao, cóctel o boda. Lo cual me place, por otra parte.

Blog_154El final de la sierra de Gata, visto desde El Toyo, Retamar (Foto de Panoramio encontrada a través de Google Earth. Autor: Luis Domingo)

En realidad no hace falta un piolet, ni botas para subir la montañita de trescientos metros. Sin embargo me prometo ir con cuidado para no rajar los zapatos ni destrozarme los pantalones o el jersey de lana. Que me conozco y enseguida empiezo a desmelenarme. Recuerda, me digo, que estás convaleciente.

Subo muuuuuuy despaaaacio. Dando rodeos, evitando trepar, sorteando los palmitos que han ido cerrando el barranco más obvio. Con cada metro de ascensión el paisaje gana en espectacularidad. Se va viendo más línea de costa, una raya blanca de espuma, prácticamente sin construcciones hasta Almería. Se va descubriendo la malla de salinas. En distintas fases de evaporación. Hay cuadrados blancos. Y otros rojos, que deden de estar llenos de esas bacterias que se comen la sal y después se comen los flamencos y se ponen de color rosa. Y hay cuadrados verdes, de verde botella o de verde descomposición. Y por fin hay cuadrados azules, como el mar.

Stitched PanoramaPanorámica de las salinas (Foto: Juan Vázquez)

Subo a la montañita que se ve desde casa. La última de la península. Esa que imagino que cualquier día va a reventar. Y se va a convertir en un volcán.

En la cumbre el panorama es espectacular. Veo el faro del Cabo de Gata y Vela Blanca, que es otra torre de vigilancia, ya hacia Mónsul y Genoveses. Veo el mar que inunda todo. Y el sol frisando el horizonte. Y las nubes.

No es que uno se vaya a curar del todo. Pero es reparador. Bajo más despacio. Ya me he caído otras veces. Son pedregales muy inestables. Hay mucha pendiente. Lo más seguro es avanzar por el terreno más expuesto. Buscar la adherencia de las rocas.

Vuelvo a comprobar –a pequeña escala- que es más difícil bajar que subir.

Anochece, refresca. Las luces artificiales permiten adivinar la línea de costa.

Me meto en el bar de la Almadraba, donde había dejado el coche. Los paisanos están a sus cosas. Que si el partido del plus. Que si estos son unos ladrones. Que si han dicho que la semana que viene llueve. Aunque otro dice que aquí ya ha llovido todo lo que tenía que llover.

Me pido un café americano. Por crear un poco de confusión.

Y me tratan como a un desnortado que ha perdido el sur. Como alguien convaleciente de alguna rara enfermedad.

Y es que tengo cara de eso. Porque a quien se le ocurre subirse al monte, no ver el partido y encima sacar un libro.

Debe de ser extranjero. Son muy raros.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


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