A Antonio le vi por última vez en el velatorio de mi padre. La siguiente noticia que tuve de él fue la de su muerte, poco después de un año. Mucho antes había partido Federico Prades.
Mi padre frecuentó hasta sus últimos días amistades variopintas, círculos de amigos que tocaban aspectos muy variados de la realidad. A veces los entremezclaba, o esos círculos cobraban vida propia y le sobrepasaban. Tampoco se empeñaba en ponerles coto.
Los amigos del mus eran de largo recorrido. A Antonio siempre le tuve un cariño especial. De crío, no me prestaba una atención desmedida, pero jugaba a hacerme reír. No era muy niñero, pero adoraba el fútbol, lo que le ofrecía muchos puntos en común con un niño, con un adolescente. Sin querer, había estado presente en diversas etapas de mi vida, desde la infancia hasta la paternidad, atento a un devenir que podría recordarle al suyo hasta que tuve niños y los paralelismos se descuajeringaron.
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