Día 5. De vuelta a casa

Quedan restos de humedad en la funda de vivac. En el saco y el paraguas. En todo aquello que se expuso a la intemperie. Parece una provocación infantil al secador que es el viento de levante. Utilizo la mañana del sábado para ir reubicando las cosas que me llevé. Y constato que me volví a llevar ropa de más. En efecto, cuatro calzoncillos de repuesto era un exceso. Me sobraron los cuatro. Tiene razón Gerardo cuando dice que con tres hay de sobra. Se refiere a los viajes largos, de un mes para arriba. Uno para el avión de ida. Otro para el de vuelta. Y otro para la estancia. En el caso de una pequeña expedición como esta con uno bastaba. Como se ha demostrado.

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Día/Noche 4. Puertos de montaña

Al poco de amanecer estamos en pie. Desmontando el campamento no sea que se acerque un pastor y nos vea abusando de la propiedad privada. Despertarse es incómodo. El sueño no me abandona, los ojos no quieren despegarse. Hace frío. Algunos dolores articulares me impiden moverme con soltura. En breve todo está dentro de las mochilas otra vez.

El paisaje sigue vacío de paisanaje. De Monasterio de Hermo -es con h, lo escribí mal en otro post- para arriba no hemos visto a nadie estos días. Volvemos hacia el coche, allí está la despensa, o lo que queda de ella. Por el camino vamos atentos. Esta sigue siendo buena hora. Encontramos otra morera cargada. Una buena dosis de antioxidantes y fibra para empezar el día. A Gerardo le gusta ir recolectando y acumular las moras en una mano. Luego se las mete todas de golpe y por las comisuras de los labios se le escapan unos goterones negruzcos. Yo voy de una en una. A veces el sabor cambia. Un mal sabor. Un bicho que se estaba comiendo la baya antes que yo. Son chinches, dice Gerardo. La verdad es que sí. Al menos saben a eso que huelen las chinches. Un olor dulzón que resulta amargo.

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Día/Noche 3. Las Fuentes del Narcea

Como si fuésemos garduñas nos dedicamos a vaciar de moras los racimos que, combados por el peso de la cosecha, se apoyan en el firme de la carretera. Gerardo anda obsesionado con la lista top ten de los alimentos anticancerígenos, que incluyen las bayas. Cerca de la cargada morera se ven los excrementos de los animales que previamente se inflaron de antioxidantes. ‘Este es un buen sitio para esta noche. Aquí vienen los vivérridos a comer. Y puede que también el oso’. Es cierto, aunque los osos van ahora a por los arándanos, y según nos ha contado un guarda y nosotros hemos observado, no hay muchos este año.

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Día/Noche 2. Valles mineros en decadencia

Una lluvia fina se va apoderando de la mañana. Desayunamos apresuradamente unos frutos secos y un litro de horchata. Gerardo viene de dar un paseo cuando termino de despegar los ojos y juntar fuerzas para salir del calor del saco. Ha sorprendido a una garduña que merodeaba entorno al improvisado campamento. La he tenido a tres metros y ni me he enterado.

Bajamos hasta Cangas de Narcea para volver a subir a la montaña. Nos interesa explorar los valles del río Tablizas –que atraviesa la reserva de Muniellos- y del Narcea. Este pretendemos seguirlo hasta su nacimiento, dejando atrás la última población del valle -el Monasterio de Ermo- y subiendo hasta el collado donde, según el mapa, están las fuentes del Narcea. Buscamos pistas por las que caminar de noche. De vez en cuando paramos, nos bajamos y echamos un vistazo. A la búsqueda de excrementos y huellas que delaten a los carnívoros que por aquí habitan. Las pistas muchas veces están invadidas de vegetación. Zarzas, ortigas. Territorio abandonado.

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Día/Noche 1. Vivérridos

En Andújar me encuentro con Gerardo. Dejamos uno de los coches y continuamos hacia Madrid. Allí tomamos la M50, que nos sirve para conectar la A4 con la A6. Cuando cruzo la periferia del noroeste se me van agolpando recuerdos. Los caminos que corrí con ‘Eljose’, el campo que cribé con Matías, las rutas en bici con Pasape –casi todas ellas sepultadas por cemento y asfalto- los partidos de fútbol. Allí, en ese pedacito de mundo, vive gente que quiero.

La nostalgia da paso a Castilla. Campos se cereal recién segados. Villorrios centenarios y desgastados. Territorio áspero que empieza a ondularse. En León aparecen las montañas. Manchas verdes. Nubes. Por fin en Bembibre dejamos la autovía y seguimos el curso del río Sil. Discurre entre monte cerrado. Bosques húmedos y sombreados.

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A la búsqueda de carnívoros

La expedición, viaje o excursión fue concebida hace tiempo. Formaba parte de una triada de viajes que nos serviría para partir el verano en pedazos más digestibles. Uno de ellos no pudo ser. El otro, sí, a Sierra Nevada. Tres días y tres noches de caminar entre lascas de pizarra, biomasa fresca y estropajosa. Acompañados por el sol y las nubes de evolución diurna que no quisieron aportar agua. Tan solo se dignaron a soltar un par de truenos, que quedaron amortiguados por la lejanía.

Ahora se trata de ir a buscar carnívoros. A Asturias. Y reponerse del levante que reseca cualquier intento de sacar unas horas de trabajo más o menos digno.

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