Hace tiempo

Hace tiempo que los domingos no tengo esa sensación de espera desangelada. Ha desaparecido ese grumo que no se disolvía, que aparecía en el desayuno y allí seguía por la noche, después del telediario. El domingo nunca lograba brillar. Eran demasiadas horas a la espera de un lunes en el colegio, en el instituto, en la universidad, en un trabajo. Era saber que ibas a perder los privilegios de no estar obligado a nada, de no tener que fingir interés ni dedicar esfuerzos a cosas que no me interesaban lo más mínimo. >>seguir leyendo

Que os vaya bien

Mientras nosotros existimos, la muerte no está presente; y cuando la muerte está presente, nosotros ya no existimos.

Epicuro

A mi padre le gustaba el jazz. También la pintura. Y, como no, la literatura. Le gustaba comer y el baloncesto. Le gustaban el ajedrez, el teatro, la ornitología. Y conversar. Sobre todo, conversar.

Ninguno de esos gustos era superficial. Eran pasiones. Cada ventolera que le daba pasaba de brisa a huracán en poco tiempo.

De cada una de esas aficiones podía haber hecho una profesión; rara vez pasaba de puntillas. Le gustaba profundizar, entenderlo bien, verlo desde distintas perspectivas. Sin embargo, nunca era ese su propósito. Profesionalizarlo implicaba obligaciones, y él trataba de mantenerse siempre en el plano lúdico, en el disfrute. Era un epicúreo. Incluso con Valle-Inclán, que estudió hasta la saciedad, se consideraba un aprendiz al lado de aquellos que lo trataban desde las cátedras de literatura. >>seguir leyendo

Aves marinas

Era un día de furia. Venía de todas partes. Un poniente exagerado que amenazaba con arrancar palmeras de cuajo y doblegar ficus destinados, desde el momento en que fueron plantados, a ser tironeados por los vendavales del litoral. Ya lucían ramas desgajadas por las calles y la policía había cumplido con el protocolo de colocar cintas por media ciudad. Cintas famélicas que vibraban con el viento y avisaban de la fragilidad de todo el tinglado, de la soberana chorrada que era ir decorando parques y jardines con algo que acabaría en el mar. El tren de borrascas estaba empeñado en comprobar la resistencia de la ciudad y los días de viento furibundo iban sumando víctimas: tiestos que volaban, palmeras que cedían, eventos suspendidos e indecorosas estampas de gente que trataba de plegar el paraguas. >>seguir leyendo

La última mano

A Antonio le vi por última vez en el velatorio de mi padre. La siguiente noticia que tuve de él fue la de su muerte, poco después de un año. Mucho antes había partido Federico Prades.

Mi padre frecuentó hasta sus últimos días amistades variopintas, círculos de amigos que tocaban aspectos muy variados de la realidad. A veces los entremezclaba, o esos círculos cobraban vida propia y le sobrepasaban. Tampoco se empeñaba en ponerles coto.

Los amigos del mus eran de largo recorrido. A Antonio siempre le tuve un cariño especial. De crío, no me prestaba una atención desmedida, pero jugaba a hacerme reír. No era muy niñero, pero adoraba el fútbol, lo que le ofrecía muchos puntos en común con un niño, con un adolescente. Sin querer, había estado presente en diversas etapas de mi vida, desde la infancia hasta la paternidad, atento a un devenir que podría recordarle al suyo hasta que tuve niños y los paralelismos se descuajeringaron. >>seguir leyendo

Cuando te toca el gordo sin comprar papeletas

El día de la lotería me tocó el gordo. Tiene mérito. No había comprado ni un solo décimo. Los hechos se fraguaron como corresponde a estas situaciones. Sin planificación. O, mejor dicho, tras un plan que se cayó y me dejó sin apenas opciones.

Días antes había quedado en ir a la sierra el día 22. La sucesión de borrascas dejó la idea en los huesos. El tiro de gracia se lo dio una enrevesada carambola de compromisos navideños que me dejaron sin compañero para el día D, el único que había conseguido salvar de obligaciones y más compromisos navideños. Tampoco era para cabrearse y deprimirse; ni siquiera alcanzaba la categoría de revés. Paciencia y a esperar. >>seguir leyendo

Anhelos

Este es el primer relato de mi último libro, Instrucciones para seguir vivo, disponible en Amazon. Salió a la luz hace unos meses, pero la nula campaña de promoción por mi parte ha contribuido a su escaso recorrido. Voy a ver si por este medio el público se anima. A veces hay que elegir entre escribir o promocionar. Como tengo varias cosas pendientes en el tintero (que tienden a multiplicarse) y pocas horas al día, hablar de mi libro, que diría Umbral, es un asunto con poca jerarquía. A ver qué os parece este primer relato: >>seguir leyendo

Con «V» de vencejo

Aunque no me gusta que llegue el verano, sí me gusta que lo hagan los vencejos. Nunca recuerdo cuándo aparecen exactamente. Este año se retrasaron, porque mayo fue más fresco de lo habitual. Pero antes de que acabase el mes ya estaban por aquí. Empiezan a inundar la ciudad, cruzando frenéticamente la calle a la que dan mis ventanales. Son aves de cierto porte, con envergaduras alares que pueden llegar al medio metro.

Los días se han estirado mucho cuando reparo en los primeros ejemplares. Hace calor y hay insectos. Los imagino viendo asomar la ciudad a lo lejos, con el mar abajo. Deseando llegar a buen puerto. Se abalanzan sobre los edificios y comienzan a buscar huecos donde anidar. Vienen del sur, más allá del Sahara, del Sahel. Allí pasan el invierno y huyen del calor. Supuestamente aquí hace menos. Pero no mucho menos. >>seguir leyendo

Una tarde de otoño en Ürümqi

No es una impostura mi querencia por el otoño. No es una excesiva inclinación hacia la melancolía ni un alarde por llevar la contraria. Mucha gente adora el verano, por las vacaciones, el sol, o la playa. Aunque en los últimos años, con el cambio climático, hemos de reconocer que se ha convertido en un verdadero espanto.

A mí el otoño siempre me gustó por que atajaba el insoportable tedio del verano. Es cierto que con él llegaban las clases y las tardes mermaban. Pero también empezaba la liga y se imponía una rutina que me venía bien. La vuelta al cole me permitía reencontrar a los amigos. A veces nos encontrábamos tan cambiados que durante unos días flotaba un halo de extrañeza. Algunas niñas, convertidas en mujeres en la crisálida estival, ya nunca más te volverían a mirar. >>seguir leyendo

Las esperas y los silencios

El verano no se termina de ir y ya estamos en octubre. Queda poco para que lleguen a la tienda de ultramarinos las enormes cajas con las pasas de Málaga. Adoro la variedad de sabores que encierra un puñado de pasas, fruto de la sinfonía de polifenoles que prosperan al son de la vida microbiana del suelo. Desde el principio del verano aguardo con paciencia. He imaginado cómo las uvas se han ido desecando bajo el sol imperial de la Axarquía, arrugándose a medida que se concentran los azúcares. En agosto anhelo esos ratos de sofá, bajo la manta, comiendo una pasa despacio, mientras separo las semillas con pericia. He ido aprendiendo a esperar, a no desesperar. A no querer que haya pasas todo el año. A saber que tienen su momento. Y que cuando llega ese momento, hay que celebrarlo. La espera, que es el camino, también hay que disfrutarla, no denigrarla o anularla. >>seguir leyendo

Necesitaba escribir, necesitaba publicar

Llevo años dedicado a escribir artículos científicos y piezas de divulgación. Devorado por la crianza y la labor científica, la literatura tuvo que replegarse y esperar su oportunidad; es lo que hacemos las especies oportunistas. Replegarse no significa abandonar. Se trata, más bien, de mantener un espacio mínimo que tenga la capacidad de medrar cuando reaparezcan unas condiciones favorables.

Durante casi una década las lecturas han sido dispersas, constantemente interrumpidas, celebradas cuando llegaban a su fin. Y la escritura buscó lugares y horas insospechados para crear ficciones que no eran nada más que distorsiones de realidades asfixiantes. Para eso sirve, entre otras cosas, la literatura, como válvula de escape. No siempre hallé esas coordenadas espacio-tiempo en la que imaginar personajes y mundos alternativos. El blog ha pasado hambre durante una larga temporada. Me dedicaba a alimentar otros, como Arida Cutis, o los del CSIC, o el de Harmusch (fundamentalmente como editor). Apenas saco un par de entradas al año. Parece que he dejado de dar bandazos, con una vida más previsible y enjaulada, con unas rutinas alienables que en el fondo le anclan a uno al mundo, le dan cierto sentido, imagina menos, le obligan a más. Una existencia más mundana y doméstica que apaga algunos rescoldos de rebeldía, pero también, al menos en mi caso, modera la idiotez que sostenía un personaje que amenazaba con devorar a la persona. >>seguir leyendo

El blog del escritor J.M. Valderrama donde podrás comprar sus libros Días de nada y rosas, Altitud en vena y Aquí Bahía.