Tánger

A Tánger llego con varias expectativas. Formadas a base de experiencias anteriores. Cosas que he leído o escuchado por ahí. Cosas que me han contado. Una se cumple. Efectivamente, la reunión es un rollo. Vacía, insípida. Uno se pregunta si no podría hacer algo mejor con su vida.

La otra expectativa no se cumple. Tánger no tiene nada que ver con esa ciudad cosmopolita que uno esperaba. No queda rastro de aquellos insignes personajes que se alojaron en sus hoteles. Tánger es otra megápolis africana que crece sin control. Ha pasado de 125.000 habitantes al millón y medio en una década. El puerto, la medina, la mellada fachada que da a Europa puede recordar a la decadencia de La Habana.  Casi romántica para el que no vive ahí. Pero cuando se entra al detalle, cuando se come varias veces el mismo pescado rebozado, cuando se comprueba que la ciudad ha crecido como un tumor hacia el interior y que los desagües vierten al mar directamente, a no ser que rebosen y antes perfumen las calles, entonces queda claro que ese encanto de ciudad internacional se ha evaporado sin remedio. Tánger se ve en medio día. Y los alrededores, si acaso, en otro medio. Para comer ‘pescaito’ mejor quedarse en Málaga o Cádiz. Allí, además, se puede acompañar como Dios manda y Alá prohíbe. Con cerveza o Barbadillo. >>seguir leyendo