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Las cerezas de Caniles

Mantener este blog con vida está resultando muy complicado. Entre las diversas colaboraciones con otros blogs y la redacción de diversos trabajos científicos, amén de la preparación de varios libros, apenas me quedan frases y minutos para lo que debe de ser el campo de pruebas de un escritor, o al menos así es como concibo yo este espacio. Anoto en un cuaderno ideas que a veces logro desarrollar, con el firme propósito de descargar esas ideas aquí. Uno de esos proyectos era la entrada Las cerezas de Caniles, que he ido alargando más de la cuenta. Las anotaciones son del pasado verano, y han sido sepultadas por otras ideas y urgencias. Me he puesto a desarrollar las secciones en las que he planificado la historia, y como esperar a tenerlo todo es una excusa más para retrasar su publicación, voy a ir sacándolo por fascículos, con el fin de tener cierta presión por terminar de redactarlo. Vamos con ello: >>seguir leyendo

La vida y sus estrecheces (de mira)

Todavía hay ocasiones en las que me quedo obnubilado, con la mirada perdida. Pese a las preocupaciones y el avance irremediable de unos problemas que crecen como enredaderas y me van envolviendo -inmovilizando-, aún quedo como embobado mirando a lo lejos, atraído por un horizonte cada vez más lejano, que me sume en la atemporalidad. Entonces, desaparece la consistencia mundana de la rutina más pétrea y las perspectivas menos prometedoras. Mi rincón favorito para dejar que la mirada se clave en algo invisible es la mesa del comedor, a la hora del desayuno. Adoro el desayuno, cuanto más temprano mejor. Las posibilidades de que sea en silencio aumentan.
A veces, mi hija se da cuenta y me pregunto que qué miro. Y sin dejar de estar absorto digo que nada. Pero no es creíble que no sea nada, con ese embobamiento, ese no poder apartar la mirada. Insiste en su pregunta y yo en mi respuesta. Y aún queda algún circuito neuronal libre para no caer en el grito, lo que destruiría el hechizo. Sin entender nada, precisamente nada, abandona a ese ser gruñón que entra en una categoría para ella indescifrable.
No puede ser menos insulso el motivo elegido para perder la mirada. La silla que escojo es la única que permite observar una estrecha franja de cielo en toda la casa. Entre dos edificios, por encima de un tercero, que si fuese más alto clausuraría cualquier posibilidad, admiro el pedacito de cielo que me he reservado. Es obvio que vivo en el centro de una ciudad. Una ciudad costera en cuyas afueras el habitante de las hastiadas mesetas interiores se asienta atropelladamente para ver el amplio horizonte del mar. Para sentirse libre.
Tras el escarmiento de vendavales y otras incomodidades, al cabo de unos años, el visitante convertido en oriundo puede elegir replegarse. En mi caso, perder la mirada al mar fue otro más de los daños colaterales que trajo la crianza. Otro privilegio que se fue por el desagüe. Eso sí, a cambio de poder olerles y acurrucarse con ellos mientras duermen.
No me importó mucho, dentro de esa vertiginosa (a la par que tediosa) vida doméstica asociada a la creación y apuntalamiento de un par de nuevos especímenes de la especie Homo sapiens, perder esa mirada obsesiva al mar, al horizonte. Es una prueba más de que nuestros sueños y prioridades suelen ser efímeros.
Mi nuevo paisaje era un edificio situado a unos pocos metros. Apartamentos vacíos con amplios ventanales. Un lugar propicio para que desfilen fantasmas. En abril llegan los vencejos y lo dejan todo lleno de cagadas. Vuelan como kamikazes y se cuelan de manera inesperada por vericuetos en los que los polluelos medran. En julio desaparecen, dejando los alfeizares tapizados de excrementos que después, en otoño, el encargado de mantener esos apartamentos con cierta dignidad, por si aparece un comprador, se encarga de hacer desaparecer. Cuando aparecen creo ver fantasmas.
Otro hallazgo reseñable fue el cernícalo primilla, que por unos meses frecuentó la azotea de mi edificio y le dio por utilizar las repisas de las ventanas como oteaderos. Como no había presas que llevarse al pico desapareció. Ahí termina la lista ornitológica. También hay palomas, pero no merecen que las tenga en cuenta.
No puedo decir mucho más del paisaje que tengo frente a la casa. Lo que he descrito es lo mejor. El resto de la casa da a patios interiores, donde, en verano, cuando todos abrimos las ventanas, somos testigos de nuestras abyectas meadas, escupitajos mañaneros y aptitudes culinarias. Escuchamos algunas conversaciones telefónicas, imaginando las contestaciones, y de vez en cuando el café perfuma el edificio, aunque al poco el tabaco lo estropea.
Esta mañana me quedé absorto viendo el pedacito de cielo que me corresponde. Al fondo unas nubes querían prometer humedad. Los niños estaban en su cuarto. Sorbía el plácido gusto amargo de mi segundo café. Lo más probable es que esas nubes no lograran compactarse. Debajo del cielo, en una franja aún más estrecha que deja ver un sector de una terraza, vi a una mujer que, tras revisar unas plantas, se quedó mirando a la nada. Su nada. Otra franja de cielo azul con amenaza de nubosidad variable. Fumaba con prisa. Era su rato de asueto.
La observaba sin que me observase y pensando que a mi nadie me observaba. No podía asegurarlo. Contemplé su brevedad desde mi atemporalidad, que en el fondo era un breve instante de tregua en la lucha diaria con los niños. Mi plan no podía ser menos original: vestirlos a regañadientes, amenazarlos con dejarles sin postre, sin el helado de la tarde, sin galletas de chocolate, para que hiciesen caso a mis órdenes, que consistían en ir al parque. Allí pasaríamos calor, porque el sol volvería a ganar la batalla, como casi siempre. El impenitente azul sería de nuevo el protagonista (eso que viene persiguiendo el reo que escapa de Madrid y llama «buen tiempo», y que es un suplicio para el nativo, harto de las tres mil horas de sol anuales). Aquellas nubes que veía, en realidad estaban en las afueras de la ciudad (es una ciudad pequeña) y por experiencia sabía que eran reacias a conquistar este territorio costero, prefieren, en todo caso, difuminarse entre las montañas que rodean la ciudad. Después volveríamos a casa y haría algo de comer. El menú lo pensaría en el parque, mientras las pequeñas criaturas trepaban por estructuras diversas y coloridas, y que nadie ha pensado en sombrear.
La mujer daba sus últimas caladas. Quizás dentro le esperaban los restos de un café templado. O una batalla campal con otros niños. Fue moverse un metro y salir de mi estrechísimo campo de visión. Su final precipitó el mío. Eché un nuevo vistazo a las nubes, cada vez más dispersas. El pronóstico se cumplía, por más que en la aplicación del móvil dijese que las tres siguientes horas iba a estar nublado. Junté fuerzas para levantarme. Los vencejos, veloces, maniobraban por la calle que separa los edificios. El sol había ganado una vez más. Hice como que apagaba el cigarro aplastándolo en el plato del café. Me había identificado tanto con aquella mujer. Había aprovechado aquella rendija -temporal y visual- y quise premiarme con la compra del periódico dominical y su suplemento. Mi mujer, cuando regresase de su guardia, reprobaría tal gesto de insensatez, ya que acabaría por aumentar la pila de diarios por leer. Así era la vida. Un contrasentido tras otro para ganar tiempo y mirar a la nada. >>seguir leyendo

Sueños que se construyen con mapas

Al escribir el título de esta entrada es inevitable que piense en el Viaje sin mapas, de Graham Greene. Aunque mucho más conocido por sus novelas de espías (Nuestro hombre en la Habana, El tercer hombre), Greene era un viajero incansable, que solía apostar por lugares salvajes y remotos. Dejó rastro de sus experiencias en numerosos libros y las ambientaciones de sus novelas bebían de sus periplos. En Viaje sin mapas recoge sus 500 kilómetros de andanza por el interior de Liberia, que carecía mapas en esa época (1934). Conoció una de los pocos territorios que quedaron al margen de la colonización europea. Lo que hace interesante la novela de Greene es ir descubriendo un territorio inhóspito, desconocido, sin otra guía que el instinto o el que le procuraban los nativos. >>seguir leyendo

La ITV

Cada vez que acudo a pasar la ITV me invade una incómoda sensación que me recuerda a la angustiosa experiencia universitaria en la que voy a examinarme de una asignatura que no he estudiado. Acudo con una actitud sumisa, siguiendo meticulosamente las instrucciones. Pagando el recibo, lo que sea, por adelantado. Como el que va al susodicho examen cuidando los únicos detalles que puede controlar: llevar dos bolis que escriban, un lápiz afilado por si acaso, y una goma para borrar los errores que se sabe uno va a cometer. También un botellín de agua y el DNI. En fin, los accesorios que se recomiendan. Una vez que llegaba el papel en blanco, la situación escapaba a mi control, y lo único que podía hacer era especular y tratar de recordar algo de lo que el profesor había dicho en clase. Algo parecido a cuando por fin el coche se sitúa en la cola que ha anunciado el cartel luminoso apenas legible con el resplandor del sol (cualquiera le dice al tipo tras el mostrador que no se ve un carajo). Calladito y a la fila, que lo principal es no cagarla, no descartarse, que sean los acontecimientos los que decidan. >>seguir leyendo

Argeo y la leña

Estando de acuerdo con Mario Levrero en lo fundamental, no puedo negar que el paso del tiempo también genera una acumulación de experiencias cuyo recuerdo ayuda a sobreponerse a los malos días y dar alas a planes que se fraguan en esos esquivos días de ilusión y horizontes despejados. Tampoco se puede uno oponer al hecho de que, al fin y al cabo, la literatura vive de mascar el pasado y aunque ese mantra que nos conmina al aquí y ahora puede calmar la ansiedad que nos devora, con frecuencia me veo repasando episodios esplendorosos que articularon una manera de ser. >>seguir leyendo

Por sus libros los conoceréis

Me cuesta, al entrar en casas ajenas, no fijarme en sus libros; me daña la vista no ver ninguno. Es una manía que, como todas, se agudiza con la edad, con el peligro de convertirse en obsesión. Lo que antes hacía con cierto disimulo, mirar de reojo las estanterías, atisbar los autores que las habitan, deducir el orden al que se someten los volúmenes, ahora lo practico con la libertad del que ya ha amortizado su vida (es lo que tiene la reproducción, ese soterrado deber genésico), es decir, descaradamente. >>seguir leyendo

No vuelvas donde fuiste feliz

Probablemente fue a la vuelta de aquel viaje al Pirineo cuando mi amigo, envuelto en la humareda de su permanente cigarro, me preguntó con una mirada que denotaba que ya conocía la respuesta, ¿y cómo fue?

Pues no del todo bien. En Isaba, confluía el recuerdo de varios veranos consecutivos visitando aquel pueblo del valle del Roncal; vacaciones enmarcadas en ese incómodo tránsito que es la pubertad. Quise ver la cancha de baloncesto donde jugábamos cada mañana, convertida en un espacio mínimo incompatible para albergar los partidos que magnificaba mi memoria. Volvía para poner la tienda en el mismo camping en el que mis hermanos y yo levantamos el césped –para desesperación del dueño de aquello- con el fin de cavar un foso que nos protegiese de las tormentas (peregrina idea gestada a base de ver demasiadas películas). La estampa de aquellas caravanas y furgonetas, del pabellón de madera recién barnizado, no encajaba con mis evocaciones. Como tampoco lo hicieron las migas de la venta de Juan Pitu, ni los paseos por una montaña que me resultó ajena. >>seguir leyendo

Cuando no puedo andar

Fue a principios de octubre cuando llegó la convocatoria para un concurso de relatos de mi club de montaña, el CAM, es decir, el Club Almeriense de Montañismo. En apenas un párrafo se hacía el anuncio: “Queridos compañeros, os invitamos a participar en nuestro concurso de relatos de montaña “Seguir subiendo”. Tenéis dos meses y un par de folios para contar vuestras aventuras, experiencias, sensaciones o sueños en la montaña. Esperamos vuestros relatos. Buena escritura.

La parquedad del mensaje estaba en consonancia con esa aparente frialdad del montañero, pero era un guiño al compañerismo y, desde luego, un estímulo frente a tantos meses sin poder pisar la montaña. Aunque la vida ahora mismo no me da muchos respiros decidí presentar la siguiente pieza: >>seguir leyendo

Saltamontes & Langostas

Entre pandemia y crianza mi radio de acción se ha reducido considerablemente. Echando cuentas, hace seis meses que no salgo del municipio. Ha sido una temporada –que no tiene un final cercano- en la que he tenido oportunidad de ir explorando con más detalle la geografía urbana local. Uno de estos descubrimientos es la pequeña red de senderos alrededor de la desembocadura del Andarax, que me ha concedido ligeras variantes sobre el recorrido básico que utilizo para correr. Además, encontré un aderezo esencial para estas carreras matutinas en el podcast de Las Edades de Millas, una de las secciones del programa ‘A vivir que son dos días’. >>seguir leyendo

Días raros y otros con viento de poniente

Me gustaba pensar que toda la nieve que estaba cayendo en este extraño mes de abril no la iba a pisar nadie. Poco a poco se fundiría y las montañas la irían absorbiendo. Desaparecería, cómo lo hacía la mantequilla que iba extendiendo sobre el pan caliente aquella mañana atemporal. Afuera llovía, rompiendo la racha de días ventosos propia del mar de Alborán. Era un día propicio para hacer unas buenas migas, como manda la tradición en Almería. Estaba siendo una primavera extrañamente húmeda que, mezclada con el confinamiento ordenado por el Gobierno, creaba una distopía de límites imprecisos. Con el paso de las jornadas se iba quebrando la disciplina a las que nos sometían las nuevas y estrictas reglas del juego, y aparecían resquicios por los que se filtraban los gérmenes de la duda. Precisamente eso era resistir, evitar que los resquicios diesen lugar a grietas y éstas al desmoronamiento. Apuré la taza de café caliente frente al ventanal. La calle vacía golpeada por la lluvia. Un coche despistado buscando aparcamiento, alguien paseando con cierta urgencia al perro, hogares con las persianas bajadas. >>seguir leyendo