El Foro de la Economía del Agua

Hace un par de años, Gonzalo Delacámara, colega de mis tiempos en el Ministerio de Medioambiente, cuando me dedicaba a temas del agua, la Directiva Marco y me afanaba en ganarme la vida como consultor medioambiental, me puso encima de la mesa una interesante propuesta. Estaba coordinando un libro que buscaba sentar las bases sobre la economía del agua. Este es uno de esos campos tan necesarios como difíciles de explicar y consolidar, pero es justo el tipo de iniciativas que necesitamos.

¿Por qué? Porque de una vez por todas tenemos que darnos cuenta de que la única solución posible para que los recursos naturales de este planeta perduren y nosotros tengamos alguna posibilidad de estar vivos y ser felices, pasa por conciliar economía y ecología.

No nos sirven las iniciativas puramente conservacionistas, puesto que en su extremo consisten en restaurar el Edén original y, por tanto, que nosotros desaparezcamos. Este tipo de iniciativas pueden tener sentido para preservar ecosistemas originales, especies emblemáticas y salvaguardar algunos espacios emblemáticos. Sin embargo, a gran escala, no tiene sentido.

Tampoco nos sirve el utilitarismo a ultranza, porque eso nos lleva a minar la capacidad de regeneración de los ecosistemas y, por tanto, a socavar la economía que se sustenta sobre esos recursos. Las soluciones tecnológicas normalmente agravan el problema y eso de suplantar a la naturaleza no se nos da bien.

Un claro ejemplo nos lo proporciona el suelo. La naturaleza tarda en fabricar un centímetro unos 800 ó 1000 años (a veces más, depende de la aridez del lugar). Si por prácticas abusivas, guiadas por la maximización de la productividad o de los beneficios o de cosas tan ajenas al medio natural como los resultados en bolsa de una compañía, ese suelo lo liquidamos en un par de años, está claro que las cuentas no salen (aunque sí les salgan a los de la bolsa).

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que ese ritmo es insoportable. ¿Cómo hemos solucionado esto hasta la fecha? De dos formas: La primera huyendo. Actuamos como Atila. Si el lugar ya no es productivo nos vamos con la feria a otro sitio. ¿Cuál es el problema? Que ya no hay otro sitio. El modelo de maximizar la producción se ha extendido a todo el planeta (hay muchas compañías y accionarios a los que calmar) y no hay región de la tierra que no tenga dueño. No hay adónde ir.

La otra forma es creer que la tecnología nos va a salvar el culo. Si no hay suelo pues lo fabricamos o echamos algo que sustituya a lo que se ha perdido. Aquí hay varios problemas pero, por no extenderme, diré que: primero, la tecnología, que no es mala en sí misma, suele empeorar los problemas porque en lugar de dejar claros los límites que impone la naturaleza lo que hace es distorsionar las señales de escasez que el medio nos va dando y crearnos una imagen muy confusa de la realidad.

La segunda es que es muy caro. Restaurar el suelo de, por ejemplo, la sierra de Gádor en Almería (suelo que se fue al garete en apenas unos treinta años tras la brutal explotación minera de la zona) a partir de tecnosoles (suelos artificiales) puede costar unos (cuenta de la vieja improvisada): 5000 euros/ha por 82400[1] has = 412.000.000 euros. ¿Quién pone la lana? ¿El Estado? ¿La Comunidad Autónoma? ¿Los que se cargaron el suelo? ¿Los que ahora viven ahí? Este mismo tipo de cálculos (con más rigor y calma) y cuestiones se pueden plantear para el agua (¿cuánto cuesta desalar agua?), la contaminación del aire, del suelo, el calentamiento del planeta… Normalmente se ejecutan soluciones un poco menos caras (fertilizantes) pero que están lejos de ofrecer los mismos que da un suelo de verdad. Un abono N-P-K no es lo mismo que un suelo bien estructurado. Sirve para salir del paso, para seguir huyendo hacia delante, pero no ataja el problema. Lo traslada, como mucho, a la siguiente generación.

El camino es una solución intermedia, cosa que se lleva reivindicando décadas (podría poner aquí una lista de autores, pero quedaría un post demasiado académico) desde la ciencia. Lo primero es darnos cuenta de que nuestra presencia en el planeta, por muy discreta que quiera ser, por muy ecologistas que seamos, produce degradación. Es más, sin degradación no podemos vivir. La ecología, que no el ecologismo, nos muestra a las claras que cuando un ecosistema está en su madurez (pensemos en la selva amazónica, en los tupidos bosques siberianos, en el Jardín del Edén) su productividad es prácticamente nula. Está en el equilibrio y casi todo lo que produce lo autoconsume. Desde el principio de los tiempos, antes incluso de la agricultura, hemos rebajado la biomasa de los ecosistemas para que sean más productivos, y aprovecharnos como especie para subsistir. El problema ha sido que, desmantelando, desmantelando, apenas queda biomasa.

Hay un ejemplo muy claro para ilustrar la miopía (se ve bien de cerca pero no de lejos) con la que miramos el mundo, nuestro pedacito de mundo. El abandono rural ha llevado a que muchos montes y sierras recuperen buena parte de la biomasa vegetal de antaño. Liberar de la presión ganadera al monte ha permitido que vuelvan especies desterradas. Esto, considerado de manera aislada, nos puede llevar a concluir que las vacas, las cabras, las ovejas, son malas. Y que lo bueno es que las riberas de los ríos recuperen su vegetación, vuelva el lobo, el oso, y la naturaleza recupere sus dominios.

Ampliemos un poco el foco, veamos un poco más allá: Gran parte de esa ganadería sigue existiendo. Es más, ha aumentado. Cada vez que vamos a Mercadona (o similar) podemos encontrar filetes cortados de diversas formas, presentados en formatos muy variados, de diversas especies ganaderas. Nos gusta, además, que sean lo más baratos posible. Y así actuamos la mayor parte de nosotros. Admiramos lo bonito que está el campo ahora que la peste ganadera se ha ido de allí, pero queremos proteínas baratas y a tutiplén.

¿De dónde sale toda esa carne? De enormes factorías que necesitan ingentes cantidades de pienso (fundamentalmente soja) que sale de llevarse por delante extensiones gigantescas de selvas, bosques, pastizales, etc. Nada es gratis. Si seguimos buscando carne a bajo precio no hay solución posible. Así que o bien nos volvemos vegetarianos (que también tiene consecuencias, todo lo que hagan poblaciones de millones de personas tiene consecuencias en el medio, por muy buenas que sean nuestras intenciones) o consumimos menos carne y exigimos que sea de calidad (eso sí, será más cara).

Una vez asumido esto, que es complicado, lo sé, la solución medioambiental pasa por gestionar la degradación que producimos. No podemos tratar de eliminarla de nuestras vidas porque eso solo es posible si nos extinguimos (la mejor solución que hemos encontrado hasta la fecha en los países desarrollados es exportar la degradación a otros países, más pobres, que, desesperados, venden lo que sea).

¿Cuál es la vía intermedia? En primer lugar, tratando de no estropear todo lo que la naturaleza nos ha dado. Es decir, tratando de conservar el suelo y el agua y no creyendo que una vez que lo liquidemos se puede restaurar. Es decir, hacer vales más las estrategias de prevención que las de mitigación. La idea está acuñada hace siglos: más vale prevenir que curar.

Y para preservar lo que tenemos es necesario reducir la presión sobre los ecosistemas y desmantelar la perniciosa idea de la maximización. Por ejemplo, en lugar de tener una agricultura que devasta y arrasa con todo, optar por modelos que permitan compatibilizar campos de cultivo, con ‘malas hierbas’ (que de malas tienen poco), setos, pajarillos, etc.

Esto nos lleva a mantener usos productivos pero no abusivos. La gente tiene que vivir, de acuerdo, pero otra gente, en otro tiempo, también.

Todo este discursito improvisado no cabía en el propósito inicial de este post, que era alabar la función multidisciplinar del Foro de la Economía del Agua. Cuando lo que se necesita es elegir, priorizar, en un marco de escasez, la economía es una buena herramienta. Economía no es elegir los mejores valores en bolsa en los que invertir o maximizar márgenes. Economía es mucho más que eso y su utilidad en la gestión de los recursos hídricos es fundamental.

Si hablamos de medioambiente, de su cuidado, de su explotación, es necesario incorporar los fundamentos ecológicos que los rigen y las leyes socioeconómicas que operan. En el fondo, el verdadero cambio que necesitamos no es tecnológico, es meramente ético. Es una cuestión humanista la que puede revertir el maltrato de, paradójicamente, lo que nos da de comer y nos protege. O cuidamos bien la casa en la que estamos o solo nos quedan frías noches a la intemperie.

El caso es que con gusto contribuí al libro con un capítulo sobre desertificación. Además, Gonzalo me ofreció la posibilidad de colaborar con el blog. Y así llevo produciendo una serie de textos que me sirven, bien para documentarme sobre un tema -como la guerra del agua en Cachemira, o la posibilidad de desalar agua-, o como corolario a otros que ya he estudiado en profundidad –como la mencionada desertificación, el oasis de Amtoudi o las migraciones ambientales.

En fin, que quería hablar del Foro de la Economía del Agua, de Gonzalo, de mis contribuciones en otros blogs, pero se me ha ido de las manos. Es una de las partes fascinantes de escribir. A veces no sabes muy bien quien toma las riendas (juro que no he bebido).


[1] Cifra de la wikipedia.

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