El bote

21 noviembre, 2014 / Relatos / 0 Comentarios

El laboratorio donde recogen las muestras de semen está en unas dependencias adjuntas al edificio principal del hospital. Pared con pared con el depósito de cadáveres. Qué contraste. Él con su bote de semen todavía tibio. Tres días de abstinencia, siguiendo las instrucciones. La paja reciente, tal y como le habían indicado, para que llegasen con vida los espermatozoides. Era importante, crucial, que la muestra fuese fresca. Que coleasen cuando se le pusiese entre los portas y los cubres para verlos al microscopio.

En el volante no ponía que se hiciese un pajote. Utilizaron un eufemismo: «Puedes tomar la muestra en casa, que vives cerca, o aquí, en un baño». No se ve machacándosela en el baño del hospital. Al tanto de quien entra o sale a mear. No. Prefiere en casa. En la intimidad del hogar. Luego incluso se puede lavar la punta de la polla ─tampoco lo dicen las instrucciones, son un poco escuetas─ para no andar con el calzoncillo lleno de lamparones, pegajoso.

Es un asunto espinoso este del bote. La dieron uno en la consulta. Tapa roja. Un bote estéril, paradójicamente. Que él, por pudor, por preservar un poco su intimidad, ha envuelto en papel de plata. Como se envuelve un bocadillo.

Al lado del laboratorio, cadáveres amortajados. De viejos que murieron de viejos. Cuerpos exánimes, arrugados. Tapados con sábanas de la seguridad social.

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La angustia de no saber si uno puede crear vida, perpetuarse. Para llegar a la angustia de morirse, de saber que vas a morir. Y reposar en una cámara frigorífica.

Y entre esos dos polos discurre la vida. La gente entra y sale del hospital. Urticarias. Alergias. Migrañas. Depresión. Dolores lumbares. Un uñero. Cristalinos opacos. Puntos de sutura que cicatrizan. Infecciones, que son vida dentro de la vida. Una vida que duele. Se siente.

Decisiones para definir el camino entre los dos polos. Tratando de pisar zonas confortables, seguras. Y si es posible, además, felices.

Este es el problema. Que piensa todas estas gilipolleces y al hacerlo se convierte en un observador de la partida. Forma un triángulo con los otros dos vértices. ¿Y si nunca juegas tus cartas?, se pregunta. Y entonces recuerda algo que apuntó en su cuadernito. Era de José Antonio Marina. En su Pequeño tratado de los grandes vicios atribuye lo siguiente a Nietzsche: «Vio con gran agudeza que la introspección fue un fruto del pensamiento moral. Y, a su juicio, un repliegue enfermizo. El hombre sano vive en la acción, no en la reflexión. Vive en el sentimiento, no en el resentimiento».

A tenor del parrafito el propio Nietzsche debía estar fatal.

Lleva el bote dentro de una bolsa. Tanto se avergüenza. Como que le da no se qué que los demás vean que se la acaba de menear. Sigue los carteles. No está muy claro el camino. Dónde tiene que realizar la entrega de tan primoroso material. Ni loco pregunta. Recuerda las instrucciones que le dieron por teléfono: «Llegarás a una puerta donde hay un telefonillo. Llamas y dices que vas a dejar una muestra. Entras y la primera a la derecha es el laboratorio. Allí alguien la recepcionará». Parece un juego de detectives.

Ese alguien nunca será imparcial. No es un robot. Le delata el lenguaje no verbal. Sin querer juzga. Es comprensivo. O comprensiva. Por mucho que pretenda ser distante. Frío. Fría. Masculla esto mientras camina desde el coche apresuradamente. Con todos sus prejuicios. Y todos sus espermatozoides. Los del bote y los que se quedaron para mejor ocasión.

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Llama y no le abren. No podía funcionar a la primera. Cuando lo hacen, después de insistir, se mete en lugares que no tienen pinta de laboratorio. Almacenes, oficinas. Cuartos sin luz. Cada minuto cuenta. Van palmando millones de espermatozoides mientras busca el puto laboratorio. Cada minuto va en detrimento de su hombría.

Pregunta. Resulta que los hombres nunca preguntan pero por cuestiones viriles necesita preguntar. Le indican y por fin encuentra el archifamoso laboratorio. Una chica le recibe con seriedad. Le da un breve formulario para que lo rellene. Sí, pero por Dios, pon esto en un lugar fresco, que están cayendo como moscas. Piensa. Ya sabía que entregar el botecito no iba a ser tarea sencilla.

«Hora de toma de muestra». Cuando me la ha meneado. «Hora remitida». Cuando he llegado con el bote. «Días de abstinencia». Ayer me tomé una cerveza. Ah, que eso no cuenta. Ya. Pues cascármela no me la he cascado.

La chica saca el bote de sus envoltorios. Por como lo hace, suspirando, parece moneda común. Qué vergonzosos sois, por dios. Interpreta él que piensa ella.

«¿Ya está?» «Sí». Es todo el diálogo. Se da la vuelta y sale de allí como alma que lleva el diablo. Como si le hubiesen desactivado un cinturón con explosivos. Llevaba dos semanas obsesionado con el botecito de la tapa roja. Metido en su crujiente envoltorio de plástico.

También le han mandado un análisis de sangre. Pero por ahí no pasa. Es superior a sus fuerzas. Se marea. Con el paso de los años ha ido construyendo una excusa. Si se pueden saber tantas cosas a partir del pelo del cogote de un Neanderthal, ¿por qué coño es necesario extraerle medio litro de sangre para averiguar si tiene o no colesterol? Vamos-no-me-jodas, dice a sus amigos, indignado.

«Es una cuestión de cantidad. Para poder realizar un conteo que sea estadísticamente fiable». Le dice un médico, razonando, como si le explicase a un niño. «Eso es que luego la venden», replica medio en broma.

Busca refugio en la cafetería. Allí se mezcla con la muchedumbre. Mordisquea un cruasán hecho de cartón. Al lado un café que es como alquitrán de ese con el que repasan las carreteras. Llegará tarde al trabajo.

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Escondido tras su barba y gafas ve cómo entra gente sujetándose un algodón contra la sangradura del brazo opuesto (vaya nombre apropiado para la corva del brazo). Huele a alcohol. Admira la fortaleza de todos estos individuos que no temen que les claven una aguja.

Se le activan los miedos. Ni siquiera el desfile de enfermeras le distrae. ¿Y si resulta que le tienen que pinchar un cojón para extraerle espermatozoides útiles? Se imagina la escena. Alguien haciendo torniquete con los huevos como para que el testículo vaya a la superficie y casi que se salga del escroto. Y una vez atornillado de esa manera llega un médico especialista con una aguja y se la clava a modo de banderilla.

No por ahí no sigas que te mareas y das el espectáculo. Le zumba la cabeza. Empieza a ver chispitas. Llega otro con un algodón. Piensa en el trabajo, piensa en las celdas de Excel llenas de números. Se dice. Y así, visualizando algo tan mortecino parece revivir.

Se deja medio cruasán amojamado. Y casi todo el café.

No te quejes, se dice, que al fin y al cabo lo único que has hecho hoy de provecho ha sido pajearte.

Y se va a por el coche.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


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