La casa de los encuentros

2 febrero, 2016 / Relatos / 2 Comentarios

El olor a café recién hecho de las casas vecinas se filtraba hasta el dormitorio. Habían pasado la noche abrazados, resguardados bajo el mullido edredón de plumas del frío que emana de las baldosas. Alberto se despertó temprano, al alba, por su costumbre de madrugar, y también porque, últimamente, va necesitando menos horas de sueño. Es uno de los síntomas, junto a los cañones blancos de su barba, de que tiene una edad. Se quedó en la cama, inmóvil, no quería despertarla. Olía su pelo. Le calmaba escuchar su respiración, tan pausada y distante de todo.

Reflexionaba sobre todo lo acontecido en esas horas mágicas que arrancaron la tarde anterior, cuando la conoció. No quería que pasase el tiempo, que despertase la bella durmiente, pero el aroma del café arreciaba y además se le sumaba el de las tostadas. En breve sonaría el despertador.

Ambos dormían en cama ajena. La casa de Elías siempre estaba abierta a sus amigos, sin excepciones, sin rodeos. Elías era así. Ofrecía una morada acogedora, en la capital, parapetada de libros. Ordenada, pero a la vez con un toque de desenfado, de cotidianeidad, que no cohibía al invitado a mover las cosas de sitio, sacar libros de las estanterías, utilizar la cocina y, en definitiva, sentirse como en casa.

Alberto había llegado el día anterior al mediodía. Alcanzó a charlar con Elías, que partía de viaje a la Serranía de Cuenca. Era un andarín impenitente. Llevaba varios años recopilando información para elaborar una guía de senderismo sobre la zona. Se metía en cada rincón, en todas las estaciones del año, para apuntar las posibilidades de ese magnífico territorio. ‘Sitios a los que no va ni dios’, decía algo desalentado Elías, ‘y es una pena’, remachaba. Era el trabajo de dar bandazos con el fin de que el potencial visitante no se perdiese y supiese encontrar refugios, posadas y lugares emblemáticos.

También Alberto se iba de viaje y esa era la razón de su paso por la ciudad. Esta vez su destino era Venezuela, donde la compañía petrolera para la que trabajaba se dedicaba a prospectar el Caribe en busca de hidrocarburos. Aprovechaban estos cruces de caminos para reavivar el fuego de su amistad y ponerse al día.

‘No te he dicho, pero esta noche tendrás compañía, jeje’. Elías era un tipo con unos principios y gustos peculiares y uno de ellos era fomentar que sus amigos se conociesen entre sí. Disfrutaba con cada conexión exitosa, tanto en el ámbito laboral como en el sentimental; tenía vocación de celestino. Así, que su amiga Alicia coincidiese en la capital con Alberto, era una gran oportunidad para presentarlos. ‘Seguro que os caéis bien’. El ceño fruncido de Alberto no auguraba lo mismo pero Elías, que flotaba como nadie en la incertidumbre y se sacudía los reproches con suma facilidad, completó su anuncio. ‘Sí, Alicia, esa chica que adora el cine francés, como tú y que, por cierto, no tiene novio’.

Era una encerrona en toda regla. ‘Eso no se les hace a los amigos’, le dijo desde la puerta, mientras Elías esperaba a que llegase el ascensor cargado de bolsas, mochilas y enseres varios. ‘Me lo agradecerás, ya lo verás’, apuntó el anfitrión, y antes de que Alberto replicase, resignado bajo el quicio de la puerta, llegó aquel artilugio con los mecanismos a la vista y una puerta de acordeón que, junto a las humedades del edificio y el olor a gato y estofado, conferían al edificio el aire decrépito que Elías tanto adoraba.

Alberto no estaba por la labor. Ya se había hecho su composición de lugar. Añoraba un rato de tranquilidad. Se fumaría una pipa, leería un rato. No le apetecía tener que dar conversación a una desconocida. Francamente, estaba un poco cansado de las mujeres.

*

‘Qué cabrón este Elías’, reflexionaba lamentándose del tono de reprimenda que utilizó para echar en cara a Elías las libertades que se tomaba. ‘Al final tuvo razón’, recapacitaba Alberto mientras contemplaba con ternura toda la ropita de Alicia hecha un gurruño sobre la cama. El liviano camisón, los calcetines de colores y las braguitas. Todo enredado. Quedó tal y como se lo había sacado para ir a darse una ducha. Parecía como si la dulce criatura se hubiese evaporado de la cama mientras él había ido a preparar el desayuno. La cafetera, con su gorgoteo, inundaba de nuevo la estancia con un aroma embaucador y anunciaba, definitivamente, un nuevo día.

Los bordes quemados de las tostadas introdujeron un punto de imperfección a la escena. La nota de realismo se reforzó con una Alicia muy distinta de aquella mujer tierna y cariñosa de la noche anterior. Salió con cierta prisa de la ducha y aprovechó para secarse el pelo mientras tomaba de pie el café que Alberto había preparado.

Estaba preciosa con aquellos ojos claros y el pelo húmedo. Apenas probó bocado. Mientras consultaba el móvil hablaba distraídamente con Alberto, que trataba de encajar la nueva versión de Alicia. Su idea de desayuno conjunto, reposado, se hundió en el cenagoso pantano de la cotidianeidad y la prisa.

Se despidieron con un beso tibio, casi distante. Alicia se tiró a la invernal mañana, gris y salpicada de charcos. Con un caminar apresurado que dejaba el rastro sonoro de su taconeo llegó hasta la boca de metro más cercana y se diluyó en el anonimato de la gran ciudad.

Alberto se quedó fregando los restos del naufragio. No tenía mucho que hacer hasta que llegase la hora de ir al aeropuerto. Su avión salía a medianoche y como único cometido se había propuesto comprar un par de libros para hacer más llevadero el mes que le tocaba pasar en la plataforma petrolífera. Evaluaba con una perspectiva lúgubre sus días en aquel mar pesado y plomizo de Maracaibo, en el que las jornadas laborales era como una goma de mascar insípida. ¿Y si me quedo? Fue el pensamiento que afloró mientras desenroscaba la cafetera y el chorro de agua desbarataba el bloque de poros adherido al filtro.

Alicia había agitado su vida de un modo inimaginable. Según le había contado Elías la chica deglutía amantes con una facilidad asombrosa. Sin embargo, aseguraba su amigo, quería encontrar a alguien con quien estabilizarse. Se había hartado de principios y finales y ansiaba un hombre con el que pasar una larga fase intermedia. Crear una memoria común que evocarían en su senilidad. Con frases del tipo: ¿Y aquella vez que te subiste a aquel tren y nos dimos cuenta que iba a Brujas y tuviste que saltar? Saber que existes en el recuerdo de otro y que alguien, en algún momento, te admiró y al hablar de ti le brillan los ojos.

Las ventanas del dormitorio daban a un patio interior mortecino, cruzado de cuerdas para colgar la ropa, y que cobijaba eel pestilente zureo de las palomas. Ventiló el cuarto e hizo la cama. Se le echaba la hora encima y no tenía sus libros.

En ‘La Central’ comió un sándwich mientras hojeaba sus adquisiciones: El impostor y La verdad sobre el caso Harry Quebert. Miraba los libros sin concentrarse. Alicia le tenía absorbido. Le escribió un wasap y le propuso una cena temprana; él se encargaría de todo. Un escueto pulgar hacia arriba llegó de vuelta en unos minutos. Sí, esta podía ser su chica, la depositaria de sus recuerdos. Con quien se reiría evocando anécdotas que en su momento fueron calamidades.

Salió de la librería confeccionando mentalmente el menú y lo que necesitaba comprar. En el mercado Maravillas se hizo con las materias primas. Adoraba pasear por los mercados de abastos, olfateando la mercancía, admirando su cuidada disposición en los mostradores. Era otra de las cantinelas de Elías que al final había permeado en él, eso de fomentar el comercio de barrio y adquirir productos nacionales.

¿Y si no me voy? La idea le volvió a asaltar. Qué razón tenía Elías al pronosticar que conectarían, que eran dos personas con gustos comunes. Y que pocas ganas le quedaban para afrontar el largo periplo hasta Punto Fijo, aquel baluarte improvisado en medio de la selva, que se quedó con el nombre aséptico que el ingeniero puso en el plano para abrir un camino recto desde el interior del país hasta la costa.

Pelaba las patatas y preparaba un fumet. Quería sorprender a Alicia con sus habilidades culinarias. ‘Quien me manda a mí irme a jugar el cuello a esas repúblicas bananeras’, se  hubiese escuchado si se hubiese dado volumen a sus pensamientos. Allí le esperaba una pandilla de brutos y ex presidiarios, mercenarios de toda condición. Aborrecía aquellas horribles noches, sin apenas intimidad, empapado en sudor, en un cuarto lleno de literas corridas, a modo de orfanato, escuchando ronquidos y con un olor a pies, a humanidad, verdaderamente insoportable. Era un tedio que le consumía y anulaba. El sueldo de expatriado no compensaba esa lúgubre soledad por la que buceaba.

Alicia pasó una mañana frenética. De un stand a otro, hablando con proveedores, comerciales y buena parte del gremio. Eran esos encuentros anuales a las que da mucha pereza ir, en los que hay que fingir sorpresa y entusiasmo constantemente. Sin embargo, era una forma de acercarse a algún influyente periodista que hablase de su negocio, o empresarios dispuestos a invertir una buena pasta en la línea de cosméticos y productos naturales de la que quería hacerse distribuidora a nivel nacional.

De ellos Óscar Lacabe era su preferido. Joven, guapo y con sensibilidad por todos los iconos elegidos para identificarse con la protección de la Naturaleza ─ballenas, osos polares, focas, linces─ de una sociedad eminentemente urbana y poco apta a la cara B de la naturaleza: barro, mosquitos, picores y, en definitiva, incomodidad.

Su teléfono móvil había acumulado todo tipo de mensajes y notificaciones advirtiendo de la vorágine habitual de las redes sociales. Enterrado en el fondo del bolso, y más pendiente de la realidad que de lo virtual, Alicia no le había prestado atención. Justo cuando repasaba el carrusel de avisos le llego el mensaje de Alberto. Lo leyó por encima y entendió que el amigo de Elías estaba un poco coladito por ella y que quería que cenasen juntos. ‘Pues vale, cenamos’, dijo mentalmente mientras seleccionaba un pulgar hacia arriba y seguía contestando aleatoriamente escuetamente otros mensajes.

*

Alberto estuvo pendiente del chirrido del ascensor desde ese breve periodo de luz fosca, en el que la tarde se hace noche. A las nueve claudicó definitivamente. Había ido ensayando distintas maniobras para mantener la cena caliente y que la ensalada no se pusiese lacia. Fue aceptando de buena fe sus propias explicaciones ─se habrá retrasado, no encontrará la calle─,  confiando en que el siguiente ascensor traería a Alicia.

Le escribió un par de mensajes que jamás obtuvieron respuesta. Estuvo tentado de llamar a Elías para averiguar si la puntualidad era en Alicia una virtud o un concepto más bien difuso. Fue madurando sus dudas a base de vino. Cuando por fin al sonido del ascensor le siguió la atronadora apertura de la cerradura, le cena eran unas sobras a medio devorar y quedaba menos de la mitad del Ribera.

‘Hola, ya estoy aquí, ¿qué tal?’, anunció alegremente Alicia, que venía con unas cuantas cervezas en el cuerpo y exhausta después de un día largo y pesadísimo. ‘Bien, bien’, contestó Alberto haciendo ver que no le hacía caso, desapareciendo por el pasillo que daba al cuarto.

‘Ah, ¿ya has cenado?, pero si es muy pronto ¿no?’, dijo al ver los platos en la mesa, un poco confusa por la desaparición de Alberto. Pensaba que el chico tenía interés en ella. ‘Bueno, los tíos son así de raros’, concluyó mientras se descalzaba. ‘Es que salgo de viaje en un rato. Veo que no te has enterado’, contestó de malas maneras Alberto, todavía en la penumbra del pasillo. ‘Oye, qué pasa, no te pongas así’, replicó Alicia, mujer bregada broncas y poco apta a morderse la lengua. ‘Me he pasado la tarde cocinando. Te he propuesto cenar temprano porque antes de irme al culo del mundo quería tener una despedida amable y tratar que lo de anoche pudiese llegar a algo’. ‘Mira Alberto, yo no sé qué has imaginado tú de un polvo improvisado. Y desde luego el concepto que tú tienes de temprano no se parece al mío. Siento no haber llegado a la hora, pero tenía trabajo y estas cosas no se sabe muy bien cómo acaban’, dijo Alicia tocando la pantalla del móvil en su eterno caminar por las redes sociales. ‘Ya claro’, musitó vagamente Alberto, que definitivamente desapareció en busca de sus maletas.

El silencio no se apiadó de la situación. La frustración creció en el ánimo de Alberto. Sabía que Alicia tenía razón. Era culpa suya, que sacaba a relucir un romanticismo ramplón cuando en el fondo tenía su vida diseñada para huir permanentemente. Se propuso cumplir con uno de los preceptos napoleónicos: una retirada ordenada, sin bulla. Cruzar el salón, esperar el maldito ascensor, coger un taxi hasta el aeropuerto y a partir de ahí seguir su rutina de viajero ‘up in the air’: es decir, desgastarse lo menos posible con el aluvión de tiempos muertos necesarios para llegar hasta la base logística de su empresa.

‘Bueno, que te vaya bien. ¿No me das un beso?’, reclamó Alicia ante la inesperada marcha de Alberto. ‘No te lo has ganado. Ahí te queda algo de vino. Y en la olla hay crema de calabaza. Ciao, que te vaya bien’. Ya salía por la puerta cuando Alicia, encendiendo un cigarro, le dijo muy tranquilamente: ‘Eres un niñato Alberto. No puedes ponerte así por que llegue tarde. Aunque tengas razón. Mira, ayer lo pasé muy bien contigo. No eres mi tipo, pero me gustó conocerte. Y hoy, que quieres que te diga, no tendría que darte explicaciones. Me he liado tomando cervezas, tratando de sacar algún compromiso por parte de un inversor. Hubiese cenado contigo, pero no ha podido ser’. ‘Ya, pues nada, que te salga la inversión’, respondió Alberto, cargado de bultos mientras esperaba el ascensor, duplicando la escena del día anterior con Elías.

*

Como había pronosticado las noches pegajosas del ácido mar de Maracaibo no le dejaron dormir. Fue allí donde le rebotaron dentro de su cabeza las palabras con las que se despidió de Alicia. Fue allí donde se reprochó su extremista y cortoplacista visión de los acontecimientos. Fue allí donde un febril acceso de malaria le hizo sentirse como una verdadera mierda. Desamparado, prometió a los dioses en lo que no creía que volvería al redil del que no debió salir. Invertiría sus ahorros en comprar una casa, iría a los cumpleaños de sus hijos y envejecería de la mano de una mujer que, como él, solo le pediría a la vida un poquito de paz.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


2 Comentarios

  1. Jabi

    3 febrero, 2016
    / Responder

    Muy chulo, y qué distinto de otros tuyos, no?

  2. Marta

    9 febrero, 2016
    / Responder

    ¨Saber que existes en el recuerdo de otro y que alguien, en algún momento, te admiró y al hablar de ti le brillan los ojos.¨


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