Algo más que salir a correr

16 enero, 2018 / Relatos / 3 Comentarios

Aún es de noche cuando me levanto. Entre mullidos silencios me visto de corredor y desayuno un plátano. Salgo a la calle bien abrigado y para mi sorpresa la niebla envuelve la ciudad. El aire fresco y húmedo me recuerda a las tierras castellanas, donde los bancos de niebla invaden pinares y campos de cultivos durante días.

Pero esta es una niebla distinta. Viene del mar y se conoce como boira. Durará lo que quiera el sol, unas horas a lo sumo. En todo caso yo saldré de su radio de influencia en breve porque a mí me gusta correr por el monte, donde el terreno es más abrupto y hay subidas y bajadas. Si me quedase cerca de casa estaría condenado a la monotonía del llano.

En el coche hace mucho frío. Pongo la calefacción a todo volumen, aunque las resistencias tardarán un rato en calentarse. Voy hacia el Cabo de Gata escuchando la radio. Necesito correr. Necesito oler el monte y el mar. Necesito contacto con la naturaleza.

Clavellina del Cabo (Dianthus charidemi), un endemismo del Cabo de Gata

La crianza ha limitado mi radio de acción. El Himalaya no es más que una quimera. Los Pirineos un sueño casi imposible y Gredos se postula como un reto a medio plazo. Sierra Nevada es algo más tangible, pero las salidas aún hay que racionarlas y limitarlas a un tiempo razonable. Menos mal que vivo en uno de los lugares más montañosos de España y siempre queda cerca algún relieve interesante.

Emerjo de la niebla y el sol me castiga los ojos. El día es claro, apenas hay viento. La bruma se quedó anclada al Andarax. Ya voy entrando en calor y al fondo, siguiendo la línea de la bahía, está la Sierra del Cabo de Gata, que se hunde en el mar justo donde el faro da sus últimos destellos.

Allí encontraré algunas cuestas en las que sufrir, sentir que me ahogo, que me va a reventar el corazón. Ese sabor acre en la garganta. Rara afición esta de madrugar, abandonar la cama calentita y pasar un mal rato.

Llego a las salinas, donde anátidas y flamencos se desperezan. Entre los carrizales que quedan a mano izquierda puede que mi amigo Leo esté agazapado a la espera de que se den las circunstancias para tomar otra foto magistral. Él también habrá madrugado, se habrá deslizado silenciosamente con el equipo fotográfico y estará aterido de frío, inmóvil, escuchando el devenir de la naturaleza.

Espátulas al vuelo. Foto de Leo Barco

Mientras me deleito con el paisaje marítimo sopeso qué recorrido hacer. Isaac, el gran Isaac, es el que me ha ido enseñando las posibilidades de esta pequeña sierra, igual que me ha ido mostrando travesías y excursiones chulas por toda la zona. Hoy no pudimos coincidir y, aunque es preferible ir acompañado, el deber (la necesidad, el vicio, lo que sea) me lleva a correr en solitario. Que, oye, también tiene su punto.

Paso la fábrica de sal, el café destartalado (aún no ha abierto), y aparco donde las furgonetas de guiris suelen pasar la noche para amanecer frente al mar. Me decanto por una pista que llega hasta unas colmenas de manera más o menos civilizada para después ir un poco monte a través por una antigua senda pedregosa y casi ahogada por el esparto y los palmitos.

Me despojo del forro polar, miro el reloj y arranco. Con los primeros pasos todos los achaques crujen. Voy entrando en calor y a la altura de las colmenas incluso me desabrigo un poco. Voy llegando al tramo cabrón, donde se pasa un rato ‘nada más que regular’, como dicen por aquí. Tengo que hacer una parada. Eso o morir allí mismo. Voy jodidillo. Ese era el plan, así que ahora no te quejes, me digo. Por fin avisto el collado, donde hay una era abandonada que habla de tiempos muy distintos. Los bancales donde se cultivaba el cereal casi han desaparecido; cuesta imaginarlos.

Es una de las cosas que me gusta de salir a dar bandazos. Reparar en la superposición de las capas de vida que conforman la realidad. El anquilosado mundo rural, los endemismos del Cabo de Gata, como la clavellina, los tornos que sirven para subir las barcas de pesca, las jibias y calamares que pululan por el fondo del mar y que en verano, buceando, es posible admirar.

Desde la era admiro el paisaje. Son cosas que no se ven desde la cama, bajo un manto de niebla. Ya va mereciendo la pena el sufrimiento. Continúo el recorrido bajando hacia la rambla del Corralete, otra vez entre piedras sueltas y matas ásperas. De repente me sumerjo en una balsa de silencio. Ha desaparecido de mi vista cualquier vestigio de civilización. Solo escucho mis pisadas, y me paro para que el mutismo sea total. Es inevitable entrar en un estado de calma, de paz, que probablemente sea el que se persigue al meditar. Aquí es fácil e inmediato. Sosiego pacificador entre lagartos que me observan y la totalidad de la naturaleza. Otra recompensa.

Alcanzo la rambla y corro saltando los obstáculos que se van presentando, esquivando pedruscos y aprovechando el lecho mullido que hay en algunas partes. Así hasta llegar a la carretera que llega hasta el faro, aunque yo iré en sentido contrario para cerrar el círculo.

Queda una subida durilla. Aprieto los dientes porque sé que después de esto solo quedan premios. Primero la satisfacción de haber hecho los deberes. Después una hermosa bajada con un paisaje imponente. Por último el café que va a caer en ese bar tan cutre de la Almadraba en el que los guiris ya estarán posicionados. La versión vespertina de este recorrido añade, además, una prodigiosa puesta de sol.

Bajo trotando, con los brazos abiertos, gozando de la pureza del aire, arrebatado por las endorfinas y creyendo que a veces vivir es fácil. Es el éxtasis del corredor, la prueba de que el ejercicio al aire libre, aunque malo para las rodillas, cura la mente, te reconcilia con la vida.

En el coche me vuelvo a abrigar. Escucho el suave oleaje mientras hago unos estiramientos. El Angelita tiene que haber abierto ya. Allí me siento dichoso con un café caliente, con la mirada perdida en el mar. Saco del bolsillo mantecados olvidados de las Navidades. Vuelvo a casa despacio. A lo lejos observo que la niebla se ha deshecho en jirones, que poco a poco el sol va dominado la situación. Vuelvo a casa, donde mi mujer y mi hija están a punto de levantarse. Eso espero, que haya dormido bien. Ahora desayunaremos.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


3 Comentarios

  1. ESTHER GOMEZ SANCHEZ

    16 enero, 2018
    / Responder

    El devenir sencillo y pausado de las cosas.... En la simple observación ...
    Bravo.

  2. Alberto Guerrero

    16 enero, 2018
    / Responder

    Muy bueno! Me identifico con esas sensaciones y esos parajes! Hoy no iba a salir pero después de leer esto me han entrado ganas

  3. Alfonso Girón

    30 abril, 2018
    / Responder

    oye novelista, supongo que el regalo era un amanecer, no?
    abrazo!


¿Quieres compartir tus opiniones?

Tu dirección email no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Deja un comentario