De interior

30 agosto, 2014 / Relatos / 0 Comentarios

Como todos los veranos la familia elige un lugar costero en el que pasar las vacaciones. Y como todos los veranos las vacaciones son, inmutablemente, las tres primeras semanas de agosto.
Hábitos que crean una falsa sensación de seguridad. Hábitos de sus habituales. Otras familias de interior que también se van a alguna costa. Después, en septiembre, cuando empiece el curso, tendrán algo que contarse.
Mientras la madre se queda organizando el apartamento de alquiler, una opción más asequible que el hotelazo de cuatro estrellas que, total, los niños no van a apreciar, el padre se va a hacer los recados. Es lo tácitamente convenido.
La madre hace las camas, recoge el desayuno, friega los cacharros. A cambio un rato de soledad. Saborea su segundo café en la terraza, con un cigarrillo. Trastea con el wasap.
El padre entretiene a los niños hasta la hora de la playa. Compra el pan y el periódico. Les ha prometido que hoy irían a pescar. Así que inmediatamente después de consultar el IBEX 35 y los fichajes de su equipo, han ido a una tienda que hay junto al puerto. Uno de esos comercios en las que se puede encontrar un amplio surtido de útiles para la pesca y efectos náuticos de lo más variado: cuadros de nudos marineros más o menos sofisticados, barómetros de coleccionista, un control de potencia de cobre de un barco antiguo.
El mayor, Fernando, quería un equipo lo más completo posible. Casi profesional. El mayor, que fue el que estuvo dando la lata para ir a pescar. Se encaprichó después de ver la tarde anterior, en el espigón, como unos hombres sacaban con destreza un pescado tras otro. Pescadores del pueblo. Gente de mar.
Le fascinó tener acceso a una fuente de alimento gratuita. Solo le hacía falta tener una de esas cañas que parecen pértigas.

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El padre accedió al capricho. Sabía como terminaría esa repentina afición a la pesca. Tampoco hay mucho más que hacer, se dice, en estos arenales absurdos. Compró tres equipos baratos. Pero completos. Tres cañas, cada una con un distintivo coloreado en la punta que permitiría identificarla a su dueño. Boya, juego de anzuelos, plomos de distintos calibres. Carrete y sedal. Lombrices que se retorcían en una masa de serrín.

Fernando, el mayor, frunce el ceño ante las decisiones de su progenitor. Emite quejidos que se ahogan antes de que el padre entienda nada. Él quería una de esas cañas enormes. Con su portacañas. Su caja de herramientas en las que guardar y clasificar señuelos (curricán, darter, spinners); sedales de varios tipos. Culpa a su hermano pequeño del equipo tan precario que finalmente su padre ha comprado. Si no hubiese gritado ‘¡yo también!, ¡yo también!’ y se hubiese conformado con un gambero. O con mirar. Pues nada. Un fastidio, como siempre. Todos igual.

Fernando lleva el enfado dentro. Va a hablar poco en lo que queda de mañana. Está a disgusto. Fernando que ha salido al padre. De cuello ancho. Cara bovina. Grueso y de carnes flácidas; pálidas. Parece un ternerón. Silencioso. Mesetario. Un corpachón enorme. Responsable. Estudioso. Observador y receloso. Saca notas excelentes. Excepto en gimnasia. Es un poco torparrón. De mayor, él aún no lo sabe, va a estudiar u-n-a-o-p-o-s-i-c-i-ó-n. Como le gusta al abuelo recordarle, parándose en cada letra, cada vez que lo ve. A juez o a notario. ‘Tú, Fernando, que eres tan estudioso, tienes que hacer u-n-a-o-p-o-s-i-c-i-ó-n, como tu padre, que se la sacó a la primera, ¡a la primera! Para el Banco de España, ¡de España!’

El padre, bovino, cerúleo, de piernas varicosas y tobillos hinchados, asiente cada vez que ocurre la escena.

Eligen un lugar en el muelle. Aguas mansas. Peces oscuros, algunos enormes, se escabullen entre las barcas amarradas al pantalán. Enfrente quedan las escolleras que protegen el espigón principal.

Sacan las cañas de las fundas. Empiezan a engarzar los elementos como les ha explicado el de la tienda. Primero el padre. Luego los hijos tratan de imitarle. No son mañosos. Fernando no se deja ayudar. ‘Yo puedo’ dice tajante, en un tono seco. Nico, el pequeño, ofrece a su padre el lío que ha armado.

Corona las maniobras una lombriz enroscada de mala manera en el anzuelo. Lanza el padre y vuelve a explicar. Primero se libera el freno. Y se pone el dedo aquí para que no se salga el sedal. Se echa hacia atrás la caña. Se lanza con fuerza extendiendo el brazo. Y en el último momento sueltas el sedal. Tiene que hacer una parábola. ‘¿Una qué?’, inquiere Nico, guiñando un ojo, le da el sol.

A Fernando se le enreda el carrete. Una maraña imposible. El padre, que ha puesto la boya a escasos dos metros del borde del muelle, vuelve a ofrecer su ayuda. ‘Yo puedo’, responde obstinadamente. El ceño fruncido, la voz aflautada de niño. Tiene madera para sacarse una oposición, piensa el padre. Es muy testarudo.

Por fin los tres tiran la caña. Se puede considerar, de lejos, que están pescando.

El anzuelo suele llegar lo que da la vara de la caña. Recogen sedal. No hay nada. Ni cebo ni pescado. Repiten sin mucha convicción. Recogen sedal. Nada. Así varias veces. No introducen ninguna variante en su estrategia.

Se puede considerar, a pie de muelle, que dan de comer a los peces.

Al poco, alrededor de las tres tristes figuras, se arremolinan niños que parecen gatos de puerto. Chavales fibrosos, sin camiseta, descalzos. Morenos como el carbón. Contrastan con los polos impolutos, blancos, que cubren las pieles anémicas de los mesetarios. Niños ruidosos que alteran la bovina existencia de Fernando. Enseguida se siente observado, juzgado. No es para menos. Cada vez que intenta un lanzamiento, o cada vez que saca el anzuelo solitario, hay un coro de exclamaciones, sonoras carcajadas y aspavientos.

Felipe es el que parece capitanear a esa pandilla de grumetillos. Es el más osado. El que actúa sin pensar, por puro instinto. Es el primero en hablar. El que se atreve a decirle algo al padre, al fin y al cabo el único adulto en la escena. Seguramente le aconseja cómo cebar el anzuelo. Cómo hay que poner la maldita lombriz para que no se salga nada más tirarla. El gancho ha de recorrer al gusano por dentro; es como si revistiese el anzuelo.

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El padre responde con un mugido incomprensible. También le incomodan los curiosos. Nunca se le dieron bien los críos. Nunca tuvo idea de cómo ganárselos.

A Felipe le cuesta contenerse. Se le escapan las manos queriendo hacer ver a Fernando cómo se tira la caña. En el último momento se lleva las manos a la cabeza y se echa el pelo hacia atrás. Fernando le mira asustado. Aunque su gesto es tan pétreo, tan uniforme, que no trasciende su sensación de sobresalto.

En un par de años Felipe y su pandilla de gatos estarán dando saltos acrobáticos en la playa. Tratando de captar la atención de las adolescentes. Jugando al fútbol. Corriendo hacia las olas en una carrera frenética para tirarse contra ellas y perforarlas. Felipe no es disciplinado. Es alegre e impulsivo. No se va a sacar u-n-a-o-p-o-s-i-c-i-ó-n.

En diez años servirá mesas en algún restaurante de la localidad. O quizás, si es algo listo y tiene iniciativa, monte algún negocio para aprovechar el flujo de turistas. Francisco, por su parte, será uno de esos insípidos visitantes que pasea con desgana y odia la playa. Eso si, ya con una oposición bajo el brazo.

Quizás la curiosidad, su falta de contención, lleve a Felipe a explorar el mundo de la noche en todas sus versiones, sustancias y adicciones. Puede que acabe bebiendo botellines, en un bar desvencijado, uno tras otro, abominando de su mala suerte y mala cabeza.

No adelantemos acontecimientos.

Por el momento es un chaval alegre, que rebosa vitalidad. Tras algunos intentos más de enmendar a esos turistas de interior, desnortados, de ciudad y mantel, arrastra a su pandilla a la otra punta del puerto. Se tiran al agua en bramantes piruetas. Bracean. Gritan. Forcejean.

Francisco está harto. Nico se aburre. Esto de la pesca es un rollo. Afortunadamente se acaba la caja de lombrices.

El padre cree que es suficiente. Ya se puede decir que les ha llevado a pescar. Recogen los apechusques. Las cañas, las cajitas de plomos, los carretes, todo, quedará sepultado en una caja en el trastero.

Caminan bajo un sol de justicia. El padre resopla. Vaya un lugar tan atrasado. Qué calor. Ahora un rato de arenal. De crema pringosa. Allí espera la madre cargada de trastos.

Han encargado una paella.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


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