El Test de Cooper

3 enero, 2018 / Relatos / 1 Comentario

Fui un buen escudero, se confesaba Mórtimer. En aquella lejana etapa, en la que presumía de independiente, de rebelde pero no hacía sino embarcarse en los proyectos vitales de otros. A cambio de no tener que tomar decisiones propias, empujaba con igual o más fuerza que los instigadores de la idea.

Así, fue un partidario irreductible de la ornitología, de las carreras de caballos, de los festivales de cine, de la filatelia. Tenía olfato para detectar a los entusiastas de causas marginales. Se convertían en íntimos de Mórtimer que encontraban en él al amigo dispuesto a todo. Daba el perfil que más convenía para cada situación. Era un buen actor. Le costó años encontrar su lugar en el mundo; por eso estuvo a la deriva tanto tiempo.

La falta de convicción en cada uno de estos proyectos terminó por cobrarse su peaje. Fue un desmoronamiento interno. Su verdadero fondo le iba apartando de los artífices legítimos de esos proyectos que Mórtimer creía hacer propios. No era tan amante del séptimo arte como para tragarse sesiones triples de cine neozelandés. Ni tenía paciencia para esperar durante horas, entre arbustos, a que apareciese una curruca zarcerilla. Ni la perseverancia suficiente para hacerse con todos los sellos de la serie Máquinas y utillaje de la agricultura de Madeira.

La historia que mejor ilustraba su crisis de identidad ocurrió en el instituto, aunque hasta veinte años después no reparó en ello. Con la vista perdida en los grandes peces oscuros que merodeaban por las aguas tornasoladas del puerto, recordaba lo absurdo de aquellos tiempos.

Había tardado poco en entrar en la órbita de influencia de Halberg, que era todo lo contrario a él. Un líder implacable con ansias de protagonismo. Precisaba de alguien que le siguiese la corriente; un fiel escudero. Poco a poco fueron trabando una amistad que ambos considerarían eterna. Era la época de los primeros amores y los subsiguientes desengaños. Mórtimer le confiaba detalles de sus complicados sentimientos hacia las chicas. De su incapacidad para lanzarse.

Halberg, sin embargo, no dejaba de intentarlo. Era dicharachero, embaucador y tenaz. Algunas le prestaban atención durante buena parte de la noche. Después se besaban con otro. Halberg se fue curtiendo en ese océano de contrariedades. Cada «no» era un varapalo que le espoleaba.

Halberg jamás hacía ver a Mórtimer su papel de segundón. Las decisiones sobre qué hacer, dónde ir, cuando quedar y con quien, las tomaba él. Pero con un lenguaje enrevesado que utilizaba la primera persona del plural. A Mórtimer le parecía todo bien. O eso decía. No era muy sincero consigo mismo. Vivía con los ojos cerrados y el corazón clausurado.

Halberg, además de un excelso estudiante, era un competitivo atleta. Entrenaba cada día. Anunciaba sus récords y sueños. Presumía de conocer las marcas de los mejores corredores de la historia; y todos los de su época. Fíjate, a tres cuarenta y cinco el kilómetro, notificaba Halberg. Uff, qué barbaridad, respondía Mórtimer, boquiabierto, sin comprender el alcance de la cifra.

Por eso, cuando el profesor de educación física anunció que en un mes harían el Test de Cooper y que el tiempo de la prueba sería la base de la calificación trimestral, Halberg no cabía en sí de gozo. El resto de la clase trataba de asimilar el nombre de Cooper. ¿Quién era ese cabronazo?

La prueba consistía, según explicó el profesor, en dar el mayor número de vueltas posibles alrededor de la cancha, y para ello tenían doce minutos. Viendo la cara de apuro de su compañero Halberg se ofreció a echarle un cable. Le haría de liebre para asegurarle un buen número de vueltas y, por lo tanto, una nota alta.

Llegó el día de la temida prueba. La carrera tenía algo de extraordinario: espectadores. Hubo que dar explicaciones al profesor. Justificar por qué Halberg correría por segunda vez (ya tenía el sobresaliente, adoraba sobresalir). Consensuar que la maniobra no era un ardid. Que en el atletismo el uso de una «liebre» era algo común y aceptado. El profesor consintió con la condición de que Halberg, como todas las liebres, no completase la prueba y se retirase tras un número prudente de vueltas. Mórtimer sentía clavadas las miradas. Para Halberg eran caricias. Le encantaba estar bajo los focos. Mórtimer sufría al ser expuesto a los ojos escrutadores de los demás.

Mórtimer corría detrás de Halberg, sus zancadas acompasadas. Le siguió durante aquellas infinitas vueltas alrededor de la cancha. Iba pegado como una lapa, cómodo tras su estela. Después de completar las vueltas acordadas, lo que daba para un notable, Halberg se hizo a un lado. Se acuclilló para recuperar el resuello y le dio un grito de ánimo. La excelencia se la tenía que ganar él solito.

A esas alturas del Test de Cooper, con el ritmo que había impuesto Halberg, Mórtimer tenía la boca seca y le ardía el pecho. Le empezaron a zumbar los oídos y sentía un sabor acre, ferruginoso, en la garganta. Al perder su referencia comenzó a correr trastabillado, como un mastín al trote. Dio una vuelta más y paró; al borde del infarto. Halberg lo miró con cierta decepción. El círculo de espectadores se deshizo con satisfacción en sus rostros. No dejaba de haber un tufillo a artimaña en el plan de la pareja.

El instituto y su tiempo de escudero quedaron atrás. Sin embargo, durante años, Mórtimer seguía dando vueltas a aquella pista de atletismo. No fue hasta aquella tarde en el puerto, ensimismado en el devenir de los peces, cuando sintió el peso de la metáfora que supuso su abandono del Test de Cooper. La renuncia a todas esas aficiones que en el fondo no eran suyas, tenían el mismo trasfondo.

Decidió extender la lección aprendida a todos los aspectos de la vida. Dejó todo aquello que realmente no era lo suyo, quedó encallado en una especie de vacío. Durante un tiempo mantuvo el trabajo pero su cambio de actitud propició su despido. Cuando se quitó la máscara y descubrió que no era ninguno de los personajes que había fingido ser las cosas cambiaron. Fue cuando empezó a hacer las cosas que le hacían vibrar, prestando más atención a su propio criterio, a lo que sentía, que a la opinión de los demás.

Cantaba a Perales en la ducha (¡y a su barco lo llamó libertad!) y se levantaba sin  necesidad de despertador. Perdía el tiempo viendo la tele y también frente al mar, mirando el oleaje, como la arena se empapaba y secaba, rítmicamente. Se deshizo de la ansiedad, de obligaciones absurdas, de morales ajenas. Vivir podía ser una cuestión fácil, era una cuestión de actitud, de aceptarse, de reconocer miedos y limitaciones. Fue así como abandonó el Limbo.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


1 Comentario

  1. Jabi

    4 enero, 2018
    / Responder

    Descartar algunas cosas sí, pero qué difícil me parece descubrir lo que uno, en su individualidad, quiere, cuando mucho del disfrute depende de con quién se comparta...

    Gracias Jaime; en la próxima nos cuentas si a Mórtimer le hacían vibrar las olas, o quizá otros ojos que las miraban... o que él imaginaba mientras las miraba.

    Abrazos!


¿Quieres compartir tus opiniones?

Tu dirección email no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Deja un comentario