Los lunes con Julia

1 marzo, 2018 / Relatos / 7 Comentarios

Y los martes, y los miércoles, y los jueves…

Una de las grandes ventajas que ofrece el precario mundo científico es que cada poco ofrece bolsas de tiempo en las que uno puede dar rienda suelta a sus inquietudes. Algunos de estos parones, que en primera instancia tiene carácter indefinido, los aproveché para escribir libros, otros para viajar lejos y subir montañas. En otras ocasiones he prolongado mis investigaciones, en un intento por seguir vinculado al exigente mundo académico.

Esta vez tengo un proyecto innovador y altamente estimulante. Tengo entre mis manos el mejor proyecto de mi vida: cuidar a mi hija.

Es algo distinto a todo lo que había hecho hasta ahora. Al principio fue un poco complicado, la demanda de atención es total y surgen situaciones nuevas que hay que resolver. Me veo obligado a liderar, cosa que se me da muy mal. Sin embargo, está resultando una de las experiencias más gratificantes de mi existencia.

La rutina del día se ha ido perfilando en poco tiempo. Ella decide cuando nos levantamos, siempre entre las ocho y las nueve. Yo me despierto antes y aprovecho para escuchar su respiración, ver cómo se mueve en sueños. De vez en cuando emite algún gemidillo, señal de que está muy a gusto. A mí me reconforta hasta la médula. Dan ganas de achucharla, pero hay que tener cuidado para no despertarla.

Cuando la criaturilla abre los ojos te mira. Y mira hacia donde estaba la madre. La pobre tuvo que abandonar el hogar muy temprano, entre sigilos que denotaban su cuidado por vestirse y desayunar sin apenas hacer ruido.

La niña se va espabilando, empiezan sus primeras sonrisas, le doy unos juguetes mientras voy a asearme. De aquí a que se vuelva a dormir será puro nervio.

El desayuno es un período de cierta calma. Acepta la sillita y observa mis movimientos por la cocina. Me hago un café y preparo la avena, como si fuese un caballo. Mi nuevo rol me lleva a transitar horarios y espacios que siempre han estado allí pero que simplemente eran el marco de fondo de mi vida anterior. Vuelvo a escuchar la Barrupedia en Radio 3, fuente de inspiración de lecturas venideras. Radio Clásica se ha ido convirtiendo en la frecuencia por defecto y los programas de cocina son un pequeño remanso de tranquilidad en los que concentro toda mi atención (si la niña me deja, claro).

Después de mi desayuno viene el de ella. Según voy apurando el café caliento al baño maría el biberón que se va a pimplar mi gorda. Ya nos hemos acostumbrado, sabe que es su hora, sabe que se apoya en mi pecho y que el biberón es suyo. Vamos estableciendo complicidades. A ella le gusta mucho chupar del biberón y en un momento dado dejar de aspirar y que el vacío provoque un burbujeo en la tetina. Entonces me mira, como diciendo ¿has visto lo que sé hacer? Y me río, y se ríe, y así va vaciando biberones.

Nos vestimos. Nos peinamos. Nos abrigamos y nos vamos a la calle a pasear.

A base de dar bandazos, a lo que nunca renunciaré (uno nunca sabe que puede aparecer en el camino, es mejor no descartar nada de antemano) encuentro rincones insospechados por el barrio. Como Julia, es un lugar que está creciendo. Las parcelas de descampado, de huerta venida a menos, van siendo ocupadas por edificios que poco a poco ganan altura. A base de ladrillos y cemento. Ella de leche y papillas. Hacemos el balance diario de obras nuevas, de grúas que con otras grúas van erigiéndose en el paisaje como brazos ejecutores de proyectos imaginados sobre el papel.

La niña se duerme y mis preocupaciones se centran en esquivar el ruido y el sol. Ya me ha quedado claro que lo conveniente es caminar hacia el sur y hacia el este. Pero en algún momento hay que retomar los otros puntos cardinales. Es ahí donde entra en juego la previsión y el conocimiento del terreno. Hay que aprovechar sombras de edificios y vallas. Hay que evitar bordillos y buscar acerar rugosas que producen un traqueteo tranquilizador.

Mientras duerme voy hilvanando relatos a partir de la cotidianeidad. Apunto en la memoria. Escribo en el vacío. Hago un ejercicio de fe. Imagino que cuando tenga tiempo de escribir todo lo que voy narrando, apuntando a pie de página (o de carro) me vendrá como por arte de magia. Veo una caravana aparcada desde hace días junto a un parque. Un señor que sale con su mujer en una silla de ruedas. Se despiden del perro, que vive al lado, en una caseta. Llevan una garrafa de agua vacía. Imagino que los han desahuciado y se han refugiado, por un tiempo indeterminado, en la autocaravana.

Paso junto a un asilo (el nombre políticamente correcto es Residencia de la Tercera Edad) que está frente a un colegio. El contraste entre el bullicio del patio y las vidas que se apagan queda patente bajo el sol de febrero. Imagino a uno de esos viejos enamorándose de una anciana que vive sola. Coinciden en una cafetería. Se cuentan sus vidas. Y ven que están mejor, mucho mejor, anhelando que amanezca para poder encontrarse y contarse las nimiedades que les han pasado en esas horas.

Hay un campo de fútbol que un jardinero cuida con esmero. Imagino que él también quería ser futbolista pero las lesiones, la competencia, la mala suerte, le dejó como espectador eterno. Imagino que imagina la vida de los futbolistas que se pelean a muerte por cada balón, por mantenerse en el escaparate, por marcar un gol histórico que les permita jugar en primera división. Y ganar 200.000 euros al año, ficha probable en la LFP. Son chavales que muerden por sobrevivir. El entrenador les jalea, dale, dale, presiona. Es la lucha por la vida. Vista por un escritor que ve a un jardinero.

La niña duerme y yo escribo en mi parca memoria, esperando la oportunidad de estar frente a un papel en blanco. Con un boli. Y con tiempo.

Que justo ahora no tengo. Julia se despereza, volvemos hacia casa. Ahora viene una tregua mínima y cada vez estará más irascible, echando de menos a la madre. Esas últimas dos horas serán las más complicadas.

La distraigo, juega, ríe. Se parte de risa. Lo cual está bien pero he aprendido que de ese estado al llanto hay una delgada línea, muy borrosa en ocasiones. Ya no se queda en ningún sitio. La llevo colgada de un brazo mientras hacemos su papilla y doro unas cebollitas. Me la cambio de brazo y pongo la mesa, coloco alguna cosa antes de que el caos total se apodere de nuestras vidas. Me la siento en el regazo y trato de responder algunos correos. Quiere el boli, un cuaderno, cables, un libro. Quiere novedades en su vida. Se cansa, se harta, damos otro paseo, le damos unas vueltas al guiso, machacamos la zanahoria y la calabaza con un tenedor. Me la cambio de brazo. Otra vez. Me la subo al cuello. Se ríe. Amaga con llorar. Esperamos a la madre con fervor.

Nos ponemos un programa de cocina. Los Torres, Arguiñano, Jamie Oliver. A ver si encuentro alguna idea aprovechable. En el sofá la pequeña me dura unos siete minutos. Vuelvo a pasear con ella. Le enseño los mirlos que se ven desde la ventana. Vemos un gato. Ella prefiere tirar de las cortinas, las tiene más a mano.

Llora, definitivamente llora. Eso de la risa ya queda para otro rato. Hambre y sueño. Y muchas ganas de mamá.

La recta final de la mañana es agónica. La comida casi está lista. Termino de poner la mesa. La música clásica queda tapada por el quejido perpetuo. Escucho una cerradura que da vueltas. La niña se calla y mira hacia el fondo del pasillo, de donde emana ese ruido prometedor.

Sí, mamá ya está aquí. Estamos salvados.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


7 Comentarios

  1. JUAN CARLOS GAZIA ZUCCHELLI

    1 marzo, 2018
    / Responder

    Encantadora vida "de padre". Un trabajo más gratificante que esos que andan "por ahí". Un fuerte abrazo

    • jmvalderrama

      5 marzo, 2018
      / Responder

      Gracias Juan Carlos, un placer que me leas

  2. Alfonso Girón

    1 marzo, 2018
    / Responder

    Genial. Me he visto muy reflejado. Te aviso de que puede enganchar, como muchas cosas buenas. Pero esta es la mejor sin duda. Abrazo Novelista, y padre, claro.

  3. Jorge

    3 marzo, 2018
    / Responder

    Me ha encantado Jaime ;-) ¡qué de recuerdos (no tan lejanos) me has traído a la memoria! Mi Adriana, ay, mi Adriana, ya mujercita más que niña... Estos momentos que estás viviendo parecen eternos porque cada minuto se siente... pero vuelan, amigo mío, vuelan. Agárralos con fuerza pues son pura magia. Y enhorabuena padrazo. Un abrazo

    • jmvalderrama

      5 marzo, 2018
      / Responder

      gracias Jorge!!seguiré tu consejo

  4. María

    7 marzo, 2018
    / Responder

    Querido Jaime, estás a un paso de ser consciente de que la tiranía, a veces, es gratificante..., por si aún no lo habías descubierto como escritor, ahora lo descubrirás como padre... Gracias.

    • jmvalderrama

      22 marzo, 2018
      / Responder

      buen campo de experimentación (y aprendizaje) este de la paternidad


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