El dentista

23 Septiembre, 2011 / Relatos / 0 Comentarios

Tuve que ir al dentista. Otra vez. Mira que al despedirme del doctor la última vez quedamos en que no me verían por allí hasta la limpieza bucal, que es en diciembre, justo antes de las Navidades. Para afrontar las comilonas y los encuentros familiares libres de sarro, aunque, si te digo la verdad, los dientes empiezan a amarillear o ‘marfilear’ más bien rápido. En dos semanas comienza a borrarse el recuerdo inmaculado de los ultrasonidos cincelando el esmalte. Antes, tras cada limpieza, me costaba retomar las pipas, las pipas de fumar digo, pero he ido venciendo esa resistencia y como sé que el resultado final va a ser que los dientes se vuelvan amarillos nicotínicos dejé de condicionar el jodío fumeque a la limpieza bucal.

Pero bueno, el caso es que ayer tuve que ir de nuevo, porque tenía un dolorcillo en un diente que no se terminaba de pasar. Estuve haciendo enjuagues con productos de esos de colorines que dan ganas de beberse y mezclar con ginebra. Pero nada. Me lavé los dientes una y otra vez. Mastiqué con el otro lado. Finalmente no pude obviar el dolor. No pude dejar de pensar en los oscuros orígenes de un problema silencioso que podría derivar en males mayores. Así que decidí llamar. Con lo que me cuesta a mí llamar para cualquier cosa. Y me dieron cita para el día siguiente. Toda una declaración de eficiencia y saber hacer.

Llegué armado de paciencia. Sabiendo que el doctor Galván, que así se llama el dentista, te hace esperar. Hubo una vez que estuve a punto de irme. Me tuvieron cuarenta minutos en la salita. Salita de dentista de ambiente rancio. La tele puesta con algún pajarraco despellejando famosos de tercera, mientras momias maquilladas y ‘ninis’ asisten con pose de pensador al espectáculo, añadiendo algún detalle grotesco a la intrascendente historia. Si la tele no te entusiasma entonces puedes refugiarte en la literatura. El doctor Galván tiene todo previsto y en la mesita que hay entre los sillones tienes dos montoncitos en los que elegir: prensa deportiva para el señor y revistas del corazón para ella. También hay revistas de coches y una revistita que detalla los programones esos que echan en la tele. Por último, y para convencer a los pacientes de que están en buenas manos, las paredes están jalonadas de títulos, titulillos y diplomas de cualquier cosa. El objetivo es transmitir confianza al cliente, haciéndole ver que el doctor sabe mucho, pues así lo atestiguan todos esos papeles, con sus sellos y firmas, incluida la del rey, enmarcados y colgados hasta convertir la pared en un mosaico continuo.

Decía que una vez estuve a punto de irme. Pese a todos estos incentivos que ofrece la consulta. Pero no había cómo. No había nadie en recepción. En realidad nunca hay nadie en recepción, nada más que para cobrar. El doctor Galván tiene esclavizada a una chica que le sirve para todo. María del Mar, de ojos muy sugerentes enmarcados bajo unas cejas delineadas en el País de las Mil y una Noches, se dedica a las limpiezas bucales, a abrir la puerta, a cobrar, a preparar la masilla para hacer moldes de la gente que se va a colocar aparato, y a otras tareas. Y él, el doctor Galván, atiende dos pacientes simultáneamente pero tratando de que a cada uno de ellos crea que se le dedica atención exclusiva. En los paseos de un despacho a otro, de una silla reclinada a otra, de una boca abierta a otra, nunca pierde la sonrisa, porque puede topar con algún cliente, y siempre tiene que parecer un tipo ganador, que no está agobiado por nada, que la vida le va fenomenal.

Ayer pude comprobar una vez más su estrategia. Sorprendentemente sólo había tenido que esperar diez minutos y ya estaba en uno de los sillones. Reclinado y atento a cómo iban progresando los efectos de la Licopaina. Es bastante desagradable. Un sabor dulzón empieza a deslizarse hacia la tráquea y casi inmediatamente aparece una sensación de ahogamiento y sequedad que sólo puede ir a más. De otras veces he aprendido que lo mejor es intentar no tragar, porque si no la licopaina, arrastrada por la saliva, va más y más abajo y el pescuezo interno –terminología anatómica doméstica- queda en fase de suspensión.

Tras rociarme con el espray de licopaina en la zona afectada y unos amplios alrededores el doctor Galván me dijo que esperase un momento y desapareció por la puerta. No sin antes exclamar de forma muy optimista: ¡esto lo arreglamos enseguida campeón! Se fue tan feliz, flotando en su nube de euforia. Es parte de la estrategia de curar a alguien, demostrar que todo está bajo control, que todo va bien. Que estás en buenas manos.

Pude oír que antes de que llegase a la otra poltrona, donde alguien con la boca abierta aguardaba las maniobras del doctor, el doctor topó con otro de su especie. Otro triunfador. Otro conocedor de atajos que te llevan a la cumbre en un periquete, pasando por encima de los demás. Otro ser fluorescente que destaca sobre el fondo gris y poco definido de gente que siguen las reglas del juego y nunca gana.

Había tenido tiempo de analizar a este otro tipo en la sala de espera. No tuve que hacer ningún esfuerzo para llevar a cabo las observaciones. Al revés. Fue casi obligatorio tenerle que prestar atención. Los gritos que pegaba por el móvil atrajeron la atención de todos los que estábamos en la salita. El triunfador en cuestión era un señor de estos engominados, que hábilmente colocan la melenilla rizada para anular la sensación de calvicie que transmite su alopecia galopante, bien perfumados, con un traje gris marengo. No hacía más que hablar por el móvil, gritando, para que todos en la sala viésemos que bien le iba en la vida. Cuan afortunado era de tener el trabajo que tenía –era comercial, vendía alguna máquina que no quiso especificar, no debía de ser mercancía muy glamurosa- y lo bueno que era jugando al golf. Sobre todo su hijo, según decía. Quien había aprendido a templar los nervios. Ya no se enrabietaba por no hacer un ‘eagle’ cada vez que salía al campo. Se preocupo de dejar bien claro, que este año su hijo iría al campeonato de España. Eso siempre viste mucho. Ir al campeonato de España. O tener un primo que es campeón de España de algo. Pues mi primo ha ganado el campeonato de España de aikido. Como si a uno le correspondiese parte del mérito. Pero parece que decir campeón le da, al que habla, cierta aura de respeto, se pone un escaloncito por encima de los oyentes, aunque los oyentes sean coyunturales, involuntarios.

Así que el doctor Galván cuando topó con el tipo este se tuvo que parar muy sonriente a recalcarle qué él también era un triunfador, aunque como el tipo de la melenilla rizada era un cliente pues el dentista tuvo que mirarlo desde debajo, para que el otro se sintiese mejor y así aflojara más cuartos. Para que trajese a su hijo, el que iba a jugar el campeonato de España, a ponerse un aparato de esos, que valen un riñón.

Mientras, María del Mar, con esos ojos de reina mora, que parecía más mora tras el bozal verde ese que llevan para no echarte el aliento mientras tienes el buzón abierto y una luz poderosa te ciega, iba de una estancia a otra. Entraba donde yo estaba, cogía algo de un cajón, después contestaba al telefonillo, al teléfono –sin perder la compostura, con una voz suave que la hacía aún más sugerente- y retomaba la limpieza bucal que había dejado a medias. Los aspiradores de saliva funcionaban haciendo ese ruido tan carácterístico: ssssshhhhhsssxxjjssshhh.

Y yo me preguntaba ¿dónde irá toda esa saliva? Al cabo de una semana juntas unos litros. En estas cosas me entretenía. Para evitar pensar en la licopaina. Un reto interesante cuando visito al dentista es tratar de averiguar, sentado e inmovilizado en el sillón, cómo funciona el programa de ordenador con el que gestionan a los pacientes que van a la consulta. Ya casi lo tengo pillado.

En la pantalla LCD que da un toque de modernidad a la estancia –junto a los blancos e impolutos cachivaches utilizados para pulir, horadar y extraer piezas dentales- podía ver una dentadura con todos y cada uno de sus componentes perfectamente dibujados. Muchos de los dientes tenían un área ensombrecida que, en definitiva, denotaba un currículo fantástico de gominolas y toffes, de desidia y precariedad en la higiene bucal. ¡Qué desastre de boca por dios! Y además había algún que otro hueco, faltaban tres muelas del juicio.

Entró de nuevo sonriente el doctor Galván. ‘Bueno campeón’, dijo. Yo me limité a sonreír. ¿Qué podía hacer? ‘A ver qué tenemos por aquí’, continuó. Empecé a balbucear una explicación de lo que me había llevado hasta allí. Ya casi lo había olvidado. ‘Es que tengo un dolor por aquí…’ dije y me metí un dedo en la boca para señalar bien el diente que me molestaba ‘…ysshh pueffs quefffshhh…’ Con el dedo dentro de la boca no me entendía nada el buen hombre.  Pero acostumbrado a este tipo de explicaciones encendió el faro ese que tienen allí para cuando se pierden los barcos y comenzó a palpar con algo. Y a hacer preguntas escuetas: ‘¿Arriba?’ ‘hhiiii’ contestaba yo. ‘¿Te molesta al masticar?’ ‘hiiiii’. ‘hasshla..ereiiiia’ (a la derecha). Y yo pensando que con el despiste que tenía el hombre este lo mismo me perforaba en otro lado. ‘Nada campeón. Esto lo arreglamos en un periquete.’ Decía mientras miraba por encima de las gafas para ver donde clavaba la aguja con la anestesia de verdad, que lo de la licopaina era para hacer tiempo. Toma, toma y toma. En segundos se me fue durmiendo media cara. Parecía corcho.

El tipo volvió a irse. Y de nuevo me quedé sólo con mis pensamientos. Me había colocado un babero para evitar que los restos de agua y de babas cayeran por ahí. Tras la anestesia los labios cuelgan como belfos. Y cuando vas a enjuagarte con el vasillo de agua que te han dejado al lado –y que se rellena automáticamente, ojo; otro símbolo de modernidad- los líquidos se escapan. Como un dogo que ha ido a beber agua al platillo y que después va dejando un reguero allá por donde pasa.

‘Esperamos un momentín y tapamos eso en ‘na y menos’. Y el tipo volvió a irse. Otro bandazo para ver al de al lado.

Aburrido y exasperado seguí intentando averiguar detalles del programa del dentista. Y entonces pude escuchar la conversación que emanaba del paciente contiguo. Era una señora mayor. Quería saber cuánto le costaría un implante. El doctor Galván hacía arabescos para evitar darle un disgusto a la buena señora. ‘Eso depende. Vamos a ver un momentín su ficha’. Así que el bueno de Galván volvió donde yo estaba. Tocó el ordenador y apareció otra dentadura en pantalla.

Como dice mi amigo Jose siempre hay alguien peor. A María Gádor, que así se llamaba, según pude observar en la parte superior de la ficha, le quedaban siete dientes. Vaya infle de gominolas. Qué carencia de pasta de dientes.

El doctor, pese a tan escaso material, no se venía abajo. Al contrario. Se frotaba las manos. Pues no había posibilidades de implantes ni nada.

Volvió a irse. ‘Pues mire doña María’ dijo con una sonrisilla maléfica (imagino). ‘Esto le puede salir por unos mil doscientos euros’. Yo me preguntaba, bajo los efectos de la anestesia, si le merecería la pena a aquella buena mujer tamaña inversión para pasar de siete a ocho dientes.

‘Pues no sé qué hacer doctor’. Dijo la mujer dubitativa. ‘Ya se lo piensa usted y lo vemos. Pero eso le dura ya toda la vida’. Coño claro. Según la ficha María Gádor había nacido en el treinta y siete.  Así se la quitó de en medio y presto acudió a rematar mi faena.

Por fin el doctor me dedicó todos sus recursos. Acudió María del Mar, con su morería y buena disposición. Empezaron a meter manos y cosas en mi boca. Incluyendo el aspira-saliva y un cacharro que parecía el dedo de ET, por lo visto para secar la resina con la que taparon el boquete que me había hecho las bacterias.

No quitaba ojo a los ojos moros de María del Mar. La alternativa era el focazo o los cañones de la barba del doctor.

‘Pues listo campeón’. Después de enjuagarme y dejaron un reguero de agua me incorporé. El doctor efusivamente me dio la mano, y quedamos en vernos en la siguiente limpieza bucal no nos veríamos. ‘A seguir bien’, exclamó. Y volvió a desaparecer. Se fue con su sonrisa. Triunfante.

Pagué y María del Mar cobró. No sin antes comprobar que el billete que le daba no era falso. Y así me fui, con el recuerdo de la exigua dentadura de María Gádor.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


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