Mi primer encuentro con una prostituta

17 Diciembre, 2011 / Relatos / 1 Comentario

No puedo dejar de reconocer que es un incentivo pasar por la rotonda en la que se ponen las putas. Podría decir que es una indecencia. Que está muy mal la explotación sexual. Que es un oficio degradante.

Con todo eso estoy de acuerdo. Pero no puedo dejar de reconocer que cuando sé que voy a pasar por esa rotonda, de noche, las pulsaciones suben.

Las putas se sitúan justo después de la rotonda. Hay que frenar para poder rodear bien el obstáculo, y al salir te las encuentras de frente. Es imposible no verlas.’ ¿Qué? ¿eh? Ah sí es que estaba pensando en otra cosa’. Dice alguien cuando le comentas sobre la rotonda de marras. Ya y una mierda. No se puede pensar en otra cosa cuando te topas con una tía medio en pelotas, ceñida en unas medias de rejilla negras, con las tetas apretadas queriendo salir a tomar aire porque se asfixian. No se puede fingir que uno está abstraído, ‘pensando en otras cosas’ cuando tres tiparracas seguidas, una de ébano, otra rubia, y otra con una cascada de pelo rizado, te muestran los músculos tensos de sus pantorrillas y glúteos. Que resulta que van sin bragas, que están en pelotas, en la nacional. Que casi te estrellas.

Pero parar es complicado. Tienes que saber que están ahí. Porque el tramo de carretera en el que están es corto. Y si frenas de golpe, el de atrás, que también va babeando, cerciorándose de que efectivamente están muy buenas y desfilando en lencería lasciva  se choca contigo. Vaya lugar para tener que arreglar los papeles de tráfico. Con las putas merodeando por ahí. Con una actitud gatuna que quiere incitar. Rozándote las perneras del pantalón. ¡Guapo, guapo! ¿Quieres pasar un buen rato? Y tu ahí dibujando un croquis de cómo ha sido la hostia.

Parar es complicado. Pero aun y así a veces hay coches. Ya se lo saben. Y en la rotonda aflojan la velocidad más de la cuenta. Se apartan hacia un lado. Una salida de la rotonda hacia ninguna parte. Donde muere el asfalto. Un camino que va hacia el mar. No ponen el intermitente cuando hacen esa maniobra. Como para pasar desapercibidos.

Debe de ser jodido parar. Aparcas el coche. Se te acercan. ¿A cuál eliges?

Yo lo pienso y el cosquilleo ese que siento por la emoción de ver a unas chicas hermosas se me convierte en nausea.

Más después de mi primer encuentro con una prostituta.

No fui yo el que tomé la iniciativa. Era otra zona de la ciudad. Más deprimida. Más retirada del mar. Pero el Mercadona que había allí me venía bien para hacer la compra. Desde hacía un tiempo algunas putas habían empezado a colonizar los alrededores. Se paseaban por las aceras. Se dejaban ver. Eran notorias. Yo me fijé en una rubia. Como para no fijarse.

Rubia de mentira claro. Era demasiado evidente que llevaba peluca. Tenía buen tipo. Quedaba resultona. De eso se trata. De tender una buena trampa. De atraer.

Estaba terminando de maniobrar para encajar el coche debajo de una sombra cuando la tipa caminó hacia mí. Ella sabía que la había mirado. Más de la cuenta.

Salgo del coche y me pongo a buscar con actitud distraída bolsas en el maletero. Como si no me diese cuenta de que viene directa. De que me va a ofrecer sus servicios. Víctima propicia.

¿Tienes un cigarrillo? Me dijo. Era cubana. Por el acento. No, no fumo, la respondo. ¿Y agua? Ahí me había pillado. Porque agua si bebo. No, lo siento. Levanté la vista y puede ver a Mariela.

La verdad es que no sé si se llamaba Mariela. Pero un escritor tiene que tener imaginación. Mariela. Rubia postiza. Con la cara como un bizcocho de naranja. La viruela la había desfigurado. Mariela detrás de esas gafas de sol enormes y esos labios decorados excesivamente. Para tratar de esconder la escabechina. Mariela que había echado el anzuelo a ver qué pasaba.

Tras mis cortas respuestas huyo hacia el Mercadona. Fui desaprensivo. Fui brusco. No quería saber nada.

Rubia, fea, de buena planta. Con un par de tetas rellenas de silicona.

Me da pena dejarla así. Me da pena que se tenga que ganar la vida aguantando a tipejos que la maltratan. Al que venga. Sin derecho de admisión. Deambulando bajo el sol abrasador del verano. Paseándose ligera de ropa en las frías noches de diciembre.

Ciao me ha dicho al despedirse. En un tono sugestivo. Por si me lo pienso mientras hago la compra.

Berenjenas, arroz, galletas. Cosas de la limpieza que nunca encuentro. Una botella de vino barata. Un rioja a tres euros. Eso ni es rioja ni es nada. Chocolate. Zanahorias. Frutos secos. Y compro un botellín de agua. Se me ocurre llevarle un botellín a Marieta. Ganas de complicarse la vida. Veintinueve céntimos. No es caridad. Es que quiero acercarme al mundo de la prostitución. Como el que se acerca a un acantilado. Por curiosidad. Que no espera caerse ni tirarse. Pero si sentir el vértigo. El cosquilleo.

Ya desde la caja oteo el horizonte. No la veo por el parking. Ni por las aceras más cercanas.

Llevo el botellín de agua a mano. Para soltarlo en cuanto pueda. Para no tener que rebuscar en las bolsas donde va el resto de la compra. La busco. Tampoco de manera muy llamativa. Mientras recorro la poca distancia que hay hasta el coche. Mientras coloco la compra en el maletero, con mayor pausa y cuidado de lo normal.

Nada. No aparece.

Pretendo que sea una entrega rápida. Pretendo aguantarle la mirada. Me gustaría detenerme a hablar con ella. Que me cuente las interioridades de su mundo. De ella. Pero me incomodarían las miradas ajenas. Me acabaría diciendo que está trabajando. Que ahueque el ala o que le pague. Por no hablar de su chulo. Que lo mismo me parte las piernas.

Sigo tirando visuales aquí y allá. Mientras maniobro para sacar el coche del estrecho parking. Sigue sin aparecer. Decido agotar el último cartucho. En vez de volver por la ruta habitual doy una vuelta a la manzana. Conduzco despacio. Mirando a los lados. Mirando por los espejos retrovisores.

No hay mucha gente, lo cual facilita la tarea.

Por fin la veo. La melena rubia es inconfundible. Como la de Kathleen Turner haciendo de China Blue. Paro el coche junto a la acera. De cualquier manera. Lo cual llama su atención. Supone que soy un cliente. Yo me siento incómodo, nervioso. Es la primera vez que reclamo a una prostituta para que se acerque al coche. Me mira. Sonríe: Hola mi amol.

Con su tono cubano. Saco el botellín. El botellín, ojo, el botellín. No otra cosa. Y le digo: Toma ¿no tenías sed? Apenas se recupera de la sorpresa. Nada de casquetes. Nada de euros. Agua para apagar la sed. Gracias responde. Desconcertada. Desencantada.

Noto que me reconoce. Que hace la conexión. Que yo era el tipo al que había pedido un cigarrillo. Ahí en el Mercadona.

Pero yo ya he arrancado. He quitado el freno de mano. Tengo tiempo de ver cómo un tipo con pinta de matón que merodea cerca no pierde detalle. A la espera de acontecimientos. Muchas palabras y pocos euros.

Me largo. La dejo a Mariela con su botellita de agua. No comprende como quedan románticos por el mundo. Románticos y gilipollas que dirían Faemino y Cansado. Como lo de cultivar perejil. Cultivar cosas que se regalan.

No dejo de darle vueltas a la vida de Mariela. A su vagabundeo perruno por los barrios marginales. Para pagar a un chulo. O para conseguirse una dosis.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


1 Comentario

  1. Cärmên

    28 Mayo, 2016
    / Responder

    Vaya crak!!!


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