Era un día de furia. Venía de todas partes. Un poniente exagerado que amenazaba con arrancar palmeras de cuajo y doblegar ficus destinados, desde el momento en que fueron plantados, a ser tironeados por los vendavales del litoral. Ya lucían ramas desgajadas por las calles y la policía había cumplido con el protocolo de colocar cintas por media ciudad. Cintas famélicas que vibraban con el viento y avisaban de la fragilidad de todo el tinglado, de la soberana chorrada que era ir decorando parques y jardines con algo que acabaría en el mar. El tren de borrascas estaba empeñado en comprobar la resistencia de la ciudad y los días de viento furibundo iban sumando víctimas: tiestos que volaban, palmeras que cedían, eventos suspendidos e indecorosas estampas de gente que trataba de plegar el paraguas.
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