El día de la lotería me tocó el gordo. Tiene mérito. No había comprado ni un solo décimo. Los hechos se fraguaron como corresponde a estas situaciones. Sin planificación. O, mejor dicho, tras un plan que se cayó y me dejó sin apenas opciones.
Días antes había quedado en ir a la sierra el día 22. La sucesión de borrascas dejó la idea en los huesos. El tiro de gracia se lo dio una enrevesada carambola de compromisos navideños que me dejaron sin compañero para el día D, el único que había conseguido salvar de obligaciones y más compromisos navideños. Tampoco era para cabrearse y deprimirse; ni siquiera alcanzaba la categoría de revés. Paciencia y a esperar.
Puse un mensaje a Isaac, a ver si podía ir a la montaña. Ese pudo ser mi décimo. Comprado a última hora y con poca fe. Probablemente trabajaría. Y si no fuese así estaría en alguna montaña. Pero siempre hay que intentarlo.
La inesperada respuesta se alineaba con una pequeña ventana que se abría entre borrascas. Pues mañana hemos quedado para ir con los esquís y a ver qué se puede hacer. Me valía. Más que suficiente. Ir hasta allí, ver la sierra, tomarse media de tortilla. Era un buen plan; mejorable pero más que suficiente.
Pasé la tarde comprobando que el equipo estaba en buen estado, buscando ropa de abrigo, armando la mochila y rezando, yo que soy agnóstico, para que el coche, con un cilindro de menos, arrancase de madrugada.

De alguna manera conseguí encajar el equipo en la mochila, incluyendo una buena tanda de porsis: cuchillas para los esquís, gafas para la ventisca, calcetines y guantes de más. Si todo eso hacía falta, es que el día iba a ser recio. A la montaña hay que ir siempre con un mal escenario en la cabeza. Por lo que pueda pasar.
Dormí poco. Estaba deseando que sonase el despertador. Nunca lo hizo, porque media hora antes lo desconecté. Me fui poniendo capas de ropa. Repasé mentalmente la lista de cosas imprescindibles —demasiadas si uno quiere esquiar hasta una cumbre— y la de cosas menos importantes. Por experiencia sé que siempre se olvida algo. Esta vez fue la cartera —que era de la lista de imprescindibles, es decir, que no era imprescindible— y quedé a expensas de que mis compañeros me pagaran el desayuno.
La nieve cubría las mesas de la terraza y el techo de algunos coches. El viento auguraba que el día no estaba para muchas piruetas. La meda de tortilla, más o menos del tamaño de cuatro tostadas convencionales, y el barreño de café americano me hicieron entrar en calor. Todos estábamos locuaces, con ese subidón tan inexplicable que produce en los animales de montaña cuando se viste de blanco. Esta vez hasta los tobillos. La sierra de Baza era un cuadro. Y Sierra Nevada estaba imponente. Especulábamos sobre la posibilidad de que la carretera estuviese abierta y lo que duraría la nieve este invierno. Los cuatro pares de esquís aguardaban en la baca.

En La Calahorra se despejaron las dudas. El puerto de la Ragua estaba cerrado. Pero cuando se está en racha poco importan los inconvenientes. Con ello tuvimos la oportunidad de llegar hasta Aldeire y pasear sobre la nieve crujiente. El aire cesó y el paisaje inmóvil, congelado, te embelesaba. Los castaños de blanco y las sendas libres de pisadas. El sol que empezaba a filtrase entre el hielo que no quería abandonar todo lo que había tapizado.
Por un lado, la imposibilidad de esquiar me daba cierta tranquilidad. Llevaba dos años sin ponerme las tablas y romper la racha fuera de pista, de manera tan imprevista, me generaba dudas. Una lesión sería un lastre enorme para el apretado día a día.
Por el otro, me fastidiaba levemente no poderlo intentar. También por experiencia sabía que la única manera de coger peces es mojándose, y había que estar alerta para no dejar entrar al viejo, como sostiene Clint Eastwood con sus noventa y cinco primaveras. Esas pequeñas renuncias son las que te van condenando.
Volvimos sobre nuestros pasos. Unos operarios retiraban la barrera. Había luz verde para subir a la Ragua. Era la ventana dentro de la ventana. Había que aprovecharla. Fuera dudas. Portazo al viejo.

Ponerse el equipo siempre es engorroso. Hace frío y hay que maniobrar con los guantes. Son un montón de pequeños detalles. Desde poner el reloj en el modo que te permite grabar la actividad hasta poner a punto remaches y correas que ajusten bien todo el equipo. Era la primera vez que salía con los esquís desde el arcén de la carretera; nunca antes había visto la nieve tan baja en la Ragua.
Por fin las primeras rampas. Hasta donde se pueda nos decíamos. A disfrutar. El Husky siberiano que hay en mí, por remoto que sea, jadeaba en pos de la rampa. Aquí estaba el gordo…«doscientos cincuenta metros de rampa…medio metro de nieve… doscientos cincuenta metros de rampa…medio metro de nieve…doscientos cincuenta metros de rampa…medio meeeeeetrooooo de nieeeeeve».

Subimos y subimos y el viento empezó a arreciar. El Chullo sin viento, es una quimera. Tras varias asambleas rápidas decidimos hacer cumbre. En el refugio, o lo que queda de él, tenía las manos heladas. El tirón hasta la cumbre nos hace entrar en estado de alerta. Se acabó la vida placentera. Apenas siento las manos, necesito ponerme el segundo par, tengo hambre y me meo. Hay que apretar los dientes. Desde luego que en estas condiciones el viejo ni aparece. Me voy mentalizando para la bajada. Ya no será solo cuestión de aguante. Hay que mantenerse en pie, ejercitar músculos olvidados, tener cierta pericia.
Arriba sopla de lo lindo. Ni intentamos quitarnos las tablas y las pieles de foca. Buscamos una ladera algo más protegida. Cuesta abajo y con las pieles de foca hay que ir con cuidado. Era esto lo que buscaba, me digo. Era este marrón, lejos de la comodidad. Esto es hormesis de la buena, esa de la que me habló Gerardo. El curtirse de toda la vida. Pasarlas putas, en lenguaje llano.
Tras un buen trastazo me levanto y varias contracturas en las abdominales me recuerdan que ya no soy un chaval. Poco a poco mi sistema nervioso va recordando lo que es esquiar. La sensación es maravillosa y pronto todo mejora. Menos viento, manos calientes y nieve champán. Es una autentica gozada, un privilegio. Me ha tocado el gordo, pienso otra vez.

Las últimas bajadas acaban con múltiples calambres. Tengo las piernas reventadas. Ni crossfit ni hostias, el frío y la montaña me trituran. Se agradece llegar al coche, desprenderse de los botones y enfilar hacia el bar. Las tapas entran bien cuando se ha peleado allá arriba. En buena compañía (Susana, Isa, y el siempre atento Issac) devoramos lo que queda del día.
Para que te toque el gordo no solo es necesario que las borrascas traigan nieve y luego den tregua, que ya es. Ni que cuentes con la amistad de unos colegas que cuentan contigo, aunque pasen los años. Tengo la fortuna, el gordo cada día, de tener una familia que me sostiene y equilibra. Ese andamiaje, el de una mujer que intento merecer, el de unos hijos que demandan atención y cariño y lo devuelven multiplicado por mil, es el que me sostiene cada mañana, el que me propulsa, el que me permite soñar con aventuras que hacen que merezca la pena seguir vivo. Feliz 2026.
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Querido Jaime: ¡¡qué bueno es recibir relatos tuyos!! Tu capacidad para despertar y mantener el interés del lector, no sólo se mantiene intacta sino que la enriqueces con tu experiencia de vida. Un fuerte abrazo y muy Feliz 2026
Gracias Juan Carlos! Feliz 2026. Ojalá nos veamos pronto
Nos tocó el gordo!!!! Feliz 2026
FELIZ AÑO NOVELISTA!!! Gracias por este relato sobre las ventanas