Era un día de furia. Venía de todas partes. Un poniente exagerado que amenazaba con arrancar palmeras de cuajo y doblegar ficus destinados, desde el momento en que fueron plantados, a ser tironeados por los vendavales del litoral. Ya lucían ramas desgajadas por las calles y la policía había cumplido con el protocolo de colocar cintas por media ciudad. Cintas famélicas que vibraban con el viento y avisaban de la fragilidad de todo el tinglado, de la soberana chorrada que era ir decorando parques y jardines con algo que acabaría en el mar. El tren de borrascas estaba empeñado en comprobar la resistencia de la ciudad y los días de viento furibundo iban sumando víctimas: tiestos que volaban, palmeras que cedían, eventos suspendidos e indecorosas estampas de gente que trataba de plegar el paraguas.
La furia también venía del interior. De desacuerdos y frustraciones que se avivaban con el continuo desgaste de la crianza. Gritos seguidos de espesos silencios. Una furia que te hacía arder el pecho.
Decidí confrontar la ira con el huracán, a ver quién ganaba. Aunque más que una decisión, fruto de algún razonamiento, fue un indómito arrebato lo que me hizo tirarme a la calle casi con lo puesto. Nada más salir del portal comprobé que el viento era implacable. Anduve sin rumbo, buscando el parapeto de los edificios, sorteando las cintas de la policía que lucían como pequeñas cometas amarradas a farolas y papeleras, todas ellas vaciadas, con las bolsas luciendo como veleros.
Tras un merodeo errático y desprendido de la cálida fetidez del hogar, mi furia, ya un tanto menguada, desafió al poniente; ese era el plan. Encaré hacia el mar que, contagiado por el viento, lucía desagraviado y espumoso. Sentí la firmeza del temporal y poco a poco se desvanecían los nubarrones del interior. Ese nudo en el pecho, igual que la tensión de las mandíbulas, empezaba a ceder. Seguí caminando con el propósito de instalarme lo más cerca posible del oleaje, desaviniendo todas esas precauciones que cada vez con más insistencia nos recuerdan.
El puerto deportivo sirvió para mi propósito. Llegué hasta el final, donde había un muro protegido por las escolleras, que sufría los embates de las olas y el viento. Según avanzaba, la naturaleza golpeaba más fuerte. Las drizas apaleaban los mástiles de los veleros allí atracados; parecía un campanario que celebraba o avisaba de algo. El viento se filtraba entre todo aquel entramado de cables y embarcaciones, y el spray marino me recordó que hubiese sido buena idea llevar un chubasquero. El cielo se veía animado por las aves marinas, que peleaban – ¿o quizás jugaban? – contra las rachas del vendaval. Ajenas a los avisos de la aemet, aquellas aguas amenazantes eran una oportunidad para pescar.
Mi furia se achicó hasta parecer un chiste. Parapetado en mi refugio a sotavento, con vistas al mar, reparé en aquellas aves que recordaba de un pasado ya muy lejano. Alcatraces. ¿Alcatraces? Dudé, pero la palabra parecía anidada en mí desde tiempos inmemorables, de cuando mi padre me enseñaba los nombres de los pájaros en una gran lámina que teníamos colgada en la pared de mi cuarto. Lo comprobaría al volver a casa, me dije. Tal razonamiento era la inequívoca señal de que no me quedaba furia.

Me quedé absorto ante los picados de los alcatraces, observando su plumaje, su llamativa coronilla amarilla. Los parecía tener al alcance de la mano. Las gaviotas desprendían un entusiasmo que contrastaba con su habitual perfil de funcionario trasladado a provincias, que era la actitud con la que solía verlas por la ciudad. Probablemente había charranes en la escena.
Espoleado por mis descubrimientos, el sentir había cambiado. Ya no me movía la furia, sino la renovada ilusión de conocer a las aves marinas que poblaban el mar de mi ciudad. A los pocos días volví con los prismáticos, tratando de descifrar si aquella era una gaviota patiamarilla (Larus michahellis) o una gaviota de Audouin (Ichthyaetus audouinii), mucho menos habitual pero frecuente en esta parte del Mediterráneo. Recobré el gusto por observar, sin obsesionarme por coleccionar avistamientos, ni siquiera por nombrarlas como corresponde, tan solo diferenciarlas y ver sus evoluciones.

Observé cormoranes nadando cerca de la playa. Metían la cabeza en el agua buscando algo que llevarse al pico. Cuando se hartaban, empezaban a aletear hasta despegar del mar e irse con su plumaje negro a probar suerte en otro sitio. Conseguí un telescopio y se abrió un mundo de posibilidades.
Y en esas ando, con brotes de furia que me aniquilan de vez en cuando y cuya onda expansiva se deja notar. Mirando al cielo en busca de siluetas y escudriñando el mar para ser testigo de la lucha por la vida. Fumareles, zarapitos, gaviotas, albatros, petreles, fragatas, pardelas, os tengo en el punto de mira. Imagino que no os importa.
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