La última mano

A Antonio le vi por última vez en el velatorio de mi padre. La siguiente noticia que tuve de él fue la de su muerte, poco después de un año. Mucho antes había partido Federico Prades.

Mi padre frecuentó hasta sus últimos días amistades variopintas, círculos de amigos que tocaban aspectos muy variados de la realidad. A veces los entremezclaba, o esos círculos cobraban vida propia y le sobrepasaban. Tampoco se empeñaba en ponerles coto.

Los amigos del mus eran de largo recorrido. A Antonio siempre le tuve un cariño especial. De crío, no me prestaba una atención desmedida, pero jugaba a hacerme reír. No era muy niñero, pero adoraba el fútbol, lo que le ofrecía muchos puntos en común con un niño, con un adolescente. Sin querer, había estado presente en diversas etapas de mi vida, desde la infancia hasta la paternidad, atento a un devenir que podría recordarle al suyo hasta que tuve niños y los paralelismos se descuajeringaron.

Cuando se acercó al tanatorio en el que estaba mi padre, nos dimos un abrazo tremendo; se me saltaron las lágrimas y con gestos y apretones de manos nos hicimos ver que era el fin, el fin de una época. Creo que yo llevaba esperando mucho tiempo ese momento. Lo de darse un abrazo, que solo parece absolutamente pertinente en situaciones de este tipo. En otras muchas ocasiones, lastrados por nuestros prejuicios y costumbres, dejamos pasar oportunidades de mostrar a la gente que apreciamos, cuánto la apreciamos.

De pequeño escuchaba las partidas de mus cuando mi padre jugaba en casa con los amigos, después de una buena comilona, como la prolongación natural de los cafeses y los gintonics. De adolescente, me volví incómodo tratando de sentarme al lado de los jugadores, queriendo un protagonismo imberbe que suele molestar. De adulto, digamos que ya con cierta madurez, pude jugar algunas manos con el trío que he mencionado. Nunca lo hice bien, era mucha la presión y se me veían las costuras al tratar de aparentar una templanza de la que carecía.

Guardo el recuerdo de aquellas retahílas en clave que me esforzaba por descifrar, donde se entremezclaban un tono aburrido, como funcionarial, con vetas de ironía que solo con el tiempo alcanzaría a comprender y manejar con soltura.

Mus, mus, mus, va

Dos, dame media, tres, dos

La mano mus, ale

Federico de pareja con mi padre; le encantaba. Su seriedad tan impostada, su pensamiento económico. Su facilidad de palabra. Su tono irónico permeaba su forma de ser. Trabajaba desde la primera mano la psicología de los adversarios, para hacerles saltar cuando se decidiese la partida. Antonio, con su gestualidad, acariciándose el mentón repetida y lentamente; el mentón y casi las mejillas, mientras decidía el descarte, o decidir si, en lugar de envidar, apostaba cinco; parecía estar descifrando un teorema húngaro. Su pareja podía ser otro de aquellos seres que yo tenía por semidioses. Probablemente Alfonso Iñiguez con uno de sus montecristos. Eran épocas de copa y puro.

Paso, paso, vido, no

Sin apenas moverse, con una tensión que a veces se mascaba según se acercaba el desenlace del juego o la partida, iban sonando como letanías las palabras que correspondían a cada juego del mus. Grande, chica, pares y juego. Normalmente había interrupciones para comentar algo de política (absolutamente incomprensible para mí en aquella época) o adornaban los monosílabos con expresiones que el buen conocedor de juego reconocía a la legua. Astracanadas del tipo, “las de Hontanares” que consistía en envidar de entrada a grande, apostar tres a chica y cuatro a pares (si los hubiera), o “a la mano con un pimiento” que significaba arrebatar el mando de la partida supuestamente con unas cartas mediocres.

Todo ese batiburrillo de expresiones, opiniones y monosílabos iba trenzando las amistades entre los cuatro allí presentes, dando cuerpo a ese instinto gregario que nos gobierna.

Cuando correspondía, como el rechazo a una apuesta, el envido anterior, que es la mínima apuesta, dos amarracos (en rigor, un amarraco son cinco tantos), el que tanteaba de la pareja se llevaba un garbanzo plateado o lo que quiera que se hubiese utilizado para simbolizar los puntos. Por aquella época los bancos, o más bien las cajas de ahorros, regalaban a ciertos clientes una bolsita con sus veinte piezas, que eran el máximo de elementos que simultáneamente podían estar sobre la mesa, en un hipotético treinta y cuatro a treinta y cuatro, en partidas a cuarenta.

Paso, paso, paso, ale

Así solía ser la chica. Los que se ufanaban de saber del juego tiraban del chascarrillo: jugador de chica, perdedor de mus, pero en algunas ocasiones se cocían batallas a cara de perro. Con los pares empezaban los intercambios más decisivos, aunque podían quedar en nada. Eran muchas tardes de sábados y domingos y no todas podían ser memorables.

Sí, sí, no, sí

Tres, veo.

Dependiendo de las cartas de cada uno pero, sobre todo, del momento de la partida y del nivel de enconamiento, los pares podían convertirse en largas disquisiciones e intercambios verbales que podían decantar la partida. Antonio podía empezar a mesarse frenéticamente el mentón si le envidaban. E iniciar un monólogo que sabía que iba a ser estéril y tenía por objeto desquiciar a los contrincantes de cara a la última de las cuatro rondas en las que se dividía cada mano. ¿Tú crees que este puede tener más de tres reyes? Porque yo tengo duples. ¿Dos caballos y dos sotas son duples no? Venga, Antonio, no te tires más faroles. Que si quieres tres. Pues a lo mejor sí. ¿Sabes lo que le pasa a este tío? Intervenía Federico dejando sus cuatro cartas sobre el tapete, que es un mamón. No tiene ni dos sotas. No sé yo, eh, contestaba provocadoramente Antonio. La batalla psicológica estaba en marcha. A todos les iba invadiendo un aire de pistolero del oeste que les obligaba a soltar frases ingeniosas sin dejar traslucir emociones.

Empezaba el juego, donde podía darse la famosa treinta y una

Sí, sí, sí, sí.

Paso, paso, envido

Veo

Era una forma simple de resolverlo, pero, como decía, aquí se podían retomar viejas rencillas. La reciente de los pares, de haber ocurrido, u otra anterior relacionada con el hecho de que alguien hubiese ganado con “la una”, como coloquialmente se decía sumar treinta y un puntos con las cuatro cartas (las figuras valen diez, los treses que son como reyes, también, y los ases y los doses, que son como ases, valen uno; eso en la versión más espléndida del mus, porque en otras esas equivalencias no se contemplan).

Una vez acabadas las rondas, y salvo que la partida se hubiese decantado por un órdago, que consiste en apostar todo a alguna de ellas, comenzaba el recuento, que también me resultaba sumamente seductor. Más allá de los “por qué no”, que se cobraban en el momento, la aritmética narrada a toda velocidad por uno de los representantes de cada pareja me dejaba aturdido. El conteo era simultáneo:

Chica en paso y tres de pares, cuatro, pares y pares seis, lo que se resumía en una pa Cangas (y el susodicho arrastraba el amarraco con valor de cinco puntos hacia él, pacá) y otra pa Tineo (y ponía otra ficha, la de un punto, en el montoncillo del compañero, patí).

Chica suya, no nos hace falta, y como habéis entrado al trapo, son dos del envite y juego cuatro y tres de la una de mi compi siete. Dos y tres que tenemos aquí son cinco y cinco diez. Dale, dice encendiendo la siguiente mano.

Y así, a base de monosílabos y reparandorías, iban desgranando la tarde, que se enhebraba con la jornada de liga y con las partidas de otras mesas. Apenas deben quedar supervivientes de la tarde del club, donde solían juntarse. Mi padre se iba después de tomarse un café, tras una siesta que no solía perdonar. Los días que se quedaba en casa, por pereza, por algún cabreo subterráneo que le costaba airear o por razones que a mí se me escapaban, me quedaba con un cierto pesar de dejar pasar esas oportunidades. Un día se acaban. Para siempre.

Ya jugaron su última mano. Me queda el delirio de reflotar recuerdos seguramente deformados. Y aquella sensación de estar a buen recaudo.

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