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La última mano

A Antonio le vi por última vez en el velatorio de mi padre. La siguiente noticia que tuve de él fue la de su muerte, poco después de un año. Mucho antes había partido Federico Prades.

Mi padre frecuentó hasta sus últimos días amistades variopintas, círculos de amigos que tocaban aspectos muy variados de la realidad. A veces los entremezclaba, o esos círculos cobraban vida propia y le sobrepasaban. Tampoco se empeñaba en ponerles coto.

Los amigos del mus eran de largo recorrido. A Antonio siempre le tuve un cariño especial. De crío, no me prestaba una atención desmedida, pero jugaba a hacerme reír. No era muy niñero, pero adoraba el fútbol, lo que le ofrecía muchos puntos en común con un niño, con un adolescente. Sin querer, había estado presente en diversas etapas de mi vida, desde la infancia hasta la paternidad, atento a un devenir que podría recordarle al suyo hasta que tuve niños y los paralelismos se descuajeringaron. >>seguir leyendo

Argeo y la leña

Estando de acuerdo con Mario Levrero en lo fundamental, no puedo negar que el paso del tiempo también genera una acumulación de experiencias cuyo recuerdo ayuda a sobreponerse a los malos días y dar alas a planes que se fraguan en esos esquivos días de ilusión y horizontes despejados. Tampoco se puede uno oponer al hecho de que, al fin y al cabo, la literatura vive de mascar el pasado y aunque ese mantra que nos conmina al aquí y ahora puede calmar la ansiedad que nos devora, con frecuencia me veo repasando episodios esplendorosos que articularon una manera de ser. >>seguir leyendo

Recuerdos. O eso creo

El tiempo coagulado. Así lo sentía al pensar en ello, sentado frente al mar, la mirada perdida. Como envuelto en un líquido espeso, almibarado, turbio.

Como los reptiles que los museos atesoraban en una infinita colección sumergida en formol. Pretendiendo que el tiempo no pase por ellos y sean eternos para que los contemplen generaciones futuras.

Al sacarlas del líquido amarillento se deshacían en una pasta detrítica. Nada es incorruptible. Ni los recuerdos. Todo aquel tiempo coagulado era un espejismo que se descomponía al entrar en contacto con la realidad. >>seguir leyendo