Mientras nosotros existimos, la muerte no está presente; y cuando la muerte está presente, nosotros ya no existimos.
Epicuro
A mi padre le gustaba el jazz. También la pintura. Y, como no, la literatura. Le gustaba comer y el baloncesto. Le gustaban el ajedrez, el teatro, la ornitología. Y conversar. Sobre todo, conversar.
Ninguno de esos gustos era superficial. Eran pasiones. Cada ventolera que le daba pasaba de brisa a huracán en poco tiempo.
De cada una de esas aficiones podía haber hecho una profesión; rara vez pasaba de puntillas. Le gustaba profundizar, entenderlo bien, verlo desde distintas perspectivas. Sin embargo, nunca era ese su propósito. Profesionalizarlo implicaba obligaciones, y él trataba de mantenerse siempre en el plano lúdico, en el disfrute. Era un epicúreo. Incluso con Valle-Inclán, que estudió hasta la saciedad, se consideraba un aprendiz al lado de aquellos que lo trataban desde las cátedras de literatura.
Valle-Inclán es un buen ejemplo de cómo esas aficiones, lejos de mantenerse aisladas, tendían a entremezclarse. Un viaje a Galicia para recorrer los escenarios de sus novelas, acompañado de sus amigos, con la perspectiva gastronómica aquilatada, con buenas conversaciones aseguradas, alguna partida de mus, era uno de esos cócteles a los que a Gazia le encantaba poner fecha.
No le bastaba jugar una partida de ajedrez. Se compraba libros, analizaba partidas, buscaba con quien jugar de manera obsesiva. Recuerdo a Mariano, en casa de mi tía abuela Piluca, en Jumilla, en Semana Santa. Mientras unos iban y venían, mientras pasaban las procesiones, mientras se ventilaban asuntos que los niños intuíamos de cierta gravedad, pero podíamos obviar y enzarzarnos en nuestras propias envidias y rencillas, Mariano y mi padre se aislaban en un duelo silencioso. Otras veces mi padre se ponía a jugar contra la máquina, con el jazz de fondo, con las novelas negras más de fondo, otra ramificación vigorosa de alguna ventolera.
De Las Meninas de Velázquez fabricó una maqueta que fue paseando por aquí y allá. Con ella nos contaba diversas genialidades encapsuladas en esa pintura memorable. Igualmente, te podía embaucar con Goya o El Bosco, y con ello saltar a la historia de España y darte detalles que podían servir como apuntes de una asignatura.
Cuando le dio por el baloncesto, nos hicimos socios del Estudiantes. Íbamos al Magariños y jugábamos todas las mañanas del fin de semana en la cancha de la urba. Se convirtió en el entrenador de mi equipo. Iba con su pizarra convenciéndonos de cómo atacar una defensa en zona. No era alguien que se arrugase ante los obstáculos. Se ingeniaba para sortearlos o, incluso, convertirlos en sus aliados.
Gran parte de su conocimiento salía de los libros, pero en cuanto aparecieron los ordenadores e internet, añadió ese canal para aprender y enseñar. Tenía una capacidad prodigiosa para recordar y conectar lecturas. Todo ello al servicio del disfrute. A veces decía que tenía mala memoria, que se acordaba de menos cosas. Me costaba creerle.
Sorprende que una vida dé tanto de sí. Era una persona activa que ponía en valor el descanso, la pausa. Dormía mucho, probablemente debido a su frenética actividad intelectual. Pasaba tiempo con la familia, se encargaba de resolver diversos asuntos prácticos, hacía la compra, llevaba el coche a la itv. Es decir, que no era una persona dedicada en exclusiva al ocio o a sus aficiones. Es una posición que recuerda más al «carpe diem» ilustrado que al hedonismo vulgar: disfrutar no significa buscar placeres inmediatos sin medida, sino vivir con curiosidad, cultivar el conocimiento, las relaciones humanas y el contacto con la naturaleza. Esa es, probablemente, la razón por la que afrontó con una notable serenidad su final. Totalmente consciente de lo que le rodeaba, conforme con lo que le tocaba.
Inventor de la técnica de los cuartos de hora –según me contó, pudo sacarse tres carreras porque cada vez que tenía un cuarto de hora resolvía problemas de cálculo infinitesimal, se aprendía un tema o liquidaba alguna tarea concreta–, su capacidad de concentración y efectividad rayaban lo enfermizo. Era lo opuesto a procrastinar. Se ponía y resolvía. No era un perfeccionista. Esa es una actitud paralizante.
La enfermedad fue cortocircuitando todas esas aficiones; su sustento vital. Una vez vio agotadas las posibilidades de seguir disfrutando, empezó a desconectarse de la vida. La morfina para apagar el dolor requería dosis cada vez más altas que desencadenaban efectos secundarios devastadores. El vino ya no le sabía a vino. Todo el mundo gastronómico se fue al traste. La sordera lo fue aislando y cada vez le costaba más vocalizar. Sumido en lo que debió de ser una introspección desoladora, ya no le quedaban más salidas.
No le dio pena morirse. Creo que fue consciente de haber aprovechado bien todo lo que la vida fue poniendo en su camino. Leí en el libro de Millás y Arsuaga, La muerte contada por un sapiens a un neandertal, algunos pasajes que me recordaron esta manera de estar en el mundo. Es Arsuaga —científico, racionalista, nada propenso a las religiones o al mundo mágico— quien transmite una actitud vitalista, epicúrea, en el sentido de que la mejor manera de afrontar la muerte es vivir plenamente mientras estamos vivos. Disfruta del trabajo, de la naturaleza, de la ciencia, de conversar, de comer bien, de viajar. Disfruta siempre que puedas. De lo banal (casi todo) y de lo extraordinario (alguna rara ocasión). Esa forma de vivir reduce el miedo a la muerte porque desplaza la atención desde el final hacia el recorrido. La muerte no simboliza nada; es una parte de la vida, la criba necesaria para que haya evolución.
Todo ese discurso puede hacer aguas cuando uno se enfrenta a la muerte. No fue el caso de mi padre, que fue consecuente con esa forma de ver la vida, de estar en el mundo. Si ya no quedaba nada con lo que disfrutar, mejor quitarse de en medio.
Murió en diciembre de 2024. Sin haber recibido los santos sacramentos.
Sus últimas palabras las pronunció poco antes de la dosis letal.
Las hago extensivas a todos los que le conocieron:
Que os vaya bien
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Siento mucho el fallecimiento de tu padre, la perdida de un ser querido tan cercano es siempre un proceso complejo emocionalmente. Espero que te vaya muy bien por Almería, un abrazo!
Miguel A. Calero
De Juan Carlos Gazia. Querido Jaime: he conocido a tu padre y orgullosamente puedo llamarme su amigo, leí en “Que os vaya bien” una perfecta síntesis del singular Silvio, una descripción que suma emoción a tu racionalidad. Tal vez ya te lo he dicho: desde que Silvio no está físicamente “siento” que España es diferente, mis días son más “huecos” en mi querida Madrid, tienen menos interés para mí.
Gracias por haberme tenido en cuenta. Te mando un fuerte abrazo