Hace tiempo

Hace tiempo que los domingos no tengo esa sensación de espera desangelada. Ha desaparecido ese grumo que no se disolvía, que aparecía en el desayuno y allí seguía por la noche, después del telediario. El domingo nunca lograba brillar. Eran demasiadas horas a la espera de un lunes en el colegio, en el instituto, en la universidad, en un trabajo. Era saber que ibas a perder los privilegios de no estar obligado a nada, de no tener que fingir interés ni dedicar esfuerzos a cosas que no me interesaban lo más mínimo.

Hace tiempo que desapareció el aroma festivo que desprendía el viernes. No hay lugar para esa actitud de expectativa que encerraban sus mañanas, a la espera de una bolsa de chucherías, de las correrías con mi amigo Hervé por la urba, o la posibilidad de que un amor platónico se hiciese real. Hace tiempo que esas especulaciones y fantasías que diluían el espesor de lo mundano se fueron haciendo invisibles.

Hace tiempo que no río a tumba abierta. Una de esas carcajadas continuas que te cortan la respiración, que hacen que te duela la barriga. También hace tiempo que no lloro. Ni mansamente ni con esa intensidad que trae después una calma un tanto inexplicable.

Hace tiempo que se fueron los dolores de los costados. Diagnosticados por un coreano y una psiquiatra como ansiedad. Eran unos pinchazos agudos fruto, según descubriría años después, de mi incapacidad por dar salida al deseo genésico, una cosa muy profunda, parece ser, que debía de estar pugnando por salir a superficie. De ahí los pinchazos.

Hace tiempo que no juego al squash ni voy a conciertos de jazz. Consecuencia, eso y otra larga lista de cosas, de haber satisfecho el deseo genésico.

Hace tiempo que no llueve, y va haciendo falta. Y no me refiero porque el campo esté sediento, que lo está, si no por la necesidad de escuchar cómo la lluvia se lleva el verano por delante.

Hace tiempo que una férrea rutina, marcada por los horarios del colegio, comanda mis designios; ese orden me viene bien.

Hace demasiado tiempo que no veo a buenos amigos; de ahí la ausencia de risas terapéuticas.

Hace tiempo, la vida perdió cierto brillo y sus vaivenes.

Hace tiempo que me quieren por triplicado y que una paz que amedrenta la inquietud por viajar —meterse en habitáculos incómodos, someterse a designios arbitrarios, adoptar actitudes proactivas, predisponerse a agradar y aguantar con una sonrisa las sandeces de los compañeros de viaje que te vayan tocando— se ha impuesto con autoridad.

Hace tiempo que soy, casi, feliz.

4 comentarios sobre “Hace tiempo”

  1. Así es Jaime, no hay formulas mágicas, y, es mejor así. Las frustraciones, la rutina, y los sinsabores son parte de la vida y hacen que esos efímeros momentos de extasis sean mas valiosos a la vez que menos necesarios

  2. Querido Jaime: como siempre un placer leer tus creaciones. En este caso «me sonó» un poco melancólico y (¿por que no decirlo?) algo triste. Comprendo el nuevo escenario que dejan ciertas pérdidas, que van más allá de la pérdida en sí. Es probable que ese nuevo escenario esté condicionando tu estado de ánimo. Un fuerte abrazo desde Argentina
    Juan Carlos

  3. Querido Jaime, te sigo leyendo y de tu poema me sale escribirte otro, con base acróstico, JAIMONIDES, en este caso autovivencial, (sigue las mayúsculas):
    Jamás pensé que entre mi situación y mis rutinas este sueño de viaje sería real.
    Así escapé en verano, de forma inesperada, de 40 a 11ºC, a la tierra del verde, el azul glaciar, el rojo fuego y el negro basalto.
    Ignoto era el territorio aún para mi, las prisas y la sorpresa me impidieron preparar el viaje.
    Más el frescor del verano de luz eterna, las fumarolas y demás vapores saliendo de la verde y negra tierra,
    Opacaban cualquier desidia y el disfrute se hacía máximo con la compañía.
    No pensé que me pudiera tocar esa suerte de lotería, un viaje.
    Islandia es un destino caro y sin embargo, prácticamente toqué a los frailecillos con la mano.
    Desearía haberlo compartido con Pablo, los ojos de los niños completan nuestra percepción más allá de cualquier expectativa.
    Escalé columnas de basalto, caminé tras cataratas colosales y sin duda fue esto último lo que más me cautivó, a pesar de los glaciares azules o del rojo de la lava.
    Sorpresivo, inesperado, disponible para recuperar la adrenalina de la aventura y a pesar de todo, saber que hay lugares en los que los vertidos de silica llegan a ser reparadores.
    Un abrazo

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