La paloma

23 marzo, 2018 / Relatos / 4 Comentarios

No era partidario de la siesta. Ni siquiera en verano, de vacaciones. Le gustaba aprovechar ese tramo del día, proclive a la desidia, para avanzar en su trabajo. Prefería las sombras de su despacho al bullicio de las playas. Allí, con las persianas bajadas, clausurando la atroz claridad del Mediterráneo, y arrullado por el cíclico movimiento del ventilador daba rienda suelta a sus inquietudes. Se sumergía en la profundidad insondable de las hojas Excel y el contenido enigmático de unos informes económicos. Mejor que hacerlo en las aguas transparentes de la piscina; odiaba exponer su cuerpo lechoso y flácido a la vista impúdica de desconocidos, por más que todos tuviesen pinta de reptiles enfermos donde él, en ningún caso, sería el peor espécimen.

Lo que apreciaba del período vacacional era la posibilidad de abandonar la gran ciudad para recalar en aquel lugar remoto que el exceso inmobiliario había salpicado con construcciones a buen precio muy cerca del mar. Es cierto que algunas de habían quedado a medias, dando al lugar un aspecto desangelado y algo desorganizado que se percibía nada más llegar. La comarca era un damero de hermosas urbanizaciones, rodeado de campos baldíos y parcelas donde las estructuras de hormigón simbolizaban la repentina conclusión de una época dorada; las gigantescas grúas oxidadas eran como pájaros carroñeros dando cuenta de las sobras del festín.

Los edificios blancos de su complejo estaban rodeados de hermosos jardines de césped luminoso. Nadie comprendía de dónde diantres salía el agua en aquel paisaje tan ocre y rácano. Nadie hacía preguntas incómodas; al abrir el grifo salía agua y con eso era suficiente. Aislados del mundo por una densa arizónica, los mirlos pululaban en busca de lombrices por aquel inesperado ecosistema. La vista desde su casa era magnífica. Ante él se extendía una explanada verde donde los extranjeros practicaban su deporte favorito. Golpeaban una pelotita blanca que parecía fuese a caer al mar, donde el sol restañaba igual que cuando lo navegaban los fenicios.

Su cometido era llegar a septiembre con una idea clara sobre el nuevo producto financiero que lanzarían al mercado. La dulce rutina que ponía en marcha nada más vaciar las maletas y aprovisionar la casa le llevaba en volandas. Por las mañanas se levantaba temprano para aprovechar los restos de humedad que la noche había dejado. Caminar junto al mar le hacía bien, le permitía abstraerse mientras su mirada caía en algún velero que se recortaba en el horizonte o en las bandadas de gaviotas que se desplazaban por la costa.

Después compraba el pan y el periódico. Esperaba que Marita, su mujer, alérgica a los madrugones, apareciese por la cocina. Era ella la verdadera fuerza motriz del hogar. Preparaba tostadas y café, cortaba fruta, mezclaba yogur con cereales y desplegaba una amplia gama de mermeladas. Él, tan parco, apenas untaba una tostada en aceite. Le gustaba terminar el segundo café en el despacho, mientras apuntalaba algunos cálculos y repasaba las notas del día anterior; era un hombre ordenado, que confiaba en el trabajo diario y los buenos hábitos. Si no había más remedio iba a la playa y allí se refugiaba en algún chiringuito a la espera de la paella. Su mujer, que le embadurnada de crema en cuanto tenía oportunidad, era la que se encargaba de establecer las relaciones sociales. Mientras él demoraba todo lo posible su presencia en el arenal infinito y pegajoso, ella reservaba y se tostaba al sol. Cada cierto tiempo se sumergía en las aguas cálidas y espumosas del mar. Para Marita aquel secarral era un paraíso.

Al principio de los tiempos el lugar era remoto de verdad. Se tardaban más de doce horas en llegar por aquella nacional que se internaba en lo que parecía un paisaje del Far West (de hecho allí se rodaron muchas pelis del Far West). Pasaban los días enteros en la playa con los niños. Hacía castillos en la orilla, se bañaban juntos, incluso comían sándwiches que su mujer preparaba con mimo. Desplegaban bebidas frías y aperitivos sobre las toallas e indefectiblemente la arena, por más cuidado que pusiesen, se iba filtrando por todos los recovecos. La acababan masticando junto a las patatas fritas. Él bromeaba con los niños diciéndoles que eran unas patatas especiales que crujían más que las demás. Por las noches iban a una pizzería y después a una heladería. En su memoria perduraban aquellos tiempos como los más felices de su vida.

Sin embargo, aquella mezcla de sal, moscas, calor y ruido siempre le resultó impertinente. Las cosas habían cambiado y el lugar se fue poniendo de moda. La nacional se convirtió en una autovía; un tren de alta velocidad te dejaba en el centro de la ciudad. No quedaba rastro de la tranquilidad de aquellos días esculpidos sobre el suave oleaje. Aparcar era una odisea y tropezarse con partidas de bañistas groseros y ruidosos demasiado fácil.

Volvían a casa y tras desprenderse de la arena y del olor a gamba de las manos, recobraba su pose de erudito. Ella pasaba toda la tarde dormitando mientras la tele vomitaba todo tipo de chismorreos. Él se encerraba en su despacho y retomaba sus tareas, las reflexiones que habían mantenido en cuarentena mientras atravesaba aquel largo período improductivo que ocupaba la parte central del día.

*

Entretenido en sus cálculos y lecturas le pareció escuchar un ruido en la terraza. Será el viento, pensó de inmediato. Las ventoleras eran otra de las señas de identidad de un paisaje que fue inhóspito hasta el boom inmobiliario. Recordaba cómo las vallas que perimetraban los descampados atrapaban toda la basura que el viento movía de un lado a otro. Una bolsa trabada entre el mobiliario de la terraza, dedujo.

Descartada la novedad se volvió a sumergir en su trabajo. Disfrutaba saltando de un archivo Word a una hoja Excel, abriendo páginas web a medida que la tarea lo requería. Al cabo de un rato volvió a escuchar el ruido. Esta vez era más nítido. No era el rítmico golpear del viento sobre un elemento que hubiese terminado por enganchar en algo. Este otro ruido tenía vida propia.

Le contrariaba tener que salir a la terraza. Detener su trabajo justo ahora que empezaba a tener claro el diagrama de flujos que hilvanaba todos sus argumentos. En vano buscó las gafas de sol. Apremiado por el incierto tableteo no se demoró registrando bolsillos y cajones. Le cegó el justiciero sol de agosto de las cuatro de la tarde. El viento agitaba la sombrilla, preventivamente replegada para evitar que se convirtiese en jirones. Con una mano a modo de parasol se fue guiando por el ruido, como de escobón. Y allí, detrás del conjunto de mesa y cuatro sillas de teca, entre unos tiestos que algún día albergaron geranios, una paloma aleteaba infructuosamente.

Por un momento se alegró de haber resuelto el misterio. Pero pudo más el gesto de preocupación. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Espantarla? ¿Cogerla? ¿Quedársela para siempre? Se intento acercar para ver si obtenía respuesta a alguna de esas preguntas. La paloma, nerviosa ante la presencia de aquel intruso, aleteó con fuerza y se retrajo a rincones más inaccesibles. Agua, pensó, seguramente tenga sed.

En la cocina buscó un cuenco mientras pensaba qué hacer. Puso agua del grifo pero reparó en que tenía mucha cal y la tiró. Ellos bebían de garrafas que acarreaban trabajosamente; era otra de las peculiaridades del veraneo. Volvió a rellenar el improvisado bebedero y regresó a la terraza. Desde su refugio la paloma le echó un vistazo. Quiso acercarle el cuenco y la paloma respondió con otro aleteo nervioso y un zureo amenazador.

En cuanto Marita se despertó de la siesta fue informada del asunto. Su mujer le restó importancia y le apremió para que se vistiese. En una hora tenían que ponerse en marcha. Habían quedado con los Suarez que veraneaban en un pueblo de la zona. No te preocupes cariño, los animales se las apañan solos. ¿No te has fijado en esos documentales de La2 que tanto te gustan, como tras parir enseguida se recuperan? Tanto las madres como las crías, en media hora están danzando.

*

Regresaron a las tantas de casa de sus amigos. Pasó la velada abstraído, participando marginalmente en las conversaciones con monosílabos y sonrisas forzadas. Toda su atención estaba en aquella ave extraviada, que pasaba la noche sola en la terraza. No lograba dormir. Y no solo era el vino, que a cierta edad no ayuda, todo lo contrario, provocaba insomnio. Daba vueltas, cambiaba la almohada de sitio, se tapaba y se destapaba. En su delirio admiraba una y otra vez los destellos metálicos del plumaje de la paloma. Jamás había reparado en que la naturaleza sintetizase semejantes irisaciones. Siempre atribuyó el origen de esas tonalidades a la industria; recordaban a las manchas de petróleo del puerto deportivo. También le llamó la atención el color rojizo de las patas. Hasta entonces, en su imaginario, las patas de las aves eran amarillas. Así las había pintado siempre en los dibujos, así era en las pollerías.

Si bien estos pensamientos le distraían, los repentinos crujidos que sentía en la terraza le suscitaban un terrible sentimiento de culpa. Tenía que hacer algo al respecto o la paloma moriría. De inanición o de las heridas que tuviese. Puso la radio para hacer tiempo. Escuchó las señales horarias varias veces y mezclados con sueños fragmentos de programas que de los que jamás sospechó su existencia. Esperaba pacientemente a que amaneciese.

Considero que las siete era una hora razonable para terminar con su turno de imaginaria. Su mujer, tras un antifaz (terapéutico, nada que ver con juegos eróticos), dormía como una marmota al otro extremo de la cama, boca arriba, con tapones. Diversos potingues maceraban sobre su piel a la espera de los milagros que anunciaban los prospectos.

Puso la cafetera al fuego y se aseó escuetamente. El pan caliente y el café olían a civilización. Normalmente escuchaba la radio mientras repasaba los mensajes del móvil y dejaba que el tiempo se amansase en los recodos de la tranquilidad matutina, pero aquella mañana desayuno a toda prisa; ni siquiera se sentó. Engulló el café como si fuese un medicamento. La zozobra por ver a la paloma le impedía concentrarse en otra actividad. Tenía que seguir viva, deseó con todas sus fueras. Sí, ¡sí! Ahí estás. Se le oyó decir. Justo donde la había dejado, bajo la mesa, guarecida bajo las patas de las sillas, atenta a las maniobras de aquel extraño individuo que se empeñaba en mirarla de cerca.

Su instinto la mantenía en guardia. No quitaba ojo a aquel bípedo, que no podía tener otra intención que comérsela. Por eso se agachaba trabajosamente. Nerviosa, la paloma revoloteó, retrocedió hacia rincones aún más inaccesibles, golpeándose las alas contra todo lo que encontraba a su paso. Ssssshhh, ssssh, calma, calma, musitó reculando para restaurar el equilibrio inicial.

Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Por lo pronto traerle algo de comida. El animal debía de estar hambriento. Sus conocimientos sobre la alimentación de las palomas descansaban sobre la brumosa información que captaba de los documentales de La2. Los veía hasta que su mujer llegaba de recoger la cocina y desinfectar hasta la última baldosa y ponía el canal ese de los histéricos personajes que no hacían otra cosa más que hurgar en las miserias de los demás. Sabía que no cazaban y que, por tanto, eran vegetarianas.

Volvió de la cocina con dos bols. En uno había puesto canónigos; no había nada más verde en la nevera. En el otro, maíz. Lo obtuvo precipitadamente al destripar un paquete ultra compactado de palomitas para hacer al microondas. Con su botín regresó a la zona cero, el enjambre de patas donde se refugiaba la paloma.

A su retorno ésta le miró perplejo. Emitió un ruido que podía ser de indignación o de cachondeo y tras varios movimientos rápidos de cuello en distintas direcciones volvió al inmovilismo. Él seguía allí, en una posición lo suficientemente alejada como para no intranquilizar a su amiga, embelesado por la novedad.

Contravino sus rutinas habituales y además de prescindir del paseo matutino, Marita fue sola a la playa. Pasó toda la mañana encerrado en su despacho. Buscó en internet información sobre las palomas y todo lo relacionado con su mundo. Investigó a fondo la página de la Real Federación Colombófila Española y descubrió con asombro que en la era Whatsapp todavía se utilizaban palomas mensajeras.

Incapaz de tomar una decisión recurrió al comodín de la llamada. Su viejo amigo Armando, compañero de instituto, era biólogo. Aunque ahora trabajaba para la industria farmacéutica como visitador médico seguro que tenía algún consejo útil. Desde un chiringuito de Matalascañas, atragantado de espetos y cerveza, le propuso la solución más obvia: ¿y no has pensado en ir a un veterinario?

*

Tímidamente intentó acorralar al animal. Pss, pss, le susurraba. Aquí, aquí, le decía mostrándole una caja de zapatos. Marita, preocupada por la deriva de su marido ─los hombres tienen una facilidad pasmosa para volver a actuar como críos─, la sospecha del flagrante origen de la caja y la inmoralidad que suponía quebrar el santuario de la siesta, le gritó escandalizada ¡¿Pero qué haces?! La paloma, que se había mostrado pasmada e incrédula ante la tranquila actitud de su benefactor, regresó a su histérico aleteo en busca de refugio.

Marita fue siempre una mujer de recursos, impulsiva y amiga de resolver cualquier asunto antes de que se enconase. Había tardado demasiado tiempo en tomar las riendas en esto de la paloma. Agarró una escoba y empezó a acosarla. Venga, ¡zus, zus! ¡Sal de ahí! Su marido, escandalizado, se llevó las manos a la cabeza. ¿Pero qué haces? ¡Qué la vas a matar! En un acto lleno de magnanimidad, Marita ofreció una tregua a ambos. Venga, venga, que eres muy torpón. Agacha el lomo y métela en la caja. Que ya hemos tenido bastante con la paloma esta. Obligado por las circunstancias, se dejó de remilgos y se lanzó al suelo. Entre las patas de las sillas bregaba por atrapar al pájaro. Se le activaron circuitos sepultados por estratos de vida sedentaria. Igual que de niño cazaba lagartijas en las tapias y cangrejos en las rocas, se hizo con la paloma con una agilidad que a él mismo le sorprendió. Sus manos se hundieron en el esponjoso plumaje. Pudo palpar la tibieza del animal y sentir su cuerpo, mucho más quebradizo de lo esperado.

Satisfecho por su solvencia la metió en la caja y el animal se calmó con la repentina oscuridad de su cobijo. Eres un sensiblero. Su mujer le volvió a afear su conducta. La naturaleza es cruel y los animales se despedazan entre sí. ¿No has visto en esos documentales que tanto te gustan cómo se comen unos a otros sin piedad? ¿Y ahora qué vas a hacer con ella?

La paloma comenzó a inquietarse. Con vistas a llevarla en el asiento delantero del coche buscó un cordel con que fijar la tapa. Con cierta maña la puso bajo su rodilla y flexionado, en un sorprendente alarde de equilibrio, desanudó una cuerda que estaba amarrada al mástil de la sombrilla. Su mujer miraba con asombro al MacGyver que había dentro de su marido. Este, arrodillado, sin miedo a mancharse o a recibir una reprimenda de su esposa, desplegó habilidades para rodear la caja y hacer un nudo cruzado. Resuelto se fue con ella al coche. Voy al veterinario, anunció.

*

Un fuerte olor acre le invadió las fosas nasales al entrar en la clínica. Era como si una legión de Maritas se hubiesen afanado con sus desinfectantes y bayetas para eliminar cualquier rastro de vida orgánica. Allí parecía no haber nadie, hasta que el ruido de una puerta reveló que no todas las especies se habían extinguido.

Estaba bastante claro que el tipo con aire despistado que sostenía una caja que hacía ruido se había encontrado un: marque la casilla correspondiente: perrito, gatito, conejo, erizo, pájaro; y como no tenía ni puta idea de qué hacer con ese problemilla y sensibilizado por el bombardeo continuo de diversas ONG’s y fundaciones que reclaman fondos para salvar el medioambiente, el planeta Tierra y la Galaxia entera de la rapiña del asqueroso ser humano, había acudido a contribuir con su granito de arena y así devolver a la naturaleza a una de sus criaturillas, por lo que este menda le iba a cobrar la bonita suma de: marque la casilla correspondiente: 30, 50, ¿100? eurazos, dependiendo de lo primo que fuese el prenda.

Todo esto tuvo  tiempo de pensar el veterinario mientras dirigía sus pasos del despacho hacia la entrada de la consulta y convertía su mueca avinagrada en una amplia y cordial sonrisa, preludió inexcusable para desplumar a ambos. Sí, hola buenos días, ¿qué le trae por aquí?

Le explicó la historia de la paloma, la sugerencia de Félix, el vecino del primero, que le había recomendado esa clínica veterinario. Ah, sí, Félix, dueño de un magnífico Basset hound ¿cierto?, preguntó cortésmente el veterinario. Sí, sí, puede ser, no entiendo de perros, uno blanco con manchas de  color chocolate y negras, ese que sale en el anuncio de los seguros, respondió intimidado.

Tras tomar algunos datos de rigor y tranquilizar al alma de cántaro que la providencia le había traído aquella seborreica mañana de agosto, le cobró ochenta euros y le prometió información al día siguiente. Haré cuanto esté en mis manos, aseveró antes de despedirle.

Como acostumbraba, espió a su cliente entre las lamas de aluminio de la persiana veneciana. Vio cómo se subía al coche y se perdía tras el primer giro. Entonces procedió. Ay, ay, ay, suspiró apenado. Una puta paloma de mierda, murmuró. El símbolo de la paz, no-me-jodas, esta rata voladora llena de ácaros. Y encima tienes el ala derecha rota, por eso te han traído. ¿Qué vamos a hacer contigo? Hablaba en voz alta mientras se dirigía hacia las dependencias donde descansaban sus pacientes. Bien, bien, creo que Tor hoy no ha desayunado. La paloma zureó por última vez, atrapada entre los velludos dedos de su teórico salvador. Con la sutileza extrema del que ha ejecutado esa maniobra cientos, miles de veces, le partió el cuello. Abrió la jaula de un perrazo que, zalamero, se acercó a la puerta. Toma, le conminó a la bestia, comida fresca, para que no te quejes.

*

Ha ido todo de maravilla señor Escámez. Al otro lado del teléfono nuestro atribulado protagonista se mostraba eufórico. Sí, sí, el reconstituyente vitamínico y los antibióticos la han revivido. Fíjese cómo habrá sido que la tenía en un patio y ha salido volando. El veterinario apuraba su cigarrillo mientras sostenía el teléfono. No, no, no se preocupe, no le ha podido pasar nada, yo mismo he visto cómo lo hacía. Ahora tenía que rematar su faena, aprovechando el estado de su cliente. No, bueno, no es nada, algo más de lo que le dije. Es que esos complejos vitamínicos los traen de Alemania y no son baratos. Alemania siempre era una garantía, necesitaba justificar su desfalco. Sí, son otros ciento treinta euros, pero no se preocupe, pásese cuando pueda. No, no, gracias a usted, es una suerte que haya ciudadanos tan responsables y consecuentes, señor Escámez. Yo solo he ejercitado mi profesión. Dejó que el tipo se recrease en los elogios y tras una cálida despedida colgó.

Menudo papanatas, concluyó para sí mismo.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


4 Comentarios

  1. Alfonso Girón

    4 abril, 2018
    / Responder

    papanatas, si señor. Muy bueno novelista! abrazos

    • jmvalderrama

      5 abril, 2018
      / Responder

      Gracias Alfon!! seguimos en la brecha. Pienso el relato mientras paseo con Julia y por la noche lo voy escribiendo

  2. María

    5 abril, 2018
    / Responder

    Pues..., querido Jaime..., no sé, esta vez..., un poquito cruel... Nos tienes acostumbrados a esas sutiles críticas pinceladas en tus escritos pero esta descripción rotunda, por muy real que pudiera ser, me ha resultado demasiado brutal. De cualquier forma, sigues con la agilidad de las palabras que crean su propia realidad... Gracias.

    • jmvalderrama

      6 abril, 2018
      / Responder

      Gracias María, hay historias macabras por ahí. Tengo otra dura (ocurrió una noche de este invierno), pero antes intercalaré otro tipo de mensajes, no vaya a ser esto una crónica negra


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