No vuelvas donde fuiste feliz

Probablemente fue a la vuelta de aquel viaje al Pirineo cuando mi amigo, envuelto en la humareda de su permanente cigarro, me preguntó con una mirada que denotaba que ya conocía la respuesta, ¿y cómo fue?

Pues no del todo bien. En Isaba, confluía el recuerdo de varios veranos consecutivos visitando aquel pueblo del valle del Roncal; vacaciones enmarcadas en ese incómodo tránsito que es la pubertad. Quise ver la cancha de baloncesto donde jugábamos cada mañana, convertida en un espacio mínimo incompatible para albergar los partidos que magnificaba mi memoria. Volvía para poner la tienda en el mismo camping en el que mis hermanos y yo levantamos el césped –para desesperación del dueño de aquello- con el fin de cavar un foso que nos protegiese de las tormentas (peregrina idea gestada a base de ver demasiadas películas). La estampa de aquellas caravanas y furgonetas, del pabellón de madera recién barnizado, no encajaba con mis evocaciones. Como tampoco lo hicieron las migas de la venta de Juan Pitu, ni los paseos por una montaña que me resultó ajena.

Claro, es lo que pasa cuando vuelves a un lugar en el que has sido feliz. Es difícil repetir, dijo mi amigo tras escuchar con atención mi relato.

Pensé que tenía razón, y que quizás fuese conveniente ir eliminando del mapa todos aquellos lugares, experiencias, marcados por la dicha. Pese a ello volví a caer en la trampa y a visitar territorios que formaban parte de mi acervo sentimental. Pueblos costeros en los que flotaba el vestigio de obsoletos enamoramientos platónicos. Sendas tortuosas que sirvieron para afianzar pasiones de altos vuelos. Amistades que habían caducado y yo no me había enterado.

Pasaron años de aquella conversación. De aquellas cenas memorables en las que cada uno se encendía su cigarro o su pipa y la conversación fluía sobre libros, viajes y proyectos que solo con pensarlos merecían la pena.

Pasaron años de crianza dura que me obligaron a cercenar de un tajo todas aquellas cosas que, entretejidas con cierta maña, daban como resultado algo parecido a la felicidad. Es innegable, sin embargo, que los vacíos que afloraron como lo hacen las burbujas de nitrógeno en la sangre de los buzos que suben demasiado rápido a la superficie, habían condenado esa existencia a la desaparición. No era una vida plena, pero resultaba acogedora.

Pasaron aún más años hasta que por fin quise darme cuenta de que era absurdo pensar en retomar aquellos cabos mal cortados. Eran las pretensiones adolescentes de un tipo que aún no asumía la paternidad de dos criaturas que cada mañana le abrazaban sin poner condiciones.

Opté, revolcado por las olas que sin cesar traía mi nueva condición de marido y padre, por cauterizar aquellos cabos sueltos. Igual que no había tiempo para leer o escribir, para ir a la montaña o para tomar una copa de vino, tampoco tuve tiempo de chapotear en la nostalgia, de echar de menos los mundos que condenaba con la decisión irrevocable de mirar hacia delante.

Poco después mi amigo me escribió un whatsapp. Con la frecuencia justa para no ser pesado pero si cortés, me preguntaba por los niños y hablaba de la posibilidad lejana de retomar las veladas de antaño. Esta vez el mensaje era más preciso. Decía que ya había pasado demasiado tiempo sin vernos, que esperaba que encontrase algún hueco para subir a la casa que tenía en la montaña. Y poder descorchar un buen tinto. Encender las pipas, la chimenea. Había cargado la leñera y el monte estaba precioso, me había dicho.

Fue entonces cuando pensé en escribir este post. Y romper la racha de seis meses sin publicar en mi blog. Temía el reencuentro. Había sido muy feliz durante aquella época de cenas y tertulias.

¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que prescriba una buena experiencia y por tanto se vuelva irrepetible? Si llevo al extremo este asunto de no volver donde fui feliz, entonces solo debería haber ido una vez a la montaña en toda mi vida.

La respuesta no era sencilla, y es más que probable que existan varias respuestas. Pese a cerrar ciclos, cauterizar heridas y sellar hábitos que amenazan con dinamitar nuestras nuevas etapas vitales, puede que no todo esté perdido. Todas esas experiencias felices son puntos de referencia sobre los que volver cuando la vida lo permita y si, por supuesto, aún nos apetece. Quizás el truco sea descubrirlas de nuevo, llegar a ellas por caminos alternativos, insospechados.

No creo que acepte la invitación de mi amigo, al menos por el momento. Debo ver de qué manera se vuelven a estrechar los vínculos hasta el punto de que una cena en su compañía no signifique mirar el móvil cada poco para ver si hay una novedad doméstica o estar con esa actitud asustadiza del que va por la vida como si llevase adosada al culo una bomba con temporizador. A veces es mejor no hacer nada, y que las cosas se vayan recolocando, hasta que la posibilidad exista y tenga sentido.

Puede que esos reencuentros con lugares y amigos, retomados desde otro momento vital, estén más cerca. La crianza aprieta menos y prueba de ello es haber contado con el tiempo suficiente como para haber hilvanado las notas de voz que fueron la base de este escrito.

Mientras tanto, habrá que seguir buscando lugares en el mapa en el que ser feliz.


"Escribo como terapia. Para entender el mundo. Intento aprender a escribir. Me enseño a escribir. Está claro que soy escritor. Porque escritor es el que escribe." J.M. Valderrama

jmvalderrama:


2 Comentarios

  1. Miguel A.

    27 julio, 2021
    / Responder

    Un abrazo tío, no sabes como me identifico con este texto, te entiendo perfectamente XD

  2. mlacosta

    27 julio, 2021
    / Responder

    Muy cierto tus comentarios. Recordamos los buenos momentos, pero revivirlos ya es otra cosa. Lo que no cambia es el paisaje de esos lugares recónditos donde la fiebre constructora de la sociedad no puede llegar. Esos lugares siempre esperan una nueva visita.


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