Por entonces creía que la literatura consistía en pensar muy fuerte muy fuerte. Así: mmmmmmnnnmm…mmmmmnnn. Sobre algo concreto. A ver si salía algo. Algo así como parir (o cagar): ¡Empuja, empuja!, pero haciendo fuerza con los sesos. Tratar de concentrarse en un género o subgénero concreto –con lo volubles y subjetivos que son- adoptar el tono pertinente y dejar que la pluma o la máquina de escribir –entonces el ordenador era algo muy lejano- rellenase páginas casi de forma automática.
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El escritor que llevo dentro
Se está abriendo paso. Le ha costado. Es tímido, inseguro. Lo conozco bien. En su descargo he de decir que tuvo mucha competencia. Había Otros, que trataban se sobresalir. Con éxito alguno de ellos.
El escritor que llevo dentro sufrió mucho viendo como sus primeros balbuceos, en forma de parrafillos inconexos, no iban a ninguna parte. En aquella época el ingeniero que llevo dentro lo pisoteaba sin piedad. Le apabullaba con sus precarios triunfos.
Y hubo otros competidores. Montañero. Futbolista. Consultor. Ciclista. Amante. Trabajador. Lector. Competidores con más credenciales. Fue difícil convencerme de que dentro de mí había un escritor.
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