Probablemente fue a la vuelta de aquel viaje al Pirineo cuando mi amigo, envuelto en la humareda de su permanente cigarro, me preguntó con una mirada que denotaba que ya conocía la respuesta, ¿y cómo fue?
Pues no del todo bien. En Isaba, confluía el recuerdo de varios veranos consecutivos visitando aquel pueblo del valle del Roncal; vacaciones enmarcadas en ese incómodo tránsito que es la pubertad. Quise ver la cancha de baloncesto donde jugábamos cada mañana, convertida en un espacio mínimo incompatible para albergar los partidos que magnificaba mi memoria. Volvía para poner la tienda en el mismo camping en el que mis hermanos y yo levantamos el césped –para desesperación del dueño de aquello- con el fin de cavar un foso que nos protegiese de las tormentas (peregrina idea gestada a base de ver demasiadas películas). La estampa de aquellas caravanas y furgonetas, del pabellón de madera recién barnizado, no encajaba con mis evocaciones. Como tampoco lo hicieron las migas de la venta de Juan Pitu, ni los paseos por una montaña que me resultó ajena. >>seguir leyendo
Fue a principios de octubre cuando llegó
la convocatoria para un concurso de relatos de mi club de montaña, el CAM, es
decir, el Club Almeriense de Montañismo. En apenas un párrafo se hacía el
anuncio: “Queridos compañeros, os invitamos a participar en nuestro concurso de
relatos de montaña «Seguir subiendo». Tenéis dos meses y un par de
folios para contar vuestras aventuras, experiencias, sensaciones o sueños en la
montaña. Esperamos vuestros relatos. Buena
escritura.”
La parquedad del mensaje estaba en
consonancia con esa aparente frialdad del montañero, pero era un guiño al
compañerismo y, desde luego, un estímulo frente a tantos meses sin poder pisar
la montaña. Aunque la vida ahora mismo no me da muchos respiros decidí
presentar la siguiente pieza: >>seguir leyendo
Entre pandemia y crianza mi radio de
acción se ha reducido considerablemente. Echando cuentas, hace seis meses que
no salgo del municipio. Ha sido una temporada –que no tiene un final cercano- en
la que he tenido oportunidad de ir explorando con más detalle la geografía
urbana local. Uno de estos descubrimientos es la pequeña red de senderos
alrededor de la desembocadura del Andarax, que me ha concedido ligeras variantes
sobre el recorrido básico que utilizo para correr. Además, encontré un aderezo esencial
para estas carreras matutinas en el podcast de Las Edades de Millas, una de las secciones del programa ‘A
vivir que son dos días’. >>seguir leyendo
En mi devenir como escritor me cuesta,
como he dicho otras veces, separarme de la literalidad y dejarme llevar por la
ficción pura. Parte del problema es que mi faceta profesional bebe de los
hechos bien referenciados. Las habilidades que requiere escribir artículos
científicos me penaliza cuando trato de abordar asuntos puramente literarios.
Aún no he tenido mucho éxito en separar
ambos mundos. He utilizado autorías distintas para uno y otro asunto pero al
escribir divulgación científica el conflicto se muestra con toda su crudeza.
Este es un campo que me gusta y al que dedico tiempo en forma de colaboraciones con distintos
blogs y alguna pieza en este. >>seguir leyendo
Hacía tiempo que quería escribir sobre la
zona de confort. Tenía dudas razonables para distinguir la zona de confort de
las zonas qué no lo son. Documentándome mínimamente sobre el tema (con rápidas
consultas al móvil mientras paseo al bebé, juego con Julia o en el trayecto
hacia la panadería o a tirar la basura) averiguo que es un concepto de hace más
de cien años. En realidad se enmarca en un desarrollo experimental más amplio
que dio lugar a la denominada ley Yerkes-Dodson.
Como no pocas leyes, su comportamiento responde a una campana de Gauss. En este
caso los ejes son la estimulación (eje x) y el rendimiento (eje y). En la fase
ascendente de la curva, según aumenta el nivel de estímulos, de novedades, el
rendimiento del individuo es mayor. Sin embargo, hay un efecto de saturación y,
cuando los estímulos son excesivos, el rendimiento cae en picado, cerrando la
forma de campana de la curva. >>seguir leyendo
Somos animales coleccionistas. Hay otras
especies que también se dedican a juntar objetos con características similares,
como las urracas, que llevan a sus nidos objetos brillantes. Nos gusta, y a
veces nos obsesiona, poner en un mismo espacio (álbum, estantería, cajón) cosas
que reúnen características comunes: cromos, minerales, relojes, plumas,
dedales; sellos y monedas, por supuesto. Hay quien colecciona amantes o libros
raros. Hay quien se puede permitir coleccionar coches (no a escala, que
también, sino reales) y otros, como el Marqués de Leguineche (La escopeta nacional), guardaba celosamente en tubos de ensayo pelos del coño (la depilación láser hubiese sido funesta
para sus propósitos). >>seguir leyendo
Hace unos años -prefiero no ahondar en el
tiempo que ha transcurrido- empecé a escribir un texto que poco a poco fue
ganando envergadura. Rebasado cierto número de páginas, creí vislumbrar la
posibilidad de llegar más allá de un relato. ¿Podría por fin desembarcar en el
territorio por excelencia del escritor: la novela?
Parecía como si todo lo anterior no fuesen más que vanos intentos circunscritos a géneros menores: cuentos, literatura de viajes o divulgación científica. Es decir, que solo había sido capaz de generar algunas piezas que, en su mejor crítica, merodeaban alrededor de la verdadera literatura. (Nota a pie de página, ¿qué es la verdadera literatura?). >>seguir leyendo
La construcción narrativa tiene varios
propósitos. Evadirnos y entretenernos puede ser uno de los que se nos ocurran intuitivamente.
Hay otro, sin embargo, que a mí me resulta mucho más atractivo, y es la
contribución del relato de los hechos a la paz mental. Somos animales en busca
de sentido.
Conseguir que una explicación capture y sintetice
parte de la confusa y ramificada realidad es esencial para entender
determinadas situaciones creadas por el zarandeo que nos produce la vida.
Esta faceta de la literatura no persigue
establecer una verdad, si no un relato coherente que hilvane los hechos
dispersos. De esta forma se entronca en lo que Nassim Nicholas Taleb denominó
la Falacia
Narrativa. >>seguir leyendo
Como punto de partida, una imagen me
resulta sumamente útil para ponerme a escribir. Veo un jarrón de la Dinastía
Ming que cae al suelo y se hace pedazos. Quedan esparcidos y tras el estruendo
y la angustia de los primeros instantes contemplo el alcance del desastre. Deben
quedar pocos jarrones de la Dinastía Ming. Todo el mundo conoce a alguien que
ha roto un jarrón de la Dinastía Ming.
La analogía es sencilla. El jarrón es mi
vida antes de ser padre. Los fragmentos la vida posterior. En medio el frenesí. >>seguir leyendo
La estrategia es salir muy temprano y
parar a desayunar cuando el hambre golpea de verdad. Así, a primera hora de la
mañana, ya has recorrido medio camino y te encuentras en una gasolinera rodeada
de girasoles a media asta, en una mesa solitaria, observando el devenir de los
coches que paran a repostar y las conversaciones más o menos previsibles de una
clientela variada: los tipos trajeados que van a hacer negocios, la familia
hastiada, a móvil por cabeza, el comercial con prisa que se toma el café de un
sorbo. >>seguir leyendo
El blog del escritor J.M. Valderrama donde podrás comprar sus libros Días de nada y rosas, Altitud en vena y Aquí Bahía.