Conduzco el coche de empresa. Presto atención al móvil, también de la empresa, convertido en un mapa que me debe guiar hasta las oficinas de unos nuevos clientes. He empezado una nueva vida. Desayuné aprisa y con el sabor del café en la boca he abierto con el mando a distancia mi nuevo vehículo.
Voy despacio, atento a las señales, a los peatones, al tráfico. A pesar de que conozco bien la zona, no me permito ir con la soltura habitual. Me parece ver señales nuevas, semáforos que antes no estaban, anuncios que nunca vi, incluso alguna nueva edificación que brota de esos huertos abandonados en los que solo quedan saltamontes y hierbas a las que se tiene la discutible costumbre de apodarlas como ‘malas’. >>seguir leyendo
La estantería ocupa una pared entera, desde el suelo hasta el techo, y tiene todas las baldas combadas por el peso de los libros. Hoy su lugar en la casa no es prioritario, está en un cuarto que se utiliza poco, en el que duermo cuando vuelvo al hogar familiar, en alguno de los esporádicos viajes a Madrid. Antes de deshacer la maleta, atraído por los libros que allí reposan, vuelvo una y otra vez a explorar los títulos que, mansos en los anaqueles, esperan que alguien los saque de allí y les dé un baño de luz, ojee sus páginas, huela el papel y admire su portada. Esas son sus credenciales para convencerte de que merece la pena que les liberes de su reclusión. >>seguir leyendo
Reconozco que los títulos requieren de un ingenio adicional con el fin de que el lector, siempre limitado por su escaso tiempo, supere el umbral de curiosidad y siga leyendo o, en este mundo virtual, haga click. La relación enunciada, sin embargo, no es tan forzada y tiene un común denominador: la estupidez humana.
El escorbuto[1] era (y sigue siendo) una enfermedad terrible que inicialmente se manifiesta por un cansancio extremo. Debido a ello, su origen se atribuyó a la pereza, el segundo pecado capital, y se interpretó como un justo castigo divino; el remedio era no enfadar a Dios. A medida que la enfermedad progresa, los síntomas se agudizan: dolor articular generalizado, encías sangrantes hasta que los dientes se caen, magulladuras que se convierten en heridas abiertas. Finalmente, en medio de unos dolores espantosos, sobreviene la muerte. >>seguir leyendo
El estado de ánimo condiciona nuestra existencia. Algunos saben mantenerse en el optimismo a pesar de todo, quizás con algunas dosis de inconsciencia, quizás por su carácter ganador, quizás porque se levantan temprano y meditan una hora al día. La mayoría, sin embargo, somos presa de factores externos que juegan con nuestras emociones.
Durante demasiados meses las contrariedades, los bofetones que va repartiendo la vida (ninguno extraordinario, por otra parte), me habían dejado en la lona, de la que era incapaz de levantarme. Bastaron un par de días de asilvestramiento en el monte, rodeado de buena compañía, para recuperar el talante con el que más me gustaba identificarme. Ese que ve el vaso medio lleno y considera cualquier situación como una buena oportunidad. Gracias a Gerardo y Edu, a unas reparadoras horas de sueño y al aire fresco de la montaña, había logrado desprenderme de esa pátina de pesimismo que últimamente recubría todas las horas del día. >>seguir leyendo
3.Improvisaciones en do menor sobre tiempo tormentoso
Amanece un día frío y en el que las nubes, sin titubeos, se han adueñado del paisaje. Desmontamos la tienda y en la mesa que hemos hecho propia aguardamos las primeras luces del día. Viendo nuestras opciones en el mapa creemos que puede ser interesante explorar algún valle lateral y subir a un paraje conocido como los llanos de la Larri. Sin embargo, ante la pertinaz lluvia y las malas previsiones ponemos rumbo al sur y cambiamos de valle, esperando que cambie nuestra suerte. >>seguir leyendo
Desmontamos la tienda a las seis de la mañana y desayunamos en la mesa de picnic en la que hace tan solo unas horas hemos cenado. Gerardo apenas ha dormido, pero tras la paliza de coche no pudo resistir la tentación de explorar los alrededores a ver si caía el primer carnívoro de la lista. Podíamos ver hasta diez, nos dijo, siendo el avistamiento más apreciado el del armiño.
Los primeros excursionistas del día pasaron con sus frontales. Al poco llegó el guarda y nos sentimos aliviados de haber desmontado el campamento. La multa hubiese desnivelado nuestro raquítico presupuesto. Gerardo come como si el mundo se fuese a acabar y, de verle devorar con tanto entusiasmo, a Eduardo y a mí nos entra gazuza. Seguirle el ritmo es complicado: tres huevos duros, cuatro napolitanas, media hogaza con nocilla, un plátano, un litro de zumo, un té o dos, si te descuidas te come un brazo. Vaya, parece que tengo un apretón, anuncia, desapareciendo entre los arbustos con un papelillo en la mano. Come y caga como si fuese uno de los mustélidos que tanto le gusta observar. Es de tránsito rápido y podría volver a desayunar otro tanto. Eduardo y yo, con la mitad, no nos podemos mover. Para colmo nuestras tripas no son tan eficaces como las suyas. Hay que joderse y subir con un lastre extra poco agradable. >>seguir leyendo
Los Pirineos eran una quimera de dudoso perfil vistos desde el mar de Alborán. El verano, que pudo haber sido más cruel, convertía Almería en un destino turístico. La vida se concentraba a orillas del mar, donde el confuso bullicio y la arena caliente -descomunalmente pisoteada- me retraían a las sombras del hogar. Allí saboreaba esperanzado el fresco mañanero pero antes del mediodía el calor había colonizado todos los recovecos y mi buena disposición claudicaba. Entonces, buscaba con ansiedad pronósticos del tiempo que desactivasen el viento de levante. >>seguir leyendo
Hay que ver el lado bueno de cuidar a un bebé, seguro que puedes aprovechar ratos para escribir mientras duerm xxxxxxx xxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxx xxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx O a lo mejor leer algunas cosas, utilizar las notas de v xxxxxxxx xxxx xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx espera, un momento, del mov >>seguir leyendo
Abrir cartas durante ocho horas al día era el ejemplo perfecto para desmentir eso de que el trabajo dignifica al hombre. En muchos casos lo aliena hasta el extremo de convertir su cerebro en una esponja seca y hacer de él un autómata con la racionalidad de un mosquito.
En realidad, el trabajo ni siquiera consistía en abrir sobres. Eso lo hubiese enriquecido hasta convertirlo, dadas las circunstancias, en una actividad interesante. En la mesa iban descargando pilas enormes de sobres que abría una máquina y nuestra tarea consistía, exclusivamente, en sacar el papelito que había dentro (la empresa se dedicaba al escrutinio de encuestas), extenderlo e ir formando una nueva pila, al parecer no había artilugios que fuesen capaces de realizar esa maniobra. >>seguir leyendo
Procedí a encender la pipa y me puse delante de la máquina de escribir con la vaga esperanza de que la inspiración se pasease aquella tarde por mi terraza.
Desde luego, en esta era donde la tecnología llega a cada rincón y la domótica amenaza con apoderarse de todas nuestras decisiones, suena demasiado retro lo de la máquina de escribir. Pero tenía mis razones. Algunas de índole sentimental, otras, aunque no lo parezca, de carácter práctico.
Había comprado aquella máquina en una tiendecita del barrio londinense de Finsbury. El capricho supuso una buena tajada de mis paupérrimos ahorros, pero estaba decidido a ser escritor y había que apostar fuerte. Vivía en una buhardilla. Era una casa destartalada, llena de inquilinos que iban y venían. Llevaba una vida desastrosa, al borde de la marginalidad. Sobrevivía con trabajos algo exóticos, como el de abrir cartas para una empresa de escrutinio de encuestas, un trabajo altamente especializado, pues mi cometido se limitaba a abrir los sobres y apilar los papelitos que contenían. Después, otro departamento mucho más técnico, contaba los papelitos y los dividía en varias montañitas de papel; nunca logré el ascenso. Trabajé de camarero, paseando perros y cargando muebles. Mi meta, en esa faceta de la vida que consistía en ganarse el pan, era ser jardinero, a tiempo parcial, de algún parquecito londinense. >>seguir leyendo
El blog del escritor J.M. Valderrama donde podrás comprar sus libros Días de nada y rosas, Altitud en vena y Aquí Bahía.